CHINA TE CUENTA QUE...



Por LORENA TUDELA LOVEDAY

Ay, Hija, Al Gato de Despensero
ESPERO que me creas lo que te voy a contar, hija, que es rigurosamente cierto hasta en sus inexactitudes, ¿ya?, y lo voy a hacer yendo de frente al grano, lo que me va a costar horrores de trabajo porque tú sabes que a mí nada me gusta más que irme por las ramas, aunque pucha, o sea, en este caso sería más propio decir "irse por las armas", y ya vas a ver el motivo. Jueves pasado por la tarde, yo iba en mi Peugeot 686 nuevecito, hija, que me lo compré para compensar la furia de lo del CNM, a ese nivel andamos en este país de la chochoca. Estaba superapurada porque tenía que ver a un paciente nuevo, Ebenezer, que pucha, o sea, ya cumplió los veinte y hace que todos los años lo circunciden de nuevo porque siente que siempre se queda corto el rabino, qué quieres que te diga. Iba como a 80 por hora por Angamos con Santa Cruz, hija, cuando en eso me tocan la ventana. Yo, que estaba absolutamente ensimismada en un CD de David Byrne en el que canta con la Pastorita Huaracina una variación de "Cómete la papa y déjame el cuy", pucha, reconstruida con patrones rítmicos de Bach, que te lo juro que me transtorna, ni cuenta, hasta que me tocaron más fuerte y ahí volteo y me encuentro con un tubo metálico enorme y un cholo horrendo detrás.
Hija, en dos minutos yo tenía el carro nuevo lleno de unos lumpen trinchudos impresentables de última que me hacían pelota los asientos de cuero, todos armados como gurkas, oliendo a más no poder a rodilla (esa zona del cuerpo donde se juntan el ala, la pezuña y el poto) y hablando entre ellos en un lenguaje que te lo juro, o sea, no se escucha ni en los talk shows esos tan vulgares que ahora están de moda, casi me da ataque.
Pues nada, se trataba de un secuestro al paso y claro, o sea, como yo le encuentro a todo el lado positivo, pucha, pensé, "Lorena, ¿te acuerdas que estabas preocupada porque a todas tus amigas las habían secuestrado y a ti nada? Bueno, ya tienen la prueba de que sigues siendo la regia de siempre... "Sin embargo, o sea, cuando me fijé bien en dos de los cuatro secuestradores, pucha, o sea, dudé de que fuera un secuestro porque eran un par de chanchetes cachetones papujos, hija, los dos con caras de mascotas bien papeadas y otra vez me dije: "Lorena, sorry, te equivocaste con Larrabure y Chipoco, que te van a amedrentar para que no hables de ellos en Caretas". Sin embargo, pucha, cuando me soltaron la primera frase de la mañana, o sea, me di cuenta de que eran secuestradores, sin dudas ni murmuraciones:
-A ver, gringa, cáete con lo que tengas, enseña tu Visa, danos la tarjeta de propiedad de tu carrito y si te portas mal, te hacemos el perrito.
Te imaginarás que la sola posibilidad de que me dieran de comer Ricocán, ag, me transtornó de tal forma que me puse a gritar como una ambulancia sin piloto, no sabes, justo en el momento en el que pasaba el entierro de la abuelita de Mariafé Ferrand, hija que como te podrás imaginar por la plata que tiene la familia, pucha, estaba seguido por una hilera de carros que más parecía la salida de una fiesta en Flamencos que el último recorrido terrenal de la viejita. Por supuesto que me vio Mariafé y yo casi me muero de la vergüenza de no haber ido al entierro, pero no era momento para modales, así que grité más fuerte y al poco tiempo nos rodearon siete Mercedes llenos de gente regia y a los secuestradores no les quedó sino dejarme en paz, salir corriendo con sus armas, sus cacharpas y su pestilencia, y yo que estaba nerviosísima, pucha, aproveché para darle el pésame a la familia y luego de insistirles que no somos nada, pucha, les expliqué que siguieran nomás, que estaba superapurada y se fueron a seguir con lo suyo.
Pero claro, o sea, yo volé a la primera Comisaría que encontré, hija, porque no podía ser lo que me había pasado. Entré a la Delegación (como se les dice ahora) di mis generales de ley a un tombo que me recibió (igualito a Anselmo Revilla joven) y luego me dijo que esperara al capitán y al teniente, que vinieron una hora más tarde precedidos de una vaharada o butifarra que casi me da cáncer a la pituitaria hija, pero lo peor fue cuando me di cara a cara con ellos, porque eran ni más ni menos que... ¡los gordos secuestradores a los que yo había confundido con Larrabure y Chipoco! Sólo te puedo decir que del espanto, pucha, se me cayó el zolcan, hasta el suelo, hija, y ahí lo dejé porque salí hecha una guaraca encendida y no paré hasta encerrarme en mi cuarto, que lo he hecho blindar por un experto israelí que, o sea, la verdad está como para encerrarme con él en el blindado, qué quieres que te diga. Chau, chau (Rafo León).