Caretas 1,500 Ediciones Luchando Por El Perú


Caretas
1,500 Ediciones Luchando Por El Perú


Un tanto solemne el titular, es cierto, pero la realidad es ésa.
Al defender hoy a los Pantanos de Villa CARETAS no espera el agradecimiento de las garzas reales ni la venia de las palmeras.
La posición la toma por amor al arte, como se dice comunmente, y por respeto a lo que es, a lo que debe ser, nuestro país.
Somos especialistas en meternos en problemas, y ésa es la retribución que generalmente recibe una publicación independiente cuando se enfrenta a ciertos grandes intereses económicos, y a sus varios servidores. Pero no importa. CARETAS ha alcanzado las 1,500 edicionescon el apoyo de los aliados más esenciales del periodismo, con el favor preferencial de los lectores. Por eso celebra esta edición No 1,500 con el gran bloque informativo que despliega en las próximas páginas.Allí se incluye una colección de anécdotas proporcionada porun grupo muy selecto de personajes.
También, una edición imaginaria de CARETAS cuando Huayna Cápac gobernaba en el año 1500. Además, una revista de las revistas que no llegaron a las 1,500 ediciones en el Perú, distinción que sólo nos corresponde.Ada Gabriela Bueno, la primera Señorita Perú, cayó de visita desde el extranjero, como atraída por el destino, lo que ayudó a recordar los apachurrantes años en que nació la revista.
Finalmente, una visión histórica del Nuevo y el Viejo Mundo hace 1,500 años es rematada con una curiosa máscara, una careta básica, que invita al lector a usar su imaginación, y a ser quien quiera ser en los próximos carnavales.


Una Anécdota Con Caretas
Parte de las armas de CARETAS. Las otras son el ingenio, el pluralismo, la suspicacia y el humor.

El periodismo es una profesión vertiginosa. La prueba es que, ocupados en contar las historias de lo que sucedía en el país durante 1500 ediciones, nos olvidamos de registrar la propia. Así, ante la necesidad de hacer memoria con ocasión de este número cabalístico, decidimos recurrir a quienes naturalmente han estado relacionados con CARETAS a lo largo de todo este tiempo: los políticos, habituales víctimas de nuestras críticas, bromas y -si el año era bisiesto- también de algún elogio; y los antiguos colaboradores, que cierre tras cierre trabajaron con nosotros... hasta las mil y quinientas.


El Ensueño Romántico
Fernando Belaunde Terry.

SE quiere que relate alguna anécdota relacionada con CARETAS en esta ocasión en que confirma su ya largo destino político, siempre pegado al ideal democrático.
En el último medio siglo hemos librado la notable revista y nosotros vidas en cierto modo paralelas... lo que no excluye ocasionales desavenencias, pero consagra la unidad en el ideal. Varias veces me he preguntado ¿habría cumplido mi tarea en la vida nacional sin el eco libre, rebelde, agresivo y a la vez generoso de CARETAS? Evidentemente que no. Quiero por ello dedicar estos minutos al "paralelismo" a que aludo, que si bien alentó una mutua y honda simpatía no fue resultado, en el gobierno, de ningún favoritismo. CARETAS mantuvo en todo momento su libertad.
No voy a relatar la jornada del 1°. de junio de 1956 de tan hondo significado que la revista, con su magistral dominio de la comunicación, contribuyó a difundir. No sólo con el texto sino con algún magistral apunte gráfico. Allí se informó sobre el ultimátum a una dictadura, así como la actitud y la democrática arrogancia con que fue expresado. Pero, después vino una larga lucha, que todavía perdura. En mis comienzos me honró con el titular: "Así nacen los líderes". Era una manera de realzar aquella actitud rotunda de un pueblo resuelto. En momentos delicados su entrevistador, desoyendo toda conveniencia personal, me trataba con generosa cordialidad. "FBT habla de política, con calor, con la esperanza, casi se diría con el ensueño romántico de siempre".
Hoy, con 85 años de lucha y una década de experiencia gubernativa, mantengo con CARETAS, con Doris, Enrique y sus notables colaboradores, el ensueño romántico de siempre.


Almuerzo De Los Lunes
Luis Bedoya Reyes.

LLEGAR a la edición 1,500 es una certificación de constancia pero sobre todo excepcional privilegio. El Perú no es el país de lectores y, menos aún, de lectores de lo mismo. Y digo lo mismo porque en CARETAS están evidentemente clonados los genes de Doris Gibson. Es ella quien ha impreso carácter a esta publicación y quien ha impulsado hasta la 1,500 edición.
Mantener la línea es voz de orden en todo periódico; pero severa regla en los que opinan sobre política, CARETAS, si mal no recuerdo, lo viene haciendo desde 1954. Doris Gibson fijó el norte y en medio siglo la revista no ha tenido desviaciones, ni siquiera debilidades.

FBT y "El Maguerazo" de 1956. Der.: el `Tucán' Bedoya cuando iba a almorzar a casa de Doris Gibson.

Hubo, sin embargo, breve etapa que colocó a CARETAS en incómoda sorpresa de la que fuimos ocasionales testigos. Doris tenía como asesor político de la revista a Guillermo Hoyos Osores, hombre de talento y prosa excepcionales, y ocurrió que un día decidió establecer "el almuerzo de los lunes" en su departamento del jirón Camaná en el mismo edificio donde funcionaba la redacción de CARETAS y fijar como sus invitados a media docena de dirigentes y parlamentarios demócrata-cristianos. La presencia más frecuente era la de Mario Polar con José Barreda Moller, Roberto Ramírez del Villar y Héctor Cornejo Chávez, Jaime Rey de Castro, yo y algunos más. CARETAS le había fijado la puntería a Manuel Prado y antes de que asumiera el mando en 1957 publicó como carátula una fotografía de Prado con tarro y condecoraciones y la leyenda "Volvió el Circo". El éxito publicitario rompió récord e inspiró subliminalmente la idea: "el payaso". Prado era narciso pero traía conceptos y maneras europeas y nos rompió esquemas. Supongo que creía de a verdad en la aproximación de los contrarios: hizo ministro de Educación a Jorge Basadre, el historiador del '79; ministro de Relaciones Exteriores a Víctor Andrés Belaunde, tabú para los belaundistas por razón de familia pero también para nosotros pues tenía asiento en el Olimpo socialcristiano; llevó al Premierato y al Ministerio de Hacienda a su opositor Pedro Beltrán silenciando a "La Prensa" y jalando a la derecha y, finalmente, para dolor de CARETAS, nombrando ministro de Relaciones Exteriores a Raúl Porras Barrenechea inteligentísimo inspirador del antipradismo el que ¡oh colmo! llevó como su asesor principal a Guillermo Hoyos Osores, dejando a CARETAS y a Doris sin asesor y pluma, y a nosotros sin el "almuerzo de los lunes".


El Próximo Cierre
Gustavo Gorriti.

TRABAJE (es un eufemismo) en CARETAS durante la década procelosa de los '80. Me tocó la cobertura de la guerra interna, de los organismos de seguridad, derechos humanos y periodismo de investigación. A lo largo de los años de reportar los personajes y los eventos en esas áreas, hubo momentos, de peligro, de agobio o de revelación. Sin embargo, ahora que se me pide que recuerde alguna anécdota de esos años, no se me ocurre nada mejor que contar cómo era la típica semana de trabajo en la revista. Ya verán por qué.
La semana comenzaba el martes (Caretas salía entonces los lunes), con la reunión de editores. Si el nombre de Caretas alude en buena medida a la comedia de la vida, puedo decir que en esa reunión el arte escénico lograba en ocasiones instructivas resonancias operáticas. Octavas arriba, octavas abajo, los fascinados oyentes recibían profecías sobre la mortalidad de las revistas y diagnósticos sobre la decadencia de la profesión, que aunque no del todo exactos, jamás dejaron de convocar el absorto interés del auditorio.

Gorriti y la hora azul del cierre.

Pero el día de a verdad era el sábado. Uno se había prometido a sí mismo una y mil veces cerrar temprano; no pasar por lo de la semana anterior, y la anterior, y la precedente. El viernes, con suerte, se había cerrado una o dos notas. Pero siempre pasaba algo, y había que correr, telefonear, entrevistar, conseguir fotos, fotos, fotos; y escribir. Con suerte, de nuevo, uno se iba a dormir a media madrugada. De manera que ya se había calentado para el sábado.
Las reuniones de editores ese día eran más funcionales (se trata de ahorrar energías en maratones). Dos o tres notas que escribir, algunas más que editar. Cada uno veía cómo lidiaba con los fantasmas del bloqueo expresivo, pero lo que es escribir, había que escribir. Y escoger las fotos, y trabajar en la diagramación. Generalmente se empezaba a escribir a las 8 ó 9 de la noche. Y quizá entre la media noche y las dos de la mañana la nota principal quedaba redactada.
Ahora, editarla. Si era importante, la llevaba a la oficina del director, quien solía estar por lo menos tan atrasado como uno en sus propias notas. Luego de algunos lamentos recíprocos sobre la necesidad de cambiar "porque no se puede seguir así", Zileri editaba con su usual brillantez. Ahora se podía hacer las notas más pequeñas; pero antes había que editar las de los reporteros.
A las 3 de la mañana, las ediciones son crueles. Los reporteros se iban a reescribir, ofendidos, a trabajar con furia. Uno racionalizaba pensando que no se ha descubierto otra forma de aprender buen periodismo.
El sarcasmo, la dureza, convocaban otro golpe de adrenalina. Se trabaja furiosamente. Litros de café con sabor a plástico han desaparecido. Se termina, se levanta los ojos y se ve que hace rato es de día. Hasta la grisura limeña hiere los ojos. Hay que trabajar.
Ahora es el momento temido de pensar títulos, subtítulos, gorros, ampliados, leyendas. La fatiga ya envuelve la conciencia, y uno se sorprende dormido, con los ojos abiertos. De cualquiera de los lados de la realidad, se persiste, sabiendo que un título pobre o repetitivo puede arruinar una nota. Entre sacudones de sueño y vigilia, se acaba.
Ahí parece irse el sueño, y uno retorna a casa en medio de la dudosa epifanía del trabajo terminado y el cansancio completo. Se llega con piloto automático, y al echarse a la cama, antes de que las luces se apaguen de golpe, queda tiempo para pensar: "la próxima semana cierro temprano".


El Punto Medio
Alan García Pérez.

PENSE y pienso que CARETAS expresa con acierto el punto medio de la opinión nacional; dijérase, la opinión de la clase media o mejor dicho, de lo que fue la clase media peruana. Yo puedo dar fe de su objetividad y no tengo queja o mal recuerdo. Tal vez si me esfuerzo, una carátula sobre un gran caballero y primer ministro. Nada más. Pero en suma, son sus carátulas lo que expresa la imagen semanal del ánimo público, su síntesis.
Creo que ese equilibrio debe mucho al sentido del humor de Enrique Zileri que ha hecho escuela. Espíritu burlón, irreverente y a veces infantil. Ganar o perder, acertar o errar, son temas relativos cuando se enfrentan con la ironía caretiana. La revista no ha rendido su espíritu democrático ante el temor y no ha hecho concesiones al autoritarismo. Esta fue su apuesta y la ha cumplido. Algo más, porque es justa en la información entiende la justicia social. Es un periodismo adversario y crítico pero nunca encarnizado ni enemigo. Por eso es en verdad informativo, criticando con altura o reconociendo aciertos por convicción. Eso le da serenidad y tiempo. Así alcanza su número mil quinientos con espíritu juvenil, mientras otros pasan al retiro prematuramente. Tal vez porque es el odio lo que envejece y no los años.

Alan García: adversario pero nunca encarnizado y enemigo.

Cumplimos juntos 33 años y desde entonces, con altibajos, hemos sido amigos. Tal vez , como todos los jóvenes, CARETAS en sus primeros años no quería nunca perder. Luego aprendió que perder es necesario, y también el saber perder a voluntad cuando es preciso. Por eso mucha gente acompañó en espíritu a CARETAS a la pila de la Plaza de Armas en 1995.
Nada más. Sólo que en mayo de 1987, Zileri y CARETAS me comprometieron a acompañarlos en Montevideo, a una asamblea mundial de la prensa. Pero horas antes del viaje, estalló una huelga policial. Ganaban entonces los policías más del doble de lo que ganan ahora. Dura ley de la vida, entonces protestaron ruidosamente, ahora no. Parece que los derechos sólo se reclaman en democracia. Creí que informar a los que informan es también una obligación y viajé a Montevideo a cumplir mi compromiso. Después supe que esa lejanía ayudó a enfriar los ánimos de la huelga y a su solución sin ninguna víctima. Fue bueno viajar con CARETAS.
Finalmente, CARETAS sufrió en su vida muchas censuras y volvió indemne de todas ellas. Dicen que estos tiempos ha sufrido otras, la censura publicitaria, y más que eso, la censura de la ideología dominante en la mente de muchos lectores. Como la revista no cree en las verdades totales, tampoco ha rendido sus ideas ante el sistema de moda. Creo por eso que saldrá indemne de las nuevas censuras. Yo espero que todos tengamos la misma fortuna para discutir otra vez con Zileri de todo aquello en lo que no estamos de acuerdo.


El Carro de Mafalda
Manuel D'Ornellas.

ESTA anécdota es anterior al tiempo -muy feliz- en que trabajé en CARETAS, pero no puedo dejar de contarla. Estábamos simultáneamente desterrados en Buenos Aires su director, Enrique Zileri Gibson, y yo, junto con un grupo de periodistas peruanos que crecía día a día, según se iban incrementando los malos humores del general Velasco. De repente, Zileri recibe el anuncio de que llegan de Lima sus hijos a verlo, y le ofrezco mi carro para que vaya a recoger a los chiquillos al aeropuerto de Ezeiza.

D'Ornellas: una voz, un voto y un Citroen 3 CV.

Mi carro era un Citroen 3CV, ese modelo corrugado que poco circula por el Perú pero que se producía masivamente en la Argentina por la conocida marca francesa. Partió Enrique raudo -hasta el punto en que un Citroen 3CV puede ser raudo- y, luego de que sus hijos atraviesan las vallas burocráticas, los instala en el automóvil. Entonces, uno de ellos le pregunta: "Papá, ¿cómo conseguiste el carro de Mafalda?". Era el tiempo en que la famosa historieta de Quino alcanzó su apogeo y ningún niño del mundo hispanohablante desconocía la existencia de ese carro.
Ese carro siguió vinculado a los Zileri porque, pocas semanas después, yendo con Enrique por la Av. Leandro Alem, en medio de uno de esos ventarrones típicos de Buenos Aires, se voló el capot y nos quedamos a ciegas Enrique y yo. Luego de bajar y comprobar el daño, el carro quedó estacionado hasta la amnistía de Morales Bermúdez en el garage de mi edificio. Según un amigo en él crecían plantas.
Tengo mil anécdotas del tiempo en que estuve en CARETAS, y sería largo enumerar. Lo que siempre recuerdo es que cada vez que tenía un problema profesional fue Enrique Zileri, quien a pesar de nuestras divergencias, me ofrecía un clavo en qué clavar mi sotana, como dicen que dicen los jesuitas. Y eso no es una anécdota. Es una lección de amistad.


La Edición Que No Salió
Alfredo Barnechea.

HAY mucho para recordar, me imagino, en 1,500 ediciones. Curiosamente, me acuerdo de una edición que nunca apareció.
Enrique acababa de volver de Buenos Aires, del exilio. Tenía miles de ideas que explicaba, como siempre, más con gestos que con palabras. Quería cambiar el logotipo, cosa que hizo, y orientarla más en los formatos tipo People.
Aparentemente habían autorizado la reaparición de Caretas pero un día, con ejemplares ya en prensa, aplazaron esa autorización.
Comenzamos a prepararnos para la nueva fecha. Nos reunimos una tarde con los encuestadores (Caretas ha sido, creo, innovadora en el interés, ahora tan corriente, por las encuestas). De pronto nos avisan que hay una rebelión militar en Chorrillos. Enrique y yo salimos disparados en su Opel gris para cubrir el acontecimento para una revista ... que no podía salir.
La cosa era casi surreal, pero refleja esa quimérica vocación que es elperiodismo. Recuerdo esa anécdota tambien porque se conecta con muchas cosas actuales (e inactuales): la presencia constante del poder militar; la incomprensión, acaso mutua, entre los militares y la prensa, el azar continuo que es la prensa independiente en países como el nuestro.

Alfredo Barnechea: volver a los 20.

Todos los que hemos trabajado alguna vez en Caretas (y somos legión en la prensa peruana) recordamos sobre todo un "clima", acaso la última redacción de las antiguas, mezcla de club y universidad, de fast-food y biblioteca, de asamblea y cofradía, todo, eso sí, a destiempo, porque los cierres siempre te ganaban.
Tambien es un "clima", lo que los españoles llaman un "talante", lo que ha aportado Caretas: nevada arequipeña, gracia y mal humor limeño, y un toque de excentricidad algo inglés.
Tal vez eso se deba al lado Gibson de Zileri (del italiano le ha quedado la expresión macarrónica que uno debía adivinar). Salvador de Madariaga escribió hace años, a propósito de La Prensa de Buenos Aires, que los grandes diarios están casi siempre asociados a una familia. Podría agregarse que las revistas casi siempre a un director que le imprime su sello.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos -el verso por supuesto es de Neruda-, pero todavía recordamos ese clima de libertad, cuando teníamos veinte años.


Interpretar a Un Jefe
José Rodríguez Elizondo.

Y tú ¿por qué sigues informando que Argentina está perdiendo la guerra?
No era, propiamente, una pregunta. Enrique Zileri había ingresado como una tromba a la sala de redacción, donde yo estaba conversando con Eduardo Bonilla y sus boys, sólo para increparme. Aquello fue un exabrupto lanzado desde el dintel, con el dulce vozarrón que nuestro director usaba para denunciar empastelamientos, carátulas malogradas o fotos estelares desenfocadas. Cosas gravísimas.
Ante la paralogización de los colegas, que veían venir un huaico de los grandes, atiné una respuesta casi tautológica:
-Porque va a perder, pues.
Entonces el director dio una semi-media-vuelta y, dirigiéndose a la puerta, le gritó que la revista estaba informando así, caracho, porque el editor de internacionales quería que Argentina perdiera, que eso no podía ser, maldición, porque los pilotos de guerra argentinos estaban haciendo maravillas, si ni siquiera estábamos publicando, qué tal raza, los despachos de nuestra corresponsal en Argentina... y ahí nomás completó la media vuelta y partió, echando chispas, rumbo a su oficina de mando.
Pálido pero sereno (yo ya había asimilado el coraje y el lema de los veteranos del equipo), hice un rápido examen de conciencia respecto a mi labor. Confieso que me autoabsolví sin dificultades. Era cierto que la opinión publica peruana apoyaba, entusiasta, la acción desencadenada por el general Leopoldo Fortunato Galtieri, pero ello no podía alterar los hechos, tal como debían ser procesados en una revista como la nuestra. También era cierto que yo botaba al tacho la mayor parte de los triunfalistas despachos de nuestra corresponsal en Buenos Aires, pero cualquier editor responsable hubiera hecho lo mismo.
Sospeché, de puro paranoico, que lo verdaderamente delicado era que yo fuera chileno. Ese "detalle", con su folclor geopolítico, podía estar molestando a quienes querían leer una información menos objetiva y más militante. Tal vez algunos de esos lectores se habían quejado y nuestro dulce director estaba siendo sometido al cargamontón que se produce cuando la pasión asalta a la razón.

Rodríguez Elizondo: Las Malvinas y el fuego interno.

En resumen, intuí que la guerra de las Malvinas era un test decisivo en mi carrera de periodista en el Perú. Por lo mismo, comprendí que, tras la descarga de Zileri, había una catarsis personal mezclada con una advertencia tácita. Esta última me decía que su respaldo -sí, su respaldo- se apoyaba en la confianza en el amigo y en la profesionalidad del analista... pero que no me descuidara.
Y así nomás debió ser porque, antes de la curiosa requintada a la puerta, Zileri, como siempre, había mantenido su escrupuloso respeto a los contenidos de mi sección. Durante dos semanas había tenido tiempo para desestimar notas, corregir artículos, inducir otro tipo de análisis o intervenir él mismo con su propia línea editorial. Si no lo hizo, fue porque la información que yo procesaba o producía había superado la fuerza de las presiones y su propia subjetividad.
La duda era si, ante el exabrupto zilérico, yo debía cambiar de línea, aceptando que Galtieri podía vapulear a la señora Thatcher. Conociendo bien a mi director, decidí que lo fundamental era seguir cumpliendo el deber de decir la dura verdad, aunque doliera el corazón latinoamericano. Así, esa semana y las que siguieron, trabajé como si Zileri me hubiera felicitado. CARETAS siguió dándole en la cabeza al triunfalismo argentino oficial, recurriendo, incluso, al análisis de geopolíticos peruanos prestigiosos -recuerdo sendas entrevistas a los generales Mercado Jarrín y Otayza Herrera (Q.E.P.D.)-, mientras el director no objetaba ni corregía nada.
Terminada la infausta guerra, recibí una carta de nuestra corresponsal en Buenos Aires. En ella me contaba cuánto me odió por desestimar sus despachos y cuánto me agradecía, ahora, que así hubiera actuado. Ni siquiera se la mostré a Zileri. A esa altura del partido, ya estaba claro que el solo hecho de haber mantenido a su editor chileno a cargo de ese delicado frente informativo, fue su mayor prueba de confianza.
Eso sí (que yo sepa), jamás dio explicaciones a la maltratada puerta de la sala de redacción.


¡Caretas!
Rafo León.

EN el año '83, cuando las cosas eran posibles y la inocencia también, el grupo de teatro TELBA montó un texto que escribimos Fedor Larco y yo llamado MARITE, donde a partir de la recreación libérrima de lo que nos imaginamos fue la vida de Marilucha García Montero, una cronista social de los cincuentas, tratábamos de delinear algunos de los rasgos que definen el impagable comportamiento limeño, esos rasgos que son tan difíciles de poner en palabras a pesar de que todos identificamos de inmediato.

Rafo León: la supicacia, el humor y Marilucha García Montero. Derecha: Juan Acevedo y la importancia de tener gancho.

En un momento de la obra la protagonista debe definir a una persona que es conocida en el ambiente intelectual de la ciudad por su ingenio, irreverencia, modernismo, acrimonia, suspicacia y feroz sentido del humor. Ante la imposibilidad de encontrar la palabra exacta, MARITE entonces voltea hacia el público y antes de hacer mutis, con toda naturalidad dice:
-Fulana de Tal es... ¡es CARETAS!
Yo nací el mismo año en el que apareció CARETAS; mis referencias sobre el Perú, sobre Lima, sobre mi medio y sobre los otros medios, en particular mis referencias gráficas, vienen de CARETAS. En CARETAS encontré el alivio de saber que no es solamente una banalidad no tomarse en serio, en un entorno donde todo el mundo cree que lo que hace es importantísimo y lo que es, lo es más aún. Vía CARETAS me conecté con la distancia, el alerta y el escepticismo como herramientas para conocer, tanto como con esa ternura irónica indispensable para sobrevivir más o menos decorosamente en una ciudad y en unos tiempos que mal disfrazan su cinismo en moralina, en rollo y en discurso vicariante. Uno de mis sueños mejor acariciados consiste en dedicar el resto de tardes de mi vida a tirarme en la cama rodeado de rumas de ejemplares viejos y nuevos de revistas: National Geographic, HOLA, House & Garden, Hustler, LIFE, CARETAS y pasar y pasar páginas, mirando fotos, revisando leyendas, sin sacar ninguna conclusión, hasta quedarme dormido. Y nada más.


Dos Historietas
Juan Acevedo.

ANECDOTAS en relación a CARETAS hay un rabo (y orejas). Y patas, claro, muchas más de cuatro. Yo ahora, al toque, recuerdo un par en mi vida personal. Yo las cuento y tú escoges.
Era noviembre y se acercaba mi cumpleaños 41, que me agarraba medio chuncho. Rädda Barnen me pidió que hiciera un taller de historietas en Chile y yo debía decidir la fecha. Aproveché la ocasión para pasar mi cumpleaños en Santiago, sin que nadie lo supiese. El taller se iba desenvolviendo normalmente y así llegó el 27. Al final de ese día nos informaron que la organización había decidido que conociéramos un restaurante polinesio. Allí nos recibieron unas chicas medio calatas con unas faldas de pajillas, nos pusieron un collar de flores y nos hicieron sacar los zapatos y sentarnos en un círculo en el suelo. En ese momento anunciaron por los parlantes que era mi cumpleaños. Todos los del taller estallaron en carcajadas y el que no quería festejar se vio en el centro de la nueva tribu defendiendo la casaquilla nacional al son de ritmos ondulantes que no conocía. ¿Cómo se habían enterado? Un patita había llevado un antiguo CARETAS en el que una nota daba cuenta de mi fecha de nacimiento, se la había mostrado a unos cuantos y habían montado el numerito sin que yo sospechara nada.
La otra fue en Madrid. Yo vagabundeaba en "El Corte Inglés" cuando me di con una sección de ropa elegante que llevaba por firma "Pal Zileri". ¡Qué bacán!, me dije, pensando de inmediato en llevarle algo de regalo a Enrique, total, allí decía pa'l Zileri. Los precios me hicieron cambiar de idea. Aunque sea un gancho para colgar el terno, me dije, en ellos lucía el codiciado logotipo, a lo mejor no estaban a la venta y hasta me lo regalaban. Acerté a medias, no me lo regalaron. Pero la chica aquella D'l Zileri se reía mucho con mis ocurrencias y me llegó a dar su teléfono. Salimos dos días después, pero ésa es otra historia y que me perdone Enrique pero no le traje de España más que esta historieta.