
Haciéndole el Pare
Universitarios se vuelcan hoy jueves a las calles.
La indiferencia tocó fondo y los jóvenes se aprestan a luchar por la democracia. Derecha, conciliábulos de última hora intentan detenerlos.
Ha transcurrido un año desde que los jóvenes de la Gran Lima salieran a las calles a expresar su deseo de una sociedad más libre, justa y racional. Entonces, su protesta espontánea fue en defensa de 3 miembros del Tribunal Constitucional que sobrepasaban largamente sus años y que, por lo mismo, estaban lejos aparentemente de sus inquietudes. Fue un hermoso grito de rebeldía que respaldaron los mayores, felicitándose de que nuevas hornadas ingresaran a la arena política.
Allí acabó la queja y el estigma de la "generación X", sinónimo de desinterés cívico y ciudadano.
En un año, sin embargo, el país ha continuado por una pendiente autoritaria que parece no conocer límites. El gobierno de Alberto Fujimori puede nutrir absurdos, legicidios, destrucción de instituciones y de principios. Es una forma, no obstante, que en lugar de garantizar su continuidad alimenta su autodestrucción. Los avisos no sólo provienen de la juventud sino también se multiplican en diversos sectores y ámbitos nacionales. Loreto y los Ceticos, Casagrande y los campesinos, las poblaciones dañadas por el Niño y sin esperanza de ser escuchadas en sus reclamos edilicios y regionales, Arequipa, los servicios y las tarifas, la recesión y la inseguridad jurídica, la represión militar a la delincuencia y las medidas draconianas contra los jóvenes organizados en pandillas, todo va conformando un estado de sobresalto y de prepotencia que no tiene explicación plausible.
Tal vez los jóvenes no expresen todo esto en su protesta callejera, alegre, desenfadada y con especial énfasis en no verse mezclada con las tácticas de los políticos y los partidos, pero en la sencillez de sus proclamas están diciendo a las claras que hay un estado de cosas al que ponerle paralé. Son los claros clarines de la democracia insurgente.
LA hora de tomar las calles en nombre de la institucionalidad democrática ha llegado. A casi un año de la movilización estudiantil del 5 de junio de 1997, la coyuntura política y social de estos días ha colocado a la nueva generación ante al desafío de realizar una marcha de protesta capaz de remecer al gobierno. Las leyes que favorecen la segunda reelección presidencial, las continuas agresiones al JNE y a otros poderes del Estado, y la nueva legislación promulgada en nombre de la seguridad ciudadana son los detonantes de la indignación juvenil. Las asambleas, conversatorios y movilizaciones de los últimos días van preparando el terreno para el que será un rotundo rechazo a quienes tienen en sus manos los destinos del país.
Hoy los universitarios se muestran decididos a apostar por espacios permanentes para la reflexión y la crítica. Su entusiasmo nos dice que el momento de evadir los compromisos con el futuro ha pasado.
UN DIFICIL COMIENZO
El 12 de abril organizaciones juveniles de base -la Juventud Popular de Patria Roja y las de otros partidos políticos como el APRA, Acción Popular y el PPC- convocan a una marcha estudiantil que partiendo de la Plaza Francia llegue al Congreso. La ocasión serviría para celebrar el primer aniversario de las movilizaciones universitarias del año pasado, algo que por sí sólo, y a decir de los propios universitarios, entusiasmaba a muy pocos: "celebrar" un año de aquella necesaria toma de conciencia generacional parecía una tontería. Sólo la coyuntura de las últimas semanas cambiaría el punto de vista de la mayoría.
Representantes de universidades
e institutos discutieron arduamente
los pormenores
de la protesta. Derecha,
alegoría en torno a
posibles riesgos.
Así, la Federación de Estudiantes del Perú (FEP), que en un principio se mostraba reacia a participar, no tardó en plegarse a la convocatoria. El domingo 24 de mayo, en una discutida asamblea nacional de delegados, decidió echar a andar una maquinaria que, en pocos días, pondría en circulación volantes y afiches de propaganda. La voz corrió por las universidades, pero no tardó en llegar a institutos técnicos y demás centros de animación juvenil.
Desde una orilla distinta, desligada de cualquier posición político-partidaria, pero decidida a expresar su indignación ante los últimos actos del gobierno, se sitúan los estudiantes de las universidades privadas y de algunas nacionales que protagonizaron las movilizaciones del año pasado. Ellos han hecho un claro deslinde con la FEP: "Estamos de acuerdo en que este gobierno no puede seguir actuando impunemente, pero tampoco queremos que se piense que vamos a salir a las calles porque los partidos políticos nos convocan", han asegurado repetidamente los representantes de universidades como Católica, Agraria y Lima. El descrédito de las organizaciones políticas es patente, más aún cuando éstas intentaron irrogarse una representatividad y un protagonismo que, en el caso de las nuevas generaciones, no ostentan.
EL REINO DE VLADIMIRO
Como era de esperarse, el activismo estudiantil no ha estado exento de seguimientos, acosos y provocaciones por parte de los esbirros del Servicio de Inteligencia. El viernes 29 por la tarde, en la Universidad Católica, una multitud se daba cita para escuchar a Manuel Aguirre Roca, Lourdes Flores y Gonzalo Quijandría, quienes estaban allí para testimoniar el grado de inseguridad que vive la oposición al gobierno. Varios alumnos notaron que en la puerta de la universidad, desde un auto con lunas polarizadas, estaban siendo filmados. Un extraño personaje conocido como "El chato con botas", expulsado de la universidad y vinculado a fuerzas de seguridad trataba de disimular el acoso. Siguieron luego las llamadas telefónicas en que, con amenazas directas, les recuerdan dónde han estado durante el día y con quiénes. O aquellas que mencionan posibles represalias de la SUNAT a los negocios paternos. La moneda corriente del soplonaje oficialista.
No es distinto el panorama en la Universidad de San Marcos o la Escuela Nacional de Bellas Artes, intervenidas por el gobierno bajo el pretexto de su restructuración. Allí las propias autoridades administrativas se han encargado de infundir temor entre el estudiantado. Una expulsión o proceso disciplinario amenaza a quienes se atrevan a realizar cualquier tipo de activismo.
Le dicen PARE a:
A la hora de dar la cara son muchas las dudas; el miedo es justificado, pero la necesidad de no dejarse vencer va ganando adeptos. Para quienes han decidido protestar, el Estado Policial se patentiza en los difusos términos en que ha sido redactada la Ley de Seguridad Ciudadana: la posibilidad de ser considerados "pandilleros perniciosos" y de pasar 15 días a la sombra, privados de sus más elementales derechos, ha dejado de ser algo remoto.
VOCES URBANAS
Esta generación quiere gritar su descontento. No con la misma espontaneidad del año pasado, pues entiende que la hora presente le exige mayor participación y compromiso. Serán dos columnas marchando con una dirección común: unos lo harán saliendo de la Plaza Francia a las 5 pm y tomando la avenida Wilson, el Paseo Colón, el Paseo de los Héroes, el jirón Carabaya, Nicolás de Piérola y Abancay para llegar al Congreso. El contingente de universitarios que ha decidido hacer un claro deslinde de las agrupaciones políticas se concentrará en el Paseo de los Héroes desde las 4 pm para luego marchar por Wilson, Nicolás de Piérola y Abancay con rumbo a la sede del Legislativo. Ese será el escenario donde unirán sus voces de protesta. Voces que, aunque separadas por las circunstancias, tienen un mismo objetivo: decirle basta al gobierno.
El movimiento estudiantil ofrece este año un rostro maduro, nada conforme con lo que pasa a diario. Afortunadamente la indiferencia no terminó por apoderarse de ellos y ahora el gobierno comienza a reparar en su capacidad para movilizar conciencias en favor de la democracia. Que ése sea su designio permanente.