Tinta Pícara


Tinta Pícara
Muestra iberoamericana de humor gráfico llega al Perú exhibiendo salero hilarante.

Desde el martes 18 de agosto, en el Centro Cultural de la Universidad Católica, se exhibirá la cuarta muestra de Humor Gráfico Iberoamericano "La picaresca: desde Quevedo hasta nuestros días", organizada por la Universidad de Alcalá de España. La deliciosa exposición cuenta con tres representantes peruanos: Juan Acevedo, Mario Molina y Lorenzo Osores.

Quevedo, aglutinador de la muestra, según español Joaquín Aubert (Kim) máximo exponente en la tradición castellana del humor ácido, penetrante y sin concesiones. Derecha: Lorenzo y su dibujo presentado.

EL fin no es la carcajada aparatosa. El humor agudo -literario, conversacional- esconde tras de sí una advertencia, el peso fastidioso de la gran verdad insinuada. Los humoristas siempre han corrido el peligro de ser vulgarizados y confundidos en el mismo saco con los chacoteros o los chistosos inmediatistas, como si el buen reír fuera un acto menor de la vida.
Y para los humoristas gráficos el asunto es aún más peliagudo, obligados a encontrar la chispa en la más cruel economía, flanqueados con frecuencia por la prensa, la política y lo coyuntural.

En el Perú la tradición ha sido ésa: descubrir al pícaro entre los expedientes que vuelan de ministerio en ministerio, en la frase infeliz de los gobernantes y sus seguidores. En 1978 "Monos y Monadas" fue la mechita peligrosa y la escuela de los que usaban la tinta con el fin siempre profano del ataque de risa cuando el que derramaba lisura y poder era convertido en un mico más de la selva política. Porque el humorista es siempre travieso e iconoclasta, incómodo ante la obligación y las convenciones.
"Se le teme al humor. Lo que más existe es el humor complaciente, el que no hace daño. Y el humorista tiene que ser crítico por excelencia. No puede haber humor "oficial", aquello es un oximorón", dice Lorenzo Osores, que tuvo su formación en "Monos", para luego pasar a "El idiota" a mediados de los ochenta.

Risueño Acevedo no puede resistirse a las cosquillas involuntarias de la actualidad.

Juan Acevedo, también proveniente de "Monos", recuerda que cada uno de sus cierres se convertía en el muy terapéutico ejercicio de la risa en mancha.
"Todavía no se destaca la dimensión cultural del humor gráfico. Se debería tener una actitud más abierta con respecto al humor", dice. Juan, así firma sus dibujos, tiene ahora razones de sobra para sonreír. Fue hecho Profesor Honorífico de la Universidad de Alcalá, institución que espera consagrar el Premio Quevedo, análogo al Cervantes de literatura, para los dedicados al humor gráfico. Han sido con anterioridad profesores honoríficos los argentinos Quino y Fontanarrosa, entre otros.
En su biblioteca de humor se encuentran los estilos de algunos maestros: el sardonismo underground de Robert Crumb, el blando erotismo preciosista del argentino Mordillo o el trazo cruentísimo de Ops (sobre una balsa náufraga el rico bien vestido sostiene cabizbajo un cuchillo, mientras que en el otro extremo de la tabla está sentado el pobre, impávido mirando al horizonte con una pierna y un brazo de menos).

Inmortal Quino mostrando el difícil erotismo de los pequeños de estatura. Si no la adivina, que se la cuenten. Derecha: en todas partes de cuecen habas. Dibujo de Jesús Ferrero (Ferrero) de España.

Mario Molina ha sido un autodidacta total. Hace 19 años ingresó a CARETAS y el ritmo de trabajo puede ser angustiante. Darle vuelta al tema de actualidad puede durar largos minutos sin que se llegue a nada, nada que tenga sentido del humor, por supuesto.
"El humor le quita tragedia a la vida. Con los personajes políticos funciona como una ayuda-memoria que pone en evidencia sus contradicciones. A veces es una cuestión de días."
Más allá de que las opciones laborales para un humorista gráfico se centren en lo político, la limitación no va en desmedro de la profundidad. Cuando la sensibilidad irónica mide la temperatura con precisión, el efecto puede ser casi editorialista o de columna, considerando que la mayoría de los lectores lo son del vistazo rápido y de primeras páginas. Molina recuerda especialmente uno que publicó en plena crisis de estómagos contraídos en la casa del embajador de Japón: un emerretista, pañuelo rojo en boca, aconsejaba al del costado que sonriera porque estaban saliendo en la televisión. Tinta fría imprescindible como primera lección del que se arriesga a lanzar pequeños dardos aunque sea a los propios medios, a veces sinuosos en la autocrítica.

Mario Molina en plena construcción de la ironía. Su dibujo desnuda las estratagemas del bacán peruano, no muy lejano del seductor de masas. Derecha: la cadena alimenticia o la tan buscada justicia social en dibujo de Antonio Fraguas (Forges).

Pero la política es un tema. Porque cuando el tema es la infinitud del ser humano se nada con todas las armas. "El humorista es un artista, y no se aprende a serlo, se nace. El humorismo es sabiduría. Como dijo Oscar Wilde: "El humor ante todo hace pensar y, a veces, hasta hace sonreír", reflexiona Lorenzo. "La gracia del humor es que haya cierta elegancia", dice Molina. Es tentador caer en la risa fácil de la criollada, valor nacional exageradamente ensalzado, sin vuelo de la inteligencia, sin una estética que la sostenga. Más allá de las corrupciones, de cofres nacionales con tantos duplicados de llave y el sinnúmero de decepciones que aplastan al más optimista, el humor puede ser el último bastión de los escépticos con pequeñas rendijas de esperanza. Al fin y al cabo, la filosofía del humorista es la filosofía que todo ser humano con no tantos dedos de frente debería profesar: ser desdeñosa de la realidad porque nunca hay que tomársela tan en serio, por más que Quevedo hiciera tanto hígado.