
Talión de Aquiles
La lógica de la "mano dura" puede llegar a extremos inimaginables, a pesar de que la experiencia ha demostrado su cabal ineficacia y debilidad.
Como diría el general Rodolfo Robles, las risueñas visitas de Montesinos a la Dinincri dan mala espina. Y es que ante la inminente promulgación de medidas sobre seguridad ciudadana ha vuelto a flotar en el ambiente la tentación de imponer sanciones draconianas a la delincuencia común, algo que quizás le venga a pelo a la imagen del alicaído SIN. Al abrir esa puerta, sin embargo, afloran las posibilidades más oscuras del hombre que, como veremos, aún hoy campean en nuestro "civilizado" planeta, sin pena ni gloria, pero sí con mucha crueldad.
En China, la ejecución de delincuentes se consuma sin dudas ni murmuraciones. Con "fines aleccionadores" el delito se señala en cartel que cuelga de la víctima cual etiqueta.
YA no estamos en la época del doctor Guillotín, el supuesto benefactor de los condenados del siglo XVIII, gracias a cuyo invento rodaron muchas cabezas por tierras europeas. (La guillotina, según se afirmaba, hacía menos cruel una ejecución con hacha o espada).
Ni tampoco en los tiempos bíblicos, cuando cualquier María Magdalena, sola y sin auspicios celestiales, podía caer lapidada por una turba convencida de tener derecho a tirar desde la primera hasta la enésima piedra.
Un reo es golpeado con una vara en Paquistán. Nótese el micrófono puesto ad hoc para amplificar los gritos.
Pero aunque la modernidad de hoy nos haga creer lo contrario, la tortura, la crueldad y, finalmente, la Ley de Talión institucionalizada sobreviven como formas de combatir el delito. De modo que si algunos personajes de nuestro medio -por ejemplo, la alcaldesa de San Borja- piden dureza no están inventando la pólvora. Por el contrario, podrían estar dando el primer paso en un camino que induce en las postrimerías del siglo XX hasta extremos abominables en algunos lugares del mundo.
LA JUSTICIA TALIBAN
Fuera de la obvia vesania con la que tratan a sus opositores políticos, los talibanes de Afganistán -el grupo fundamentalista islámico que tomó el poder en 1996- le tienen reservado a los ladrones, de grande y pequeña monta, un trato, según ellos, inspirado en el Corán.
Muchas veces, en juicios que apenas duran unos minutos -y donde no hay derecho a la defensa- se condena a los culpables de robo a la amputación de pies o manos. Según Amnistía Internacional (AI), por lo menos en uno de estos casos a las heridas provocadas por el corte se les aplicó chapas de hierro al rojo vivo para detener la hemorragia.
En la Edad Media, el veredicto final lo tenía un lio. ¿Al agua siglos de civilización en nombre de la "mano dura"?
La pena de muerte en dicho país es por cierto moneda de uso común. Una pareja descubierta en adulterio puede ser lapidada públicamente, tal como le ocurrió a un hombre llamado Turiolai, quien durante años mantuvo relaciones con Nurbibi, la viuda de su padre (imagínense la batahola que causaría en Lima una medida como ésta).
Para los homicidas generalmente se reserva la horca, a veces con un detalle, digamos, formal: al condenado se le obliga a firmar un documento en el cual expresa su acuerdo con la sentencia.
Otra causal de muerte puede ser la inasistencia a la mezquita, desliz que ha provocado ya algunas ejecuciones en Kabul, la capital.
ENTRE EL NILO Y ESTAMBUL
Generalmente esto ocurre en países en donde las fronteras entre el Estado y la religión han sido borradas. Tal es el caso de Irán, en donde persiste la costumbre de los latigazos y las ejecuciones públicas. Pero aun en países sin régimen islámico y aparentemente occidentalizados como Egipto ocurren cosas que asombran.
En enero de 1997, más de 70 jóvenes fueron arrestados por poseer álbumes o CD's de grupos como Black Sabbath, Megadeth, Nirvana y Deep Purple. Se les consideró sospechosos de "culto satánico" y un teólogo pidió compasión para los arrepentidos y muerte para quienes no se arrepientan.
Afortunadamente, esto no procedió, pero igual suerte no tuvieron las 27 personas condenadas a muerte por asesinato y tráfico de drogas durante 1996, de las cuales por lo menos 14 fueron ejecutadas. Ese mismo año, otras 6 personas fueron condenadas a muerte por el Tribunal Supremo Militar, por supuesta sedición. (Ojo que acá flota también la idea de que dichos tribunales participen en la lucha contra la delincuencia).
Otro tanto ocurre en Turquía, en donde fumar un poco de hachís puede implicar una pena de dos años y medio de carcelería o más (recordándose la película `Expreso de Medianoche'). En este país, que tampoco tiene régimen islámico, un fotógrafo del periódico Evrensel murió a causa de torturas, luego de que lo detuvieron por fotografiar el funeral de unos presos muertos a golpes en Estambul.
CHINA: LA PASION DE MATAR
Al igual que en nuestro país, en el país de la Gran Muralla una ola delincuencial que alcanzó su mayor auge entre 1996 y 1997 motivó una campaña denominada con poca originalidad `Mano dura'. Lo que pasó bajo el influjo de este lema fue llanamente autoritario y brutal.
En 1,996 hubo nada menos que 4,367 ejecuciones, algunas de ellas ocasionadas por delitos de menor cuantía, tales como la malversación de fondos, el robo de ganado o el fraude tributario. Según la revista Newsweek, en la provincia de Yunnan dos campesinos fueron ejecutados por robar bombillas de la pista de aterrizaje de un aeropuerto.
La letra con sangre entra, un viejo lema que parece revivir al ritmo de medidas cada vez más represivas.
Los jueces llegan muy fácilmente a dictaminar veredictos de culpabilidad, a veces apoyados en pruebas endebles. Y el procedimiento, mediante el cual se llevan a cabo las ejecuciones es espeluznante. Con frecuencia, a los condenados se les carga en camiones y se les cuelga un cartel que indica su delito. Luego, se les dispara un tiro en la nuca, cosa que eventualmente puede hacerse en un estadio, ante numeroso público. Algunas autoridades, se dice, piensan que es aleccionador para el resto de la población mostrar los últimos momentos del condenado, uno de los cuales puede ser su última comida.
Actualmente, según AI, son cerca de 68 los delitos que merecen la pena de muerte en China. En cierta ocasión, uno de los condenados trató de suicidarse tirándose de un segundo piso. Los guardias encontraron la solución para tal eventualidad: lo llevaron en camilla al lugar de la ejecución y procedieron con él como con el resto de 32 reos.
LOS AZOTES DEL SIGLO
Con un poco de peor suerte, nuestro compatriota José Enrique Peyón, tras librarse de la condena a muerte por tráfico de drogas en Malasia, podría haber sido flagelado con una vara, ya que ésa es la pena que en ese país merecen los que poseen droga (no los que trafican). Y lo mismo ocurre en Pakistán, en donde, además, los delincuentes menores de 16 años pueden aún ser engrilletados y sufrir amputaciones.
Pero no hay que ir tan lejos para encontrar el rastro de la barbarie. En Río de Janeiro, Brasil, un decreto estatal de noviembre de 1995 (que se parece a los anunciados incentivos a la Policía que ofrecería la Ley de Seguridad Ciudadana) prometió aumentos de sueldo a los efectivos implicados en "actos de valentía y arrojo", con lo que se instauró una lógica, que suena algo conocida: "disparar primero, preguntar después".
Crueldades de ayer y hoy. Izquierda: niños de la calle asesinados en Brasil. Derecha: hombre enjaulado, un signo de tiempos bárbaros que parece una metáfora actual.
Por supuesto abundaron los "actos de valentía y arrojo", muchos no comprobados, en los cuales los delincuentes caían abatidos en supuestos enfrentamientos. En uno de los casos, al presunto malhechor se le arrancó los dientes con un alicate y luego se le arrojó a la vía de un tren.
Este es sólo parte del menú brutal de nuestro tiempo que, por cierto, no ofrece ninguna garantía de "calidad total" en la lucha contra la delincuencia (si no cómo se explicaría que sigan habiendo tantas ejecuciones en ciertos países, y tantos cadáveres de adultos y `pirañitas' en las calles de otros). Con cada tajo, disparo o ahorcamiento sólo se logra atizar la estulticia de verdugos y condenados, a falta de mayor imaginación para combatirla (R.E.).