Cuento


Cásate Conmigo, Kate Moss

Por 3.14

César Bedón obtuvo el Tercer Premio del Concurso "El Cuento de las Mil Palabras", con una historia tragicómica acerca de un personaje bendecido por los dioses de la fama y, paradójicamente, de la soledad más aterradora. Su búsqueda en una ciudad extraña simboliza, finalmente, el peregrinaje de todos aquellos que sobreviven a costa de su propia negación individual. El autor es periodista y autor de guiones para el cine.

BUENO, estaba sola en el aeropuerto de una ciudad que no conocía. Estaba escondida tras sus lentes oscuros, sintiendo el aire frío, desagradable, en esa inmensa sala. Muy diferente a como se sentía el aire en New York. La gente reclamaba sus maletas. Ella no tenía que esperar por ninguna maleta.
Le dolía el poto y se sentía ridícula, pero dos Nembutales le ayudaban a sobrellevarlo. ¿Por qué tenía que sentirse ridícula, además? Era la décima mujer más deseada del mundo (según Rolling Stone) y estaba en el mejor momento de su carrera. Y no necesitaba los lentes oscuros si quería que no la reconocieran. Por lo general, nadie la reconocía en la calle. Tenía 21 años, podía pasar por una universitaria anémica. Pero los necesitaba para ocultar los ojos hinchados.
Tenía que buscar un taxi, se dijo, y dirigió la mirada hacia la inmensa puerta de cristal por donde la gente salía. Afuera también era de noche. La gente se iba, acompañada generalmente, con maletas y cosas y sus hijos. A veces había alguien recibiéndolos.
En su bolso tenía una cajetilla de Marlboro sin abrir. No había fumado en el avión. Rebuscó entre sus cosméticos y entre sus vitaminas, sacó la cajita que envolvía sus cigarros y cerró el bolso. Rasgó la cinta plástica, extrajo uno y lo sostuvo con elegancia. El cigarro temblaba, no su mano. Le dolía la mano. El olor a cigarro y sudor entre sus dedos era bastante asqueroso. Necesitaba bañarse. Y hacer que funcionara este encendedor. Alguien estaba tomando muchas fotos. Ella volteó: un señor que movía la cabeza como insecto disparaba su flash contra una mujer. Se había sentado al lado de esa mujer gorda en el avión. Ella no había probado nada durante el viaje. Su estómago vacío sólo necesitaba un cigarro.
La próxima semana tenía una sesión de fotos para Elle. ¿Qué estaba haciendo en esa ciudad, una ciudad que no conocía, buscando a una persona que no conocía? Tenía apuntada la dirección en un papel en el bolsillo de atrás de sus jeans. El cigarro se deshizo en su mano, empapado, y comenzó a expulsar el tabaco hecho pedazos, como si fuera un gusano abierto por la mitad.

En New York eran las 2 de la mañana. El reloj del aeropuerto indicaba la hora en todas las ciudades del mundo: Miami, Hong Kong, Londres, Madrid, Berlín. Y ahora estaba en esta ciudad, buscando a una persona que no conocía.
En otra época podría haber ido donde Sally, o donde Fiona. Botó el cigarro muerto al suelo y no miró alrededor (por si alguien la estaba observando). Iba a salir y buscar un taxi. Dar la dirección, llegar, pagar, tocar el timbre.
¿Y qué tal si esa dirección no existía? ¿Y qué tal si era más bien una casa horrible con una señora recibiéndola en una bata rosada y barata, extrañada de que alguien preguntara por su hijo a mitad de la noche? -no había pensado en eso.
No había pensado en eso.
Se acomodó los lentes oscuros. Cuando le quedaba algo de tiempo libre le gustaba buscarse a sí misma en las revistas. Era hermosa. Tan hermosa como una niña muerta. O revisar los videos de sus desfiles, o sentarse frente a una computadora en la que jugaba Pacman y ver las páginas que sus fans -ella tenía miles de fans- publicaban en internet. Una la divertía. "Cásate conmigo, Kate Moss": una colección descomunal de sesiones de fotos, de avisos, de carátulas de revista recolectadas por un chico que le declaraba su amor eterno. Un chico al que no conocía.
La idea era simple y hasta cómica, en realidad, y se le había ocurrido antes que lo de suicidarse. Un viaje de tres horas: el tiempo que tardas en maquillarte para una sesión de fotos. Tenía que llegar, tenían que abrirle la puerta sin preguntas y tenía que sentir un brazo cariñoso alrededor suyo. No importaba nada más.
Estaba parada bajo el inmenso cartel de metal del aeropuerto. El aire entraba en su blusa extrayendo el calor de sus senos blancos. La gente entraba y salía.
Empezaba a sentir frío. Necesitaba cambiarse de ropa interior. Afuera podía tomar un taxi. ¿Qué estaba haciendo allí? Debía tomar un taxi inmediatamente.
El baño del aeropuerto estaba vacío. Sólo había una mujer, limpiando el piso con un trapeador. Lo estaba dejando impecable. Tenía un vestido azul y viejo, y parecía no verla. Tarareaba una canción que ella nunca había escuchado. Se acomodó los lentes oscuros y se miró en el espejo. El espejo que tenía al frente suyo la reflejaba en el espejo de al lado y la repetía en todos los demás. Se veía bien con esos lentes. La luz fluorescente no era la adecuada, claro. Un pelo se precipitó minúsculo y frágil hacia el piso.
El agua corriendo a través de sus manos se sentía rara. Pensó por un momento en su amigo, Spencer. Alguna vez había tenido sexo con él en su departamento, sobre un sillón que olía a leche. Esperó a que toda el agua se fuera por el desagüe y se encerró en el pequeño cubículo del W.C. y se sentó. Habían echado desinfectante. Tenía el papel entre sus manos: 1272 St. Patrick. Bien vista, su caligrafía tenía mucha personalidad. La pequeña nota rayada se humedecía y temblaba, no su mano. Podía pasarse toda la noche en la oscuridad, tocando un timbre descompuesto. Podía ser un negro, o un niño de 13 años con síndrome de Down. En ese momento, podía estar masturbándose pensando en ella.
La mujer que limpia el piso sale del baño, y la puerta se cierra en silencio, sin hacer ningún ruido. Está sola y se siente ridícula. Son las dos de la mañana. No sabe a qué hora hay vuelo de regreso, si es que hay. Está sola y su encendedor está roto. Los aviones llegan y se van, y la gente llega y se va.