
Mundo Piraña
Al pie de la Plaza de Armas, niños se drogan y asaltan. Su hogar, un terreno baldío llamado "El Hueco".
Las organizaciones dedicadas a rescatar a los niños de la calle están más que preocupadas. A la reciente proliferación de niños callejeros en abandono, se suma la negativa de instituciones a realizar nuevos donativos debido al alto pago de impuestos que dicha operación supone. Mientras tanto, una población de pirañitas entre 6 y 17 años vive parasitariamente del robo, las drogas y la prostitución. Este es un descenso a los infiernos infantiles de la sociedad limeña.

Pocos se imaginan lo que hay tras el muro, un universo de niños viviendo
al filo del abismo. Derecha: "Payasito", de 11 años, en terokal.
Tratando de espantar al fotógrafo con una pedrada,
"Primito", de 13 años. Ni la torre de la iglesia de Santo Domingo los ampara.
-¿No te dan miedo?
-Ya nos conocen. A nosotros no nos muerden.
Esa pregunta sí que fue ingenua. Miedo a los roedores, a quién se le ocurre. Si estos niños (que según el INABIF son entre 500 y 600 en Lima) conviven con la dura calle y sus peligros. Ellos mismos son un peligro. Arranchan carteras, teléfonos celulares y bolsas de comida a la salida de las pollerías. Les encanta el pollo a la brasa. Son capaces de canjear su bolsa de terokal por una pierna de pollo.
Pero tras de ese vagabundo, tras ese mendigo, tras ese peleador callejero, tras ese delincuente, tras ese drogadicto, hay un niño. Que explica:
-Aquí sólo nos asustamos en las noches. Al costado, en la Municipalidad, penan. Suenan pasos, gritos. Nosotros nos despertamos y tiramos piedras, porque parece que alguien se está acercando.
-¿Y no te dan ganas de regresar a tu casa?
-Esta es mi casa.

Director del INABIF, Luis Bringas: "Se trata de niños sin vínculos
familiares, sin un referente adulto ni escolaridad. Pero con una irresponsable libertad que los arrastra a las drogas, al robo,
a la perdición". Centro: pirañas alrededor de la Plaza Mayor. Derecha: "Osito", de 17, y July (embarazada de 16), pareja en vías de recuperación.
Bajo la gigantografía de la Virgen, Víctor (el pequeño de la pirueta) y su pandilla.
Sobre las vías del tren encontramos deambulando a una adolescente embarazada. Llevaba una bolsa de caramelos y un frasco de terokal. Nuestra guía le dijo: "no hagas eso, tu hijo va a nacer deforme". Pero ella no entendió, siguió su rumbo como una zombi.
Luego nos internamos en la sombra del túnel, corría el humo de algunas fogatas encendidas y un par de pirañitas desocupados intercambiaban estas tristes palabras:
-¿Tienes hambre?
-Sí.
-Yo también.
Seguimos por un pasadizo oscuro de unos cien metros de largo, y llegamos al hogar de "Wafer" y Heidi. Un colchón arrimado en la esquina, una caja de frutas en lugar de la mesa de noche, una vela. Es una pareja de enamorados que ha dejado el terocal, pero no el robo. El se despide de ella diciendo: "Ya vengo, voy a laburar" (es decir, trabajar en la delincuencia, en el asalto). Ella sale hasta la puerta y le responde: "Cuídate". Y lo sigue con la mirada hasta verlo desaparecer entre los peatones del puente Trujillo, sus víctimas en potencia.
Cuando salíamos del túnel fuimos rodeados por una horda de pirañitas homosexuales, que chillaba como si estuviera en pie de guerra. Son los que se prostituyen y roban en las discotecas de la avenida Emancipación, en la zona roja del jirón Cailloma y en las plazas Manco Cápac y Grau. Al despedirnos, "Cristina", un esperpento infantil con labios pintados y ademanes exageradamente femeninos, me estrechó la mano haciéndome sentir el cosquilleo de su dedo medio sobre la palma: el código secreto de la prostitución homosexual. A pesar de todo lo visto esa tarde, se me escarapeló el cuerpo.