

El Hombre Del Milenio
El antropólogo Luis Guillermo Lumbreras habla del Niño y de la universidad de nuevo tipo.
OCHO años de alejamiento son suficientes para pensar en el regreso. Más aún cuando la Antropología sólo tiene sentido cuando se ejercita en la propia tierra. "Me eduqué para trabajar aquí, para estar en contacto con los Andes y aportar en el conocimiento de un territorio delimitado. La experiencia fuera es importante, te hace tomar distancia, ver el país con menos apasionamiento. Pero es tan importante irse como regresar".
De paso por Lima, Luis Guillermo Lumbreras pone a punto su biblioteca y alista el inminente retorno.
En estos ocho años, Luis Guillermo Lumbreras ha estado en España y Alemania. En este último país recibió el prestigioso premio Humboldt lo que le permitió trabajar como investigador durante 18 meses en universidades de Bonn y Berlín.
En 1994 viajó a Brasil accediendo a una invitación de Darcy Ribeiro, carismático político que fuera vicepresidente durante el gobierno del socialdemócrata Joao Goulart. Ribeiro, un "idealizador típicamente brasilero" a decir de Lumbreras, convocó a un grupo de investigadores latinoamericanos alrededor de un proyecto fantástico y desmesurado: crear una universidad alternativa, sustentada en la formación de profesionales capaces de desarrollar líneas de investigación de acuerdo a la realidad del país y la región.
"Ribeiro partía de la tesis, que yo comparto, que la universidad tradicional, al masificarse, se convirtió en generadora de servicios abdicando de su papel de forjadora del pensamiento crítico de la sociedad. La universidad ha ido perdiendo liderazgo a manos de partidos políticos, empresas, ONGs o multinacionales que capacitan a su gente de acuerdo a su propia perspectiva". Para Lumbreras la clave está en recuperar el papel movilizador que tuvo la universidad en sus orígenes. Ese grupo de sabios que congregaba discípulos a los que iban formando en la práctica cotidiana.
La posibilidad de concretar esta idea se dio en la Universidad Estadual Fluminense Norte de Rio de Janeiro, donde Lumbreras ha montado el Centro de Ciencias del Hombre. Otras unidades de investigación abarcan las Ciencias de la Materia, las Ciencias de la Vida y las Ciencias Agrarias.
EL NIÑO ANTES DE CRISTO
Amén de estas actividades que lo tendrán comprometido hasta el mes de setiembre, Lumbreras es un curioso (y acucioso) investigador de las culturas del Antiguo Perú. Sabe, por ejemplo, que el Fenómeno del Niño era ampliamente conocido por nuestros antepasados. "Hemos perdido en nuestro registro histórico, la importancia del Niño no como medición de desastres sino para planificar la producción". El antropólogo sostiene que los sacerdotes y curanderos de la antigüedad eran los meteorólogos de hoy, que basaban su poder en las "predicciones" de sequías e inundaciones.
"Los peruanos conocieron bioindicadores térmicos muy sensibles como el Mullu, molusco de aguas calientes que vive dentro de la Corriente del Niño. De acuerdo al volumen de conchas que se desplazan a otras aguas más frías se saca una media de la fuerza del fenómeno", dice. Recuperar esa sabiduría ancestral y educar peruanos en armonía con nuestra realidad son retos que enfrentará Lumbreras el próximo milenio. (María Elena Cornejo).
Ruidos Secretos
La primera individual de Miguel García se inaugura el martes próximo en el Centro Cultural de la Municipalidad de Miraflores bajo el nombre "Un ruido secreto". La muestra consta de cuatro instalaciones: "Muestra tus heridas", "Ya me olvidé hasta de quién seré", "Ojalá que la lluvia pueda lavar mi pena y curar mi dolor" y "Boquita linda tenías para mentir". García egresó de la Facultad de Arte de la Católica en 1994 compartiendo el primer premio con Fito Espinoza. Su capacidad de riesgo y su audaz propuesta conceptual abonan a su favor.
OLOR A TINTA
El caudaloso brío de las palabras
RICARDO Oré, (Lima, 1949), diplomático de profesión, es al mismo tiempo un lírico que honra a las letras peruanas por la intensidad de sus versos trabajados con la dedicación de un orfebre. Había publicado, hasta 1996, dos poemarios, Estela binaria de halcón y puma (1987) y El descriptivista (1988), en Lima y Madrid respectivamente, y ahora nos entrega dos hermosos conjuntos, El sombreado de la liebre e Inscripciones en un campo de retamas, ambos impresos bajo el sello de Ediciones Los Olivos de Lima.
Ricardo Oré (Lima, 1949) diplomático y poeta.
En principio, la división de los textos recientes de Oré parece atender a la ausencia o presencia del Perú en sus versos. No cabe duda de que él, como otros compatriotas que viven largos períodos de exilio voluntario o involuntario, tiene una finísima sensibilidad para todos los asuntos que atañen a este Perú antártico y famoso, como se decía en el siglo XVI. En el campo estrictamente literario, baste recordar la potencia de la nostalgia del Inca Garcilaso y de César Vallejo que supieron cristalizar en intensas páginas de prosa o poesía. En esa línea podemos considerar Inscripciones en un campo de retamas, versos enraizados en algunos momentos de particular importancia en la historia del Perú.
Oré morosamente trata el momento crucial de la conquista española. Son muy hermosos los versos que dedica a Tumbes o a Pedro de Candia haciendo su testamento y luego modificándolo. Pero el texto que da unidad al manojo de poemas es el que da el título al libro Inscripciones en un campo de retamas, que, evocando a Garcilaso a través de una cita: "Sin otro caso que contar sea...", hace una trasposición entre pasado y presente y no sabemos bien si es Garcilaso o Gonzalo Silvestre o el propio poeta quien contempla la belleza efímera de las cosas: "Hay una vasija de agua en la cocina de barro/ que todo lo apacigua donde llega la luz/ a ceñir los bordes inciertos de las cosas// ¡Luz en el torbellino del verano!".
Nostalgia, sensibilidad en cuidados versos.
La distancia de lo querido e interiorizado desde la infancia estimula una sensibilidad muy fina para captar lo diferente y para identificarse con lo intensamente original en cada una de las sociedades. No es azar, que en el poema La estación de Krefeld, del libro El sombreado de la liebre, en medio de la batahola de los baúles que se confunden el poeta evoque a Hölderlin diciendo: "Albo Hölderlin, pálido niño/ que puliste los cristales de los abismos". El poeta alemán, desde su infancia estuvo "separado" de los demás, aunque éstos fueran como Hegel, amigos hondísimos. Hölderlin, como lo ha señalado Jaspers en su libro Genio y locura o Heidegger en su texto Arte y poesía, creía que el poeta era un intermediario entre los dioses y los hombres; cumplía este rol intenso permaneciendo en esa zona de neblina, indefinible, donde moran las palabras con su sentido más prístino.
Pero independientemente de las creencias de Hölderlin, aunque los dioses, tal como él los imaginaba, no existan para los hombres del fin del segundo milenio, esa zona de abismos donde nacen, crecen y fructifican las palabras, altamente peligrosa, engañosa para ojos descuidados pues tiene suaves colinas, primaveras y nieves eternas, realmente existe, y Oré ha tenido en 1997, por encima de otros poetas peruanos, la virtud de recordárnosla en sus magníficos poemas Las palabras y El rumor. Escribe: "La palabra es el murmullo / que se hace agua en el habla / y dura costra en la escritura/... Palpita en las gargantas de los recién nacidos/ y ya pronto está en las fábricas /donde se produce la jerigonza del mundo//..." Y es que Oré se ha conectado con el gran tema de la poesía de todos los tiempos: la palabra principia y acaba en el silencio. Lo sabían Mallarmé, Huidobro, Vallejo, y lo llevaban a la práctica en sus textos. He aquí una paradoja que indirectamente tiene que ver con lo que decimos: hasta cierto punto se ha ignorado en el Perú la poesía de Oré. Después de la publicación de estos dos libros, eso no podrá seguir ocurriendo. (Marco Martos).
Profesión, Alfarero
Exposición en Museo de la Nación descubre talentos insospechados.
Martín Rubio y su pájaro medúsico e Iván Morales.
ARTE ancestral, la cerámica es para unos pocos privilegiados una manera de vivir que permite expresarse sin palabras. Quienes alguna vez han estado en contacto con la arcilla, refieren que el solo hecho de saber que pueden crear algo con sus manos, proporciona un gran placer y una sensación de plenitud que difícilmente pueden lograr a través de otra actividad. Para personas con un ritmo de aprendizaje diferente, la cerámica puede ser además, una posibilidad de comunicación y una manera de ganarse la vida.
Hace un año, antes de hacer cerámica, Iván sentía angustia cuando pensaba en lo que iba a hacer en su vida. El veía que su hermano y sus amigos del barrio estudiaban en la universidad, trabajaban, ganaban plata. Descubrir que su arte y su oficio eran la cerámica, ha elevado su autoconfianza y su autoestima.
Para Gabriela Jaramillo (39), la profesora del taller de cerámica en el Museo de la Nación, la experiencia fue una sorpresa. Nunca antes había trabajado con personas "especiales", pero aceptó sin ambages cuando la madre de uno de los futuros alumnos le planteó el reto. No me ha costado nada trabajar con ellos, no han habido problemas con sus compañeros, trabajan muy bien. Son chicos con mucho talento, estética y una gran creatividad que no tienes que estar promoviendo.
Las vasijas de Iván (23), las figuras y animales de Martín (26), dan cuenta de estas habilidades. Como expresa Marggie Giesecke, madre de Martín, la cerámica es un arte que está demostrando su valor como terapia, como integradora de la personalidad, como estática y como opción de vida.