CHINA TE CUENTA QUE...


Por LORENA TUDELA LOVEDAY
Pucha... ¡Seguridad Ciudadana!
UNA de las cosas que más odio en esta vida cagona, pucha, es cuando los peruanos agarran, sacan la joya de la familia y se ponen a hacer pila en la calle como si estuvieran recogiendo flores, podría matarlos, te juro.
Bueno, la otra noche yo estaba cerrando la cortina de mi cuarto de meditación, porque iba a comenzar a trabajar una nueva técnica que libera tus chakras eróticos y te deja como cachalote en veda, ¿ya?, y en eso me asomo y veo en el poste de El Golf, pucha, a un cho, o sea, un digno trabajador de este país en pleno despegue, pucha, iniciando esa especie de izamiento nacional de bandera que consiste en sacar el canuto, poner cara de pueblo liberado y soltar el chorro y ahí es donde yo me puedo privar del asco, no sabes.
Haaaaaarta de venir aguantando esa situación toda mi vida, pucha, ya no pude más y llamé al Serenazgo y claro, o sea, entre que me preguntaban mis generales de ley, dirección, teléfono, estado emocional, ubicación en la PEA, estatus socioeconómico y motivo de la llamada y, pucha, o sea, después me llamaban ellos para chequear la data, qué quieres que te diga, o sea, el cholo pilón ya estaba en su combi camino al arenal. Pero igual le pedí al Serenazgo que viniera porque en cualquier momento se aparecía otro joven para la misma circunstancia y yo quería que de una vez se acabara con eso, sin imaginarme que me iba a dar de narices con la national geographic más desopilante de este país de sainete, ¿ya?, y ahora te cuento.
Más o menos a la media hora de haber colgado me tocan el timbre justo cuando llegaba otro caballero a mi poste a desfogar sus aguas menores. Abro la puerta y casi muero porque en lugar de un sereno, o sea, me encuentro con una mujer andina rarísima, horrenda, vestida con un pollerón de mamacha y unas trenzas del grueso de una soga de barco y yo te juro que ya no entendía nada. Pero además, pucha, la cosa esa tenía una cara que me resultaba en algo conocida pero no daba por dónde, Y agárrate porque en seguida se produjo este diálogo:
-Soy la lavandera que osté pidió, Olinda me llamo, empezó diciendo en voz muy alta el homúnculo ese mientras susurraba tapándose la boca con una mano.
-Disimula mamacita, es el SIN que está combatiendo la delincuencia porque si no al Chino no lo reelige ni Martucha de buen humor.
Acto seguido el súcubo que acababa de invadir mi casa se sienta en mi sillón Schiaparelli, poniendo sus patazas en mi alfombra belga del XVIII, prendió un cigarro nacional en mi aire y me espetó con cara de sanguijuela en mal momento:
-Bueno mamita, aquí estamos para luchar contra el crimen, di nomás en qué te podemos ayudar mientras te caes con un whiskycito, chévere.
Te podrás imaginar a esas alturas, pucha, que un jardinero haga la pila en el poste del frente me parecía un milagro de Santa María Eufrasia al lado del bodoque que tenía adelante, sobre todo porque su cara me iba resultando cada vez más conocida y pucha, o sea, la cosa me gustaba proporcionalmente menos, así que como que iba a servirle el trago, pucha, me fui hacia atrás de él y sin más le saqué la peluca. Adivina a quién me encontré, de ceja depilada, arte cusqueño y rimmel de pacharaca: ¡... a Martin Rivas!
En fin, qué te puedo decir, descubrir que el mundo se había vuelto horrible y silbar a Lewinsky, mi perra Rotweiler, pucha, fue un solo acto y no descansé hasta no ver al mostrenco ese metiéndose en su camioneta con circulina con mi perro prendido de su hórrido trasero.
Creo hija que no tengo nada que añadir a esto, salvo que la próxima vez que un proletario se anime a pichonearse en la puerta de mi casa, o sea, le voy a agradecer con lágrimas en los ojos, porque entre eso y Martin Rivas de mamacha coronguina velando por mi seguridad, qué quieres que te diga. Algo se pudre en Dinamarca. Chau, chau. (Rafo León).