MEMORIAS DE UNA PASION


Memorias De Una Pasión
Libro que surca las torrentosas aguas de los años '50, acaso la etapa más fulgurante del periodismo peruano de las últimas décadas. Su presentación tendrá lugar la próxima semana en el museo de la Nación.

Después de publicar auspiciosamente Historia del Poder, Domingo Tamariz Lúcar nos entrega ahora Memorias de una Pasión / La Prensa Peruana y sus Protagonistas. Un libro de 400 páginas e incontables fotografías -muchas de ellas inéditas- que, por la diversidad de sus temas es difícil de clasificar. Es, a la vez, lo que proclama su título, un tratado de historia, un texto crítico de periodismo, un manual de consulta, un sorprendente álbum de fotografías por la riqueza de sus imágenes y las estupendas caricaturas de Oswaldo Sagástegui. Aparece con el sello de Jaime / Campodónico Editor.

Manuel Jesús Orbegoso, cubriendo hasta el final, como buen periodista, los sucesos de la noche del 1o. de junio de 1956, coyuntura en la que, encabezando una gigantesca marcha Belaunde, no sin antes sufrir la embestida policial, obligó al Jurado Nacional de Elecciones a inscribirlo como candidato a la presidencia de la República.

Genaro Carnero Checa, periodista de izquierda, y Eudocio Ravines, vocero de la derecha más recalcitrante, se encuentran en un cóctel. Instados por amigos comunes se estrechan la mano. La contrariedad de Ravines es evidente. Meses atrás, Genaro le había propinado una cachetada en plena emisión del programa Pulso que, entonces, se propalaba en vivo.


Escribe DOMINGO TAMARIZ LUCAR

Texto que con el título "Cierre de edición" el autor del libro explica cómo se fue gestando esta obra que engarza con la política, la ciudad y la música. Leamos.

HACE veinticinco años comencé a borronear algunos recuerdos o vivencias periodísticas que publiqué en la revista Vistazo -que por entonces dirigía- con el título "Veinte años de tinta". Eran notas, semblanzas, anécdotas, que siempre pergeñaba, apuradamente, al cierre de edición.

El mítico periodista Raúl Villarán en un aniversario del diario Correo. A su izquierda, "con el pucho de la vida", Guillermo Thorndike y Carlos Jiménez. A la derecha, César Augusto Dávila que, por entonces, firmaba la columna "Perro Mundo".

Pero cuál no sería mi sorpresa cuando César Hildebrandt, José Adolph, Pepe Velásquez y algunos otros colegas, nuevos y veteranos, me dijeron que esas historias eran "sabrosas". Y en una noche de bohemia, Jorge Moral, exquisito periodista, en una actitud desusada en él, recordó una de esas notas con mucho cariño para, luego, brindar: "Por Domingo Tamariz, el historiador del periodismo".
Elogio o generosidad, sabe Dios, que me hicieron, finalmente, pensar en volcar esos apuntes, ya más perfilados, en un libro.
Durante años le di vueltas y vueltas a ese subyugante proyecto que, en un comienzo, iba a tener dos partes: la historia del periodismo a partir de la aparición del Diario de Lima en 1790 y el testimonio personal de mis vivencias durante casi cincuenta años en las más diversas redacciones del país.

El autor con dos entrañables colegas: Pepe Velásquez y José Adolph, en Huánuco, camino a Tingo María, donde DTL residiría casi medio año, y para sobrevivir sacaría el semanario Avance. Año 1952.

Pero a medida que iba redactando, vi que si seguía recorriendo las páginas de todo ese rico pasado -en publicaciones y personajes- podría, de repente, llegar a escribir cinco y hasta seis tomos; lo que además de agotador era contraproducente desde el punto de vista económico. Pensé, entonces, limitarme a la historia del periodismo en el siglo XX.
Luego algunos colegas a quienes mostré parte de mis originales me aconsejaron que mejor lo hiciera a partir de mis primeras andanzas en el oficio. Y así lo hice. Tenía veinte años y seis meses cuando escribí mi primer artículo periodístico. Recuerdo que como paga recibí 50 soles, que me cayeron como del cielo. Era octubre de 1949, y, como muchos jóvenes abstraídos e intonsos, lo ignoraba casi todo. Y en esa suerte, no alabé ni festejé la abrupta llegada de Odría al poder. Pero al poco tiempo, ya encaramado en la prensa chica -que es la que otrora ha dado las más hermosas batallas en defensa de la libertad y las leyes-, empecé a comprender lo que es el orden democrático y el dolor de los humildes. Con Odría en el poder, ese orden se estrangulaba y los más pobres no tenían -a pesar de que los ingresos eran boyantes, gracias a la Guerra de Corea- ninguna esperanza de que su pan se agrandara. Gracias al periodismo entendí, entonces, cuál debía ser mi actitud. Y así, sin más armas que una vieja Remington y mi sentido común, le dije no al general.

Mario Vargas Llosa con el diputado Rubén Temoche en los días que trabajó en la revista Extra, en cuyas páginas escribía una columna cultural titulada "Horas Vacías". Fue en aquella redacción, posiblemente, que conoció a Raúl Salmón, a quien años después retrataría como "el escribidor" de su novela "La Tía Julia".

Eran los tiempos en que reinaba la tipografía, la era del plomo. Cuando la composición de los textos se hacía en linotipo y la impresión en viejas rotaplanas. Pertenezco, pues, a esa época romántica en que el periodista se metía en el taller para seguir ansiosamente el proceso de edición de su periódico; desde el linotipo, componiendo acompasadamente los textos en líneas de plomo hasta su impresión en esas ya históricas rotaplanas que, por su tamaño y el ruido que hacían, me dejaban pasmado. Piezas y máquinas que ahora han devenido en muestras de museo.
En 1957 fui uno de los primeros periodistas que se tuteó con el offset, sistema que dejó atrás el uso del cliché. A partir de entonces las fotografías comenzaron a reproducirse en fotolitos y la composición -que aún se seguía parando en linotipo- en papel de celofán. El offset, que permitía hacer tramados, negativos, kodalís y otras filigranas, enriqueció la presentación gráfica de los periódicos y revistas, aunque la impresión nunca alcanzó esa fuerza que le daba la tipografía.

Plana de redacción de La Prensa a comienzos de los años '50. De izquierda a derecha: Alvaro Belaunde, José González Málaga, Arturo Salazar Larraín, Enrique Chirinos Soto y Sebastián Salazar Bondy. Al fondo, Luis Rey de Castro y Juan Zegarra Russo. Derecha, Pedro Beltrán, director del diario y artífice de la llamada revolución de la prensa.

Durante cuarenta y ocho años mi vida, mi sueño, mis desvelos no han sido otra cosa que hacer periodismo. Y, modestia aparte, periodismo en todas sus facetas. En mis inicios hasta tomaba el componedor para cajear pacientemente, tipo a tipo, mis propios textos. He sido diagramador de las revistas que he editado, y también de Caretas, en su primera década; he tomado la cámara fotográfica, publicando instantáneas que llenaban mi ego; he sido el reportero de "las mil vidas", que ha perseguido en cada nuevo amanecer la noticia como quien busca atrapar una mariposa, durante extenuantes jornadas, cruzando ríos, superando abruptos caminos y cumbres, acompañando a invasores de tierras en medio de balaceras con muertos y heridos; redactor de deportes, policiales, espectáculos y de política; columnista de un vespertino durante tres años; jefe de redacción de diarios y revistas; editor hasta el cansancio y, finalmente, director de siete u ocho publicaciones. Creo que toda esa práctica me da licencia para hablar de periodismo y, sobre todo, para dirigirme a aquellos jóvenes que hoy siguen esta carrera -que en mis tiempos llamaban oficio- y mañana serán quienes tomarán la posta de aquellos periodistas que ahora sienten que los recuerdos pesan más que las esperanzas.
A través de los años he pasado por muchas redacciones; la mayoría de ellas ya no existe y, lo que es peor, casi nadie las recuerda. Como también conocí a muchos periodistas, que ya no están entre nosotros y, tampoco, ya nadie recuerda. Hombres que en muchos casos se esforzaron, desde una posición equivocada o no pero que, finalmente, peleaban por alcanzar el viejo ideal de una patria mejor. A todos ellos, mi homenaje en estas líneas. Puedo haber omitido alguno que otro nombre; si es así, lo lamento de veras. Sin embargo, considero que están en su mayor parte retratados en este libro, que en ningún caso pretende ser la verdadera historia de la prensa de los últimos cincuenta años. Son memorias, historias y anécdotas que de alguna forma abarcan la mayor parte de las publicaciones más importantes del último medio siglo.

Marineros apresados son conducidos en un camión luego de ser debelado el movimiento que estallara en el puerto el amanecer del 3 de octubre de 1948. En la sedición participaron algunos oficiales de la Marina y dirigentes del Apra, al parecer, desobedeciendo la consigna de sus líderes. Foto inédita.

Suerte la nuestra de haber elegido un oficio o, si se quiere, profesión, que es líder en la sociedad; porque nadie como él, cotidianamente, se acerca a las más diversas manifestaciones y avatares de un pueblo para recoger sus alegrías y esperanzas, necesidades e impaciencias que, muchas veces, truenan en noticias, mayormente infelices, donde el periodista, como testigo de excepción, tiene la delicada responsabilidad de informar y de orientar a millones de personas. Y en esa delicada misión el deber de actuar en una línea correcta pensando, sobre todo, en servir a las mayorías. El periodista tiene, asimismo, la noble misión de elevar el nivel cultural de sus lectores, radioescuchas o televidentes, y no de embrutecerlos como ahora último está ocurriendo con la aparición de tantos pasquines que hacen del periodismo el más vil de los oficios. Esa prensa de pacotilla y adrede analfabeta, no existió en mis tiempos, acaso porque había más amor al oficio o porque el nivel cultural en el país era otro o porque la crisis nos alejó de la buena lectura.
Al periodista ahora se le llama comunicador social. No entiendo por qué. Además, me suena horrible e impropio. En mis tiempos sólo existía una escuela de periodismo. Ahora son muchas: todas las universidades quieren "fabricar" comunicadores. Se habla de ciencias de la comunicación. Así suena mejor. Pero de ahí a llamarlos comunicadores, ¡bah¡ Yo prefiero el título de periodista. ¿Saben por qué? Porque es lo exacto; porque etimológicamente viene de período, que es el espacio determinado en que se escribe para un periódico, una revista, un noticiero radial y televisivo. El periodista no es un simple comunicador; es el reportero que lleva la noticia; el redactor que la adereza; el analista que sopesa el hecho y aporta luces en el debate de un problema o un suceso de interés nacional.
Es, asimismo, el editor, el cabecero y, por último, el reportero gráfico. No es tan solo, pues, el testigo encargado de comunicar el acontecimiento, sino de fijarlo para la historia. No le robemos a los nuevos el encanto de ese título que llevaron periodistas como Andrés Avelino Aramburú, José Carlos Mariátegui, Abraham Valdelomar, Federico More, Leonidas Yerovi, Alfonso Tealdo, Lucho Loli, entre otros, título realmente maravilloso.

Federico More, acaso el periodista más grande del siglo. Muchas veces se daba el lujo de dictar al linotipista sus demoledores editoriales. A la derecha, Alfonso Grados Bertorini, director de informaciones de La Prensa. Se lucía especialmente cuando escribía de fútbol y toros, en el marco de unas columnas que firmaba con el seudónimo de "Toribio Gol" y "Toribio Sol".

Y con el huracán de los años, acaso sin advertirlo, devine en uno de los dinosaurios del periodismo. Porque, como alguien me decía hace poco, "en estos momentos no hay un periodista de tu edad y larga data al pie del cañón". Es decir, haciendo periodismo, soñando, creando, cotidianamente, "y en algunas semanas trabajando dieciocho y hasta veinte horas diarias". No me había percatado de ello. Pero, sí, de que la mayoría de mis compañeros de trabajo de los años cincuenta ya me han antecedido en ese inescapable viaje a la eternidad.
Por eso, antes que sea demasiado tarde, me he embarcado en esta nueva historia -que tendrá dos tomos o de repente tres-: para que quede un testimonio de una época de sueños e ideales y, también, de locuras y -por qué no decirlo- de celos y mezquindades.
He llamado a este libro Memorias de una pasión porque considero que el periodismo, al margen de otras deducciones, es la pasión que nos cautiva y nos arrastra como un torbellino hasta el peligro, a fuerza de amar la aventura. De otra forma no estaríamos metidos en los tumultos de una protesta tantas veces reprimida a sable y balazos, no seríamos los primeros en volar al lugar de un sismo, una explosión, un asalto y hasta de una guerra, y tras de una amanecida en la redacción volver, todavía un poco zombis, al día siguiente a la vorágine de la noticia. Y de esa pasión, hermosa como ninguna otra actividad, quizá arrogándome el derecho de otros, me he permitido escribir destilando mis recuerdos, tantos recuerdos, sobre la prensa peruana y sus protagonistas.