
Memorias Del Fuego
A un año de la toma, ex embajador del Japón Morihisa Aoki recuerda la pesadilla.
Con gran despliegue en la réplica de la residencia, el gobierno sólo ha querido recordar el rescate. Lo demás, parece, no sucedió.
En su pequeña oficina del ministerio de Relaciones Exteriores
del Japón, Aoki afirma que hablar restaña las heridas.
En Lima
En Tokio
Para Aoki, la operación de rescate, para la que los comandos se prepararon durante meses, resultó perfecta y debe servir de ejemplo.
"Cerpa era un líder sin poder y no tenía ninguna visión política", opina el ex embajador.
-¿Qué momentos tuvieron un significado especial durante el cautiverio?
-El primero fue cuando los emerretistas entraron y hubo una balacera entre ellos y la gente de seguridad. Teníamos que detenerla lo más rápido posible porque los terroristas ya estaban entre mis invitados y si empezaban a lanzar granadas, cientos hubieran muerto. A través de un megáfono logré gritar que pararan la balacera, lo que afortunadamente fue obedecido.
El segundo momento crucial fue a la mañana siguiente, pues los baños estaban fuera de servicio. Pensé que podríamos tolerar un máximo de 36 horas antes de volvernos locos o se desatara una epidemia. Pero después formamos grupos encargados de limpiar los baños. Este fue el primer gesto de coraje y unidad de los rehenes, pues así podríamos tolerar la situación y esperar el rescate.
El tercero no fue realmente un momento, fue un desarrollo. Para una salida negociada o lo que ocurrió, una solución por la fuerza, lo mejor era demorarse lo más posible para cansar a los terroristas. Para lograr esto, los rehenes debíamos vivir en perfectas condiciones físicas y mentales. Y gracias a la ayuda de la Cruz Roja Internacional, nuestro entorno cotidiano mejoró dramáticamente, y así pudimos esperar día a día.
-Muchos creen que, tras lo sucedido y de acuerdo con la tradición japonesa, usted tendría que haberse hecho una suerte de figurado hara kiri. ¿Pasó tal idea por su cabeza?
-Bueno, eso era quizá lo que estaba detrás de la actitud de algunos miembros de la prensa japonesa y de algunos políticos que querían mi renuncia. Pero en lo que a mí concierne, creo que la operación de rescate fue extremadamente exitosa, así es que no veo por qué debería sentirme culpable por los que fueron sacrificados: los dos militares y el juez Giusti.
-Usted llegó al Japón primero casi como un héroe, luego los críticos se le vinieron encima y usted escribió un libro...
-Escribí dos. Y el tercero será publicado muy pronto.
-Hay quienes dicen que este testimonio fue escrito con las heridas aún abiertas.
-No, porque para curar los traumas lo mejor es hablar de ellos. Y desde mi liberación me han pedido que hable mucho al respecto. He dado más de 10 conferencias desde Hokkaido hasta Okinawa.
-¿Cuáles fueron esos traumas?
-Durante las primeras semanas no podía dormir.
-¿Tenía pesadillas?
-Por supuesto. Soñaba siempre que me encontraba nuevamente de rehén y que me iban a disparar en la cabeza. Me despertaba con el corazón latiéndome muy rápido. Sudaba. Duró cerca de un mes. Pero eso terminó.
Aoki: "Los terroristas tenían que morir".
-Los cristianos creen que el alma de los muertos va al cielo o al infierno dependiendo de cómo hayan vivido. De acuerdo con su religión, ¿dónde cree que está el alma de Néstor Cerpa Cartolini?
-En mi religión, el shintoismo, el cuerpo y el alma regresan a la naturaleza. Nuestras vidas son como pequeños ríos. Cae la lluvia, se forman los riachuelos. Estos se unen y forman los ríos. Esto es la vida. Pero luego desembocan en el mar, que es la muerte. Y luego se evaporan hacia el cielo y nuevamente se convierten en lluvia. Es un ciclo. Cerpa, como tal, no existe más. Sólo los elementos de su alma y su cuerpo permanecen en este mar de la muerte, y algún día regresarán; pudiera ser que como un perro o un gato.
-¿Puede juzgarlo?
-Fue una persona extremadamente estúpida. No tenía ninguna visión política. Tenía la audacia de seducir a los menores por dinero -porque los menores no habían sido convencidos políticamente- y odiaba ver que ellos estaban realmente desesperados por que él aceptara la propuesta final del gobierno. No se daba cuenta. Y si se daba cuenta, no podía convencer a sus acompañantes. Era un líder sin poder.
-¿Piensa en algún momento en el resto del grupo?
-Siento cierta lástima por ellos, pues realmente no sabían por qué estaban allí, en primer lugar. No valía la pena. Y, luego, tenían que morir. Una muerte ignominiosa, pero que al mismo tiempo era la única solución. Como menores de edad, en algún momento el gobierno los hubiera tenido que dejar libres y quién sabe si eventualmente no cometerían otro crimen de este tipo. Y no solamente eso, en la residencia habían colocado varios explosivos y si alguien tocaba alguno, toda la embajada habría volado matando a cientos de rehenes. Así es que debían ser eliminados.
¿Qué piensa de la forma como fueron enterrados sus restos, casi clandestinamente?
-Lo único que le puedo comentar es que la Policía de mi país nunca hubiera hecho eso. Al menos hubiera tratado de buscar sus nombres, direcciones, y usar esa información para buscar a otros miembros del MRTA.
-¿Cree que la comisión de garantes hubiera logrado la liberación de los rehenes?
-La propuesta final del gobierno, me temo, era demasiado buena, y contenía el riesgo de que se reavive el terrorismo en América Latina, porque verdaderamente el MRTA hubiera obtenido una gran victoria política. La noche previa a la liberación, Tudela y yo discutimos cómo podíamos los rehenes explicarles a Cerpa y los suyos los méritos de la última propuesta para que finalmente la aceptaran, y también que sería imposible para el gobierno del Perú hacer más concesiones.
-¿Fueron usted y el vocal Giusti amigos? ¿Conversaron mucho durante el cautiverio?
-El vocal Giusti vivía en mi habitación antes de ser trasladado a la habitación H, pero luego me visitaba todos los días para jugar gin rummy con Samuel Matsuda, Juan Julio Wicht, Carlos Tsuboyama y Pedro Aritomi. Y también el juez de la Suprema (Moisés Pantoja), que era muy anciano y no podía participar en los trabajos diarios. Teníamos que cargar agua, limpiar los cuartos y, así, trabajando, nos hicimos muy amigos.
Con Tudela instantes antes de la toma.
-¿Siente que hay algo que le hubiera gustado decirle y no pudo?
-Sí. Decirle que fue uno de los más valientes y el más amistoso entre todos. No sólo coordinó las buenas relaciones entre los jueces y los funcionarios del gobierno; también con los militares y la policía, y con los japoneses. El aprendió un juego japonés (que se llama Otello) y jugaba con ellos.
-¿Hay algo que le hubiera gustado decirle a Cerpa?
-Sí: "acepta ahora la propuesta del gobierno peruano. Es tu última oportunidad."
-¿Y por qué no se lo dijo?
-¡No tenía tiempo! (Risas). En realidad en un momento monseñor Cipriani nos insinuó que tras Semana Santa vendrían buenas noticias. Pero después regresó y dijo que tendríamos que esperar un tiempo más. Entonces muchos se deprimieron. Algunos empezaron a impacientarse. Así que finalmente creo que fue el 20 de abril que monseñor Cipriani le pidió a Tudela que se uniera en sus esfuerzos para persuadir a Cerpa de aceptar la propuesta. Lo irónico es que, según monseñor Cipriani, como esos líderes terroristas habían estado viviendo clandestinamente, finalmente mentir se había convertido en su segunda naturaleza. Después de meses, te decían "mi verdadero nombre es tal" y al día siguiente, "mi verdadero nombre es tal otro", uno diferente. Así es que decían sí a una propuesta y al día siguiente decían no. No podían decidirse.
-¿Recuerda a Jean Pierre Scherrer de la Cruz Roja?
-Sí.
-¿Hizo mal o fue expulsado injustamente del país?
-No lo sé, de verdad. Recuerde que él no es realmente un suizo; él nació en Argentina y cuando era joven estaba el gobierno militar. Muchas atrocidades fueron cometidas entonces, especialmente contra los estudiantes. No me sorprendería que el señor Scherrer mostrara mucha simpatía hacia estos extremistas políticos y que no lo tratara de ocultar. Creo que se sobrepasó.
"Si aceptaba la propuesta del gobierno, el MRTA hubiera logrado una gran victoria política".
-¿Resiente el hecho de no poder conversar todo esto con sus compañeros de encierro?
-He tenido largas conversaciones con Pancho Tudela en tres oportunidades. La primera vez a principios de julio, cuando acompañó al Presidente a Japón. Nos bañamos juntos en unas aguas termales. Nos pasamos como una hora, completamente desnudos. Hablamos del futuro del Perú y de sus planes para más adelante. Me dijo que pensaba seguir con el gobierno. En agosto lo volví a ver en su casa de Lima. Una vez más hablamos durante más de dos horas sobre el Perú y las razones por las que tenía que renunciar. Y nuevamente en octubre. El fue testigo de mi condecoración por parte del gobierno de Bolivia.
-Bañarse juntos desnudos es algo emblemático, da la idea de una completa libertad...
-No sólo eso, también muestra que no tenemos nada que escondernos. Somos muy amigos.
-¿Cuál cree que es la lección de toda esa experiencia?
-Quiero que quede grabado que la operación de rescate fue perfecta y que tendremos que guardarla como una memoria institucional para que nuestros gobiernos, si están en una situación así, aprendan de ella. Japón no tiene una capacidad de reacción en su sistema hasta ahora. Por ejemplo, el presidente Fujimori no pidió la aprobación de mi gobierno para la operación porque sabía que el primer ministro no podría, constitucionalmente, responder al momento. El hubiera tenido que llamar a varios de los ministros de su gabinete para preparar la respuesta. Y esta respuesta debía ser aprobada en un Consejo de ministros. Pero para que algo sea aprobado en un consejo de ministros, el contenido debe ser aprobado antes por el viceministro, y antes todavía, por un consejo de viceministros. Para ese momento ya habría salido en los titulares de los periódicos japoneses que el Perú quería entrar por la fuerza. Y al día siguiente el MRTA hubiera empezado a eliminar a los rehenes.
-¿Dónde quisiera morir?
-El presidente Fujimori me dijo que por qué no se regresaba al Perú como huésped. Pero a pesar de que amo al Perú como a mi segunda patria, quiero terminar mi vida aquí, en Japón.
Lo Que
El Viento Se Llevó
Entre las llamas y las explosiones del operativo, Morihisa
Aoki perdió muchas pertenencias de valor sentimental. "Pero qué es todo eso en comparación con mi vida", dice. Ahora la residencia nipona ha sido demolida, borrada, como los rastros de un mal recuerdo.