CHINA TE CUENTA QUE...


Pucha, Lorena Ventosilla
Por LORENA TUDELA LOVEDAY
AY, no sabes, he tenido ayer un sueño tan alucinante, hija, que cuando lo llevé al diván, o sea, Saúl me terminó diciendo que en lugar de seguir buscando a través del sicoanálisis, o sea, lo que me convenía era casarme con un comandante, mudarme a San Borja y si la cosa se ponía demasiado peluda, ag, meterme a aerobis.
Mira, en el sueño yo iba manejando un Accent color puré de fresa; me había puesto un conjunto de chalís de blusa y pantalón lila con turquesa y blanco (floreado) que me había copiado de un diseño que, pucha, usaba mi ex vecina de Mirones, o sea, la Caminchona Gamboa siempre que tenía que sustentar algún proyecto en el Congreso, cómo te explico.
Bueno, las ventanillas de mi auto, como podrás imaginarte, o sea, eran súper alegres porque pucha, o sea, estaban llenecitas de Garfields. Claro, eso comportaba sus problemas porque de pronto se te cruzaba un cho, o sea, un chico, ¿ya?, pucha, manejando una combi de mier, o sea, un vehículo de transporte del Nuevo Perú y claro, o sea, yo tenía que hacer un esfuerzo de neg, o sea, de moreno cultor del Alcatraz para no hacerlo pelota al huevón, tú me entiendes.
De pronto sonaba el celular y yo volteaba donde el Kendall, mi hijo mayor y le decía con voz amartuchada:
-¡Oy, Kendall, contesta pues, de repente es tu tía Erlinda de Miami, idiota!
En el sueño, hija, era feliz como una perdiz, ¿y quieres saber por qué? Te explico. Me iba a encontrar con mi marido (que se llamaba Gilmer Ventosilla), ni más ni menos que en el Norky's de Pardo, hija, porque como era santo de la bebe (la Kelly Yenesia), pucha, íbamos a pegarnos un atracón de pollo con papa frita (así en singular) como para preparar la camita a la pizza hawaiana que con el Gilmer íbamos a pedir en la noche al delivery, hija, porque teníamos de invitados a la casa (en la calle Maurice Ravel, de San Borja) a mis compadres Espichán, pucha, con quienes la remataríamos por la nochecita en un karaoke de la avenida de La Marina, hija, regio, donde te puedes pasar la noche entera cantando a Luis Miguel, la felicidad completa.
Y así, seguía en el sueño manejando mi Accent puré de fresa con el Kendall atrás, de sweter amarillo con impreso de Epcott, ¿ya?, en el radio sonaba Marc Anthony y yo tenía un ataque de epifanía cuando, pucha, en un momento entrábamos al cruce de Javier Prado con Aviación y, o sea, todos los paneles callejeros de la Tierra me decían a la vez que el mundo era mío y que bastaba con arrimar un Garfield y extender la mano. La boca se me hacía agua de pensar en el pollito con papa y en el ronsoco con Coca Colita que me iba a aplicar en el karaoke, hasta que de pronto, juá, una rubia pituca antipatiquísima guaj, se pasaba la luz verde y me chocaba toda la máscara. La tipa esa se bajaba y sin mirarme siquiera, pucha, o sea, me tiraba una tarjeta al tablero, tomaba un taxi y se iba bien a los lentes de sol, dejando su BMW en la mitad de la calle como si valiera medio, ¿tú te puedes imaginar? Pucha, horrores de cho, o sea, de gente se arremolinaban alrededor y yo, pucha, sacaba el celular, llamaba a mi cuñado que era el coronel Retamozo, pucha, de la PNP y le decía:
-Juvercito, cholo, he tenido un problemita y necesito que me des una manito...
A la media hora yo estaba con el Gilmer compartiendo una rabadilla de pollo súper crocante y le enseñaba la tarjeta de la tipa esa, que se llamaba...¡como yo! Lorena Tudela Loveday, sólo que yo con el matrimonio ahora era la Lore Ventosilla.
Pucha, ahí se acabó el sueño pero recién empezó mi drama, hija, porque comprenderás que desde ese día no me baja la fiebre de 42. Y encima, el tarado del Saúl mira con lo que me sale. Si sobrevivo, te sigo contando el jueves. Chau, chau. (Rafo León).