Culturales




El Rastro De Lo Invisible
"Paisaje y Memoria", tercera muestra individual de Juan Enrique Bedoya, se inaugura esta semana.

"Te voy a encontrar (a partir de Julio Galán)". Collage, 14 x 10.5 cm.

Escribe OSCAR MALCA

1La imagen Como Transparencia. El diluvio que soporta nuestro tiempo no es, obviamente, de la misma naturaleza del que atribuló a Noé, patriarca de los choferes de combi. Es un diluvio que el cuerpo y los sentidos reciben con relativa tolerancia, pero que de un modo u otro contamina aquello que, genéricamente, llamamos espíritu: un inacabable, sostenido temporal de imágenes y demás artificios sígnicos al que estamos expuestos casi sin escapatoria ni reposo posible. Imágenes con frecuencia altisonantes, estruendosas, que buscan interpelarnos a la mala desde la calle, los medios masivos, la publicidad y, cómo no, el arte.
Sí, el arte, porque es cada vez más evidente la polución planetaria de opciones estéticas que ya se confunden, cuando no compiten, con las estrategias de persuasión propias de la publicidad; estéticas cuyo alto impacto visual o avasallante espectacularidad es inversamente proporcional al espesor de sus contenidos. Diría aún que algunas iconografías publicitarias llegan a transmitir significados más complejos que ciertas formalizaciones estéticas celebradas por la crítica y el mercado.
En la fotografía contemporánea esta alegre contradicción se agudiza, pues las nuevas tecnologías permiten una serie de acabados y efectos que suelen disfrazar generosamente cualquier carencia creativa. Con lo cual, parafraseando al maestro Lampedusa, la rapidez mental, el ingenio, terminan usurpando el nombre del verdadero talento y la inteligencia.
Pienso que uno de los desafíos culturales del presente es replantear la correlación hombre/máquina, ya que la preeminencia de esta última, tanto en la producción como en la percepción artística, ha generado un abaratamiento de lo que se conoce como el sentido, no sólo en la fotografía, sino en el arte contemporáneo: un carnaval -al compás del distraído nihilismo que lo anima- de imágenes perfectas, relucientes, hasta bellas, pero ineluctablemente vacías, desprovistas de toda ambición o responsabilidad comunicativa.

2. Velar, Revelar, Novelar. Diluvio, carnaval: metáforas ciertamente alusivas al caos que parece ser la condición hegemónica de este tramo del siglo. Y por si faltara algo, Juan Enrique Bedoya viene a fregar con su `Fuente de Ameles', instalación fotográfica que forma parte de Paisaje y Memoria, añadiendo confusión a la confusión, pero, como en la medicina homeopáticia, desnudándola a tal punto que su propuesta deviene una indagación poética por el sentido perdido de la experiencia humana y de sus representaciones simbólicas.
Se trata de medio millar de fotos de objetos captados por una cámara pinhole, cada una acompañada de pequeños rótulos que, más allá de describir o nombrar puntualmente estos objetos, los rebautiza a través de palabras que evocan las resonancias con que han sido fijados en el inconsciente individual o colectivo. Así, una metralleta se convierte en "prepotencia", un viejo timón de barco en "ahab", una llave de tuercas en "desajuste", un ancla en "dolor", un teléfono celular en "perífrasis", o un pacay, que modestamente renace en calidad de "pacay".
La alegoría platónica de la caverna se suma a la del mitológico río Ameles -cuyas aguas hundían en el olvido a quienes las bebiesen- para llevar a cabo una meticulosa operación de dislocamiento del orden simbólico: no hay significado que dure cien años, ni sistema de signos que lo aguante. Todo ícono puede olvidarse de sí mismo si las convenciones sociales, según específicas coordenadas históricas y culturales, lo ascienden a símbolo de algo; más aún cuando es la experiencia subjetiva la que lo carga de sentido.
La memoria, entonces puede ser un panteón de tumbas sin nombre o bien la fuente de donde emana esa ficción llamada pasado, que determina nuestro estar-en-el-mundo. Y no creo necesario insistir en la maleabilidad de los metales con que se registra la experiencia humana, si hasta la Historia se reescribe a cada momento desde las mudables perspectivas de un presente en perpetua transformación: ¿el que se mueve no sale en la foto?

3. Gracias Desierto. La muestra de J.E. Bedoya se compone asimismo de un bloque paisajístico cuyo resorte temático es el desierto costero del Perú. Y digo "resorte" debido a que las imágenes del desierto no son sino dispositivos orientados a enriquecer su reflexión sobre la memoria y la misteriosa alquimia que la constituye.
En nuestro país el tema ha inspirado toda suerte de trabajos plásticos que, Fernando de Szyszlo mediante, van desde las fotos de José Casals a las piezas monumentales de Rodríguez Larraín, de las texturas de Esther Vainstein a los ensamblajes de Jorge Eduardo Eielson, amén de exploraciones musicales como las de Manongo Mujica o realizaciones cinematográficas como las de Armando Robles Godoy y Pablo Guevara. Incluso en la literatura -me vienen ahora a la mente hermosas páginas de Mario Vargas Llosa sobre las arenales de Piura- el desierto costero ha sido visitado por la poesía de Luis Hernández, Antonio Cisneros, José Watanabe o, más recientemente, Mario Montalbetti, entre otros.

Juan Enrique Bedoya inaugura su exposición el jueves 6.

No obstante, como la simbología del desierto se ha vuelto un barril sin fondo en el que cabe casi cualquier tipo de resignificación, conviene decir también que J.E. Bedoya evita la fatigada figura, tan abstracta como abstrusa, del "paisaje interior". Claro, el desierto está asociado a la nada, a un vacío que, siguiendo preceptivas del taoísmo y el budismo zen, obliga a quien lo contempla a mirar hacia adentro; pero ese rebote se queda en puro narcisismo si la mirada carece de hondura: una suerte de espejo que se limita a reflejar imágenes superficiales.
Bedoya se aleja del esteticismo lírico, decía, para narrar a pedazos una ficción personal, para manipular el registro de una experiencia, de un viaje acaso tan radical como el que emprende el protagonista de Paris-Texas, la película de Wim Wenders y Sam Shepard.

4. Deconstrucción y Reconstruccion. Olvido y recuerdo, tal cual ha escrito Jorge Villacorta en el brillante ensayo del catálogo, aparecen entonces como precarias instancias de inteligibilidad. Precarias como los materiales efímeros y deliberadamente artesanales -grapas, clips, cintas adhesivas, cartones, fotocopias- con que el autor hilvana sus imágenes, algunas de ellas acompañadas de breves textos que exhiben la impronta de rudimentarias máquinas de escribir.
Buen número de las piezas de esta sección han sido fragmentadas para luego ser recompuestas o recicladas en distintos soportes y discursos que se transfiguran en auténticos artefactos narrativos, ensamblajes minimalistas de palabras e imágenes que repotencian mutuamente su fuerza sugestiva, su capacidad de comunicación: por ejemplo, aquel retrato de un anónimo jinete montado sobre su caballo, que con la frase "te voy a encontrar" cobra dimensiones de insospechada poesía. El paisaje se torna así en un escenario que presenta las huellas de un derrotero existencial, de un trayecto emocional, íntimo, cuyos hitos son preservados al mismo tiempo que cuestionados una y otra vez: de ahí esa especie de urnas donde se han dispuesto estas fotografías, como si fuesen parte de un museo particular u objeto de algún remoto culto esotérico.
Ambos bloques de la muestra mantienen una rigurosa correspondencia conceptual y estilística, cimentada a través de una clara preocupación por el sentido y la apuesta de reforzar el componente humano, artesanal, del oficio fotográfico. Resulta hasta curioso que en medio del formalismo y la grandilocuencia que caracteriza el diluvio de imágenes que describía al comienzo de esta nota, sea un discurso articulado con los decibelios de un susurro el que ponga la cuota de disonancia necesaria, urgente, en la vacua escena del arte actual.
Y a Juan Enrique Bedoya (Lima, 1966) le debemos, por lo pronto, el frugal reencuentro con uno de los atributos primordiales de la experiencia artística: volver tangible aquello que por esencia es intangible.


Honor Al Merito
Homenaje a Carlos Neuhaus Ugarteche, fundador del Museo de Arte.

El miércoles pasado, el Consejo Directivo del Museo de Arte de Lima rindió homenaje a uno de sus fundadores, el doctor Carlos Neuhaus Ugarteche, al conmemorarse el centenario de su nacimiento. Neuhaus fue presidente del Patronato entre 1956 y 1972 y como tal aportó decisivamente en la transformación del vetusto Palacio de la Exposición convirtiéndolo en un gran museo de arte que hoy enorgullece al país.


Festival De Perú Fusion
Con retrospectiva en el Parra del Riego, el grupo celebra su VI aniversario.

HACE seis años transitando en medio de la envolvente espesura venezolana, Lucho Ramírez y Beto Benítez dieron forma a un proyecto que bautizarían como Perú Fusión Teatro. En ese momento iban a dictar talleres a las nuevas compañías regionales de teatro según un proyecto financiado por el congreso venezolano, pero seguían dándole vueltas a una idea que les rondaba por la cabeza sin terminar de esbozarla con claridad.
Tenían organizada la primera parte de "La Isla" pero se trabaron al momento de confrontarla con otros teatreros porque no se decidían a radicalizar su propuesta. El nombre Perú Fusión Teatro expresa eso. La necesidad de tener un espacio donde se expresen las preocupaciones y búsquedas del actor.

Lucho Ramírez y Lucía Lora en "Los Tambores" de Reiner Zimmik.

En estos seis años, el tándem ha estrenado varias obras, cinco de ellas se muestran en retrospectiva en el Juan Parra del Riego de Barranco a partir del martes 11 hasta el 26 de noviembre.
La primera es "La Isla" del sudafricano Athold Fugard, obra que han paseado por numerosos festivales internacionales con un balance positivo. Va el 11 y 12.
Luego ingresa "De tanto volver" con texto y actuación de Lieve Delanoy y dirección de Beto Benítez. Se trata de un drama ritual que fusiona teatro, danza y música para mostrar el choque de dos culturas. Se estrena el martes 18.
El miércoles 19 se pone "De dioses diablos y ratones". Dirigida por Lucho Ramírez y actuada por Ana Correa de Yuyachkani, Alfredo Alarcón y Luis Sandoval de Teatro del Milenio es un estupendo espectáculo para niños. Miércoles 19.
Con "Los tambores" del alemán Reiner Zimmik (martes 25) y "Aladino en busca del Alibombo" (miércoles 26), recreación del clásico cuento de Aladino desarrollado por el Teatro del Milenio, se cierra el ciclo de festejos. Buen programa y larga vida.