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Por HAROLD FORSYTH
El Niño de
1925
A menos de tres años del fin de este siglo, los turbulentos años veinte serán recordados -junto con los fabulosos sesenta- como una época característica de enorme actividad intelectual y una entrega desbocada a las vanidades del mundo. Todo ello en contraposición a los insípidos noventa, materialistas e informáticos.
En el Perú de los agitados veinte, la "patria nueva" de don Augusto B. Leguía ejercía en muchos una atracción irresistible y el prestigio del "Gigante del Pacíflco" crecía incontenible hasta el inicio de su caída libre, a partir de 1929.
En Lima, a comienzos de 1925, se anunciaba la presentación del torero Juan Belmonte y el teatro Mazzi se disponía a montar "El amigo Fritz". Nadie se hubiera imaginado, entonces, que el antojadizo "Niño" se disponía a desatar toda su furia con consecuencias tan catastróficas como las que hoy, setentaitrés años más tarde, vuelve a causar en nuestro territorio de desconcertadas gentes.
A muchos lectores les llamará la atención descubrir que el Director de Aguas de aquel entonces, Ing. Guillermo Rodríguez Mariátegui, declaró a la prensa, en febrero del '25, que las crecidas de los ríos "parecen presentarse con el mismo carácter extraordinario con que ocurrieron en los años 1863 y 1894; de aquí es posible deducir que en nuestros ríos el ciclo de avenidas extraordinarias tiene una amplitud de 31 años. Las huellas del desastre generado en 1894, son actualmente visibles en la mayoría de nuestros valles".
Más adelante, el Ing. Rodríguez Mariátegui añadió que "la observación de los datos hidrológicos que se dispone, manifiesta que las mayores crecidas de los ríos ocurren en el mes de marzo". Tenía muchísima razón el Director de Aguas del gobierno leguiísta pues en la madrugada del martes 10 de marzo de 1925 se desató en Lima un "terrible aguacero, violento e inusitado cuya fuerza fue tal que el ruido producido por las gotas de agua sobre los techos de las casas y el piso de la calle producía un zumbido sórdido y continuo como el resoplido de un gran fuelle''.
En 1925, los cronistas señalaban que un aguacero tan grave no se presentaba en Lima desde 1891, cuando el Rímac se desbordó, "saliéndose por la tornamesa de Viterbo e inundando los barrios bajos de San Francisco y Monserrate". También, en diciembre de 1877 se había producido una lluvia tempestuosa y en la tranquila villa de Pizarro se escucharon dos truenos.
Con este antecedente y en pleno mes de marzo, parece elemental que asumamos que nuestro Niño del 97-98 puede tener bajo la manga sorpresas aún insospechadas para Lima -ciudad que no está preparada para ninguna emergencia- y cuyos más críticos efectos recaerían, como es fácil suponer, en los menos capacitados para defenderse del daño. Y no basta, de cara a esta amenaza, que el gobierno se limite a sugerir que cada uno "tome precauciones".
Es curioso ver que en el Perú no hay nada nuevo y que todo se repite inexorablemente. Ello incluye nuestra alocada meteorología, con sus aguaceros, crecidas y sequías, y nuestra no menos inestable vida institucional, donde el autoritarismo, el golpe y algunas grandezas, son parte de nuestra vida cotidiana.
Correo E: hforsyth@congreso.gob.pe