

Por AUGUSTO ELMORE
CUANDO los obispos del Perú dicen que nuevas formas de violencia pueden prosperar "sobre todo por las condiciones de agravada pobreza que vemos hoy", no están haciendo otra cosa que proporcionarle la coartada que cualquier posible violentista está tratando de elaborar para volver a las andadas. Las palabras de los monseñores parecen dirigidas -sin querer queriendo- a justificar la violencia como respuesta a la pobreza, a la miseria si se quiere. Alternativas más positivas las ofrece y practica la gente del pueblo que lucha día a día, denodadamente, para superarse, y a la que la violencia, cualquiera que fuera, sólo contribuiría a quitarle el pan de la boca. Los que levantan sus casas lentamente y convierten con su esfuerzo las esteras en ladrillos serían los primeros perjudicados. Ellos piensan mucho menos en la violencia que los obispos peruanos.
En vista del comunicado mencionado, creo conveniente que a la brevedad posible se funde el partido PEP (Partido Episcopal Peruano) (¡El partido con más pepa!, podría ser su lema), que tendría una indudable ventaja sobre todos los otros: contaría con una clientela cautiva, todos los domingos a la hora de la misa (mismo valse criollo). Sería una buena oportunidad para que algunos de ellos se saquen el clavo y lancen de una vez a la palestra, en franca y no sacristana competencia política. Entonces será hora de ver cuáles son esas sus tan aparentemente santas como secretas recetas para mejorar la economía, proveer de trabajo a todos los desocupados y acabar de una vez con la pobreza. ¿Quizá hacer que la Iglesia pague el impuesto predial como hacen todos los demás ciudadanos que tienen alguna propiedad? Sería un buen comienzo de campaña, sin duda.
Los que no cuentan con grandes ingresos saben que la única forma de progresar es recurrir al crédito. Países como Estados Unidos se han desarrollado en base a su enorme extensión. Contraer un crédito es obligarse a cumplirlo, es decir a ahorrar, cosa que no suele hacerse si no existe el compromiso. Por esas razones me parecen absurdas y negativas las opiniones variadas que se han escuchado en las últimas semanas en contra de la llamada banca de consumo. El crédito es el progreso de los pobres. (Siempre que paguen, claro). (Si no, mancan).
Esto lo dice alguien que detesta endeudarse, y odia terminar pagando casi el doble por algo que al contado cuesta la mitad. Pero es la única forma que se conoce de poder acceder a bienes que de otra forma estarían fuera del alcance de quienes ganamos menos de 30,000 dólares mensuales (no están incluidos, desde luego, algunos asesores de inteligencia y de los otros). Lo que habría que hacer es bajar las tasas de interés. Cuanto más bajas sean, menos serán los incumplimientos, y mayores las ventas. Esa es una ley que seguramente lleva el nombre de alguien que se hizo rico vendiendo al crédito.
Me parece sumamente sospechosa la actuación pertinaz de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, que se ha preocupado tanto pero tanto de condenar al Perú por diversos hechos, interviniendo como si fuera la propia Corte Suprema de Justicia del Perú (que de paso debería ser la que se preocupe). Tengo la impresión de que por allí se escucha la conseja de un peruano que vive en el exilio de lujo de París (¡Mamá, yo también quiero deportarme a París!).
Esto no quiere decir que aquí no deba tocarse el asunto de las injusticias cometidas por los tribunales, sino todo lo contrario. Es aquí donde debería tocarse, y no en San José de Costa Rica o Washington.
Los honestos comerciantes ambulantes de Jesús María deberían protestar por el uso que pretende hacer de ellos el lamentablemente famoso travesti que se hace llamar Fulvia Célica (que no es propiamente un "nomme de plume" sino sólo de batalla), la (o él, ¿qué será?) que ha tenido la audacia -más bien el descaro- de salir a la calle a buscar clientes para su campaña electoral en ese distrito. El tal travesti, es decir hombre vestido de mujer, se ha inspirado en el cuestionable éxito de la señora Díaz, y espera ocupar el sillón municipal, cuando a lo sumo le tocaría aposentar su esperpéntica humanidad en el sofá de un analista (y no propiamente de sistemas). Muchos teníamos mala opinión de la política pero ¡no tanta!
Signo de los nuevos tiempos: un ingeniero y un poeta recibieron la semana pasada el Premio a la Innovación instaurado hace años por COSAPI Organización Empresarial. Alberto Giesecke y Antonio Cisneros merecieron (no es preciso decir quién es quien) esa importante distinción por la calidad y originalidad de la obra realizada, que sintetiza -la ingeniería y la poesía- algo de lo mejor que ha producido el Perú en su historia. Júbilo personal de mi parte al enterarme de la sabia decisión, por cuanto procedo de familia de ingenieros, y practico la poesía desde muy joven, aunque con descuidada continuidad. COSAPI merece por ello, y por haber instaurado un premio a la innovación -característica de los peruanos desde la antigüedad- el agradecimiento ciudadano.
El Congreso podrá ser muy poderoso, y en sus manos -o mejor dicho en los de la mayoría- está hacer lo que le venga en gana (salvo contradecir al presidente de la república, claro), pero considero que la aprobación de la ley de habilitaciones urbanas es un desacato al ordenamiento de las ciudades y pueblos del Perú. Porque deja en manos de alcaldes menores -a menudo denunciados o perseguidos por la justicia por rapiñas distritales- la posibilidad ("mina de oro" la llamó la autora del desaguisado) de traficar con tierras y terrenos. Todo para perjudicar a un alcalde que hace obra.
El ambiente político peruano estaba medio mortecino hasta que llegó Mario Vargas Llosa a levantarlo. Menos mal. De la oposición, digo de la discusión, nace la luz. Y muere el aburrimiento.