China Tudela


Por LORENA TUDELA LOVEDAY
Pucha, Suicidio En El New Peru
NO hay nada que hacer, hija, una vez más he comprobado que la vida no es más que una eterna lucha entre el ying y el yang, lo sagrado y lo profano, lo crudo y lo cocido, el cosmos y el caos, el zorro de arriba y el zorro de abajo y yo contra Susy Díaz, qué quieres que te diga.
La semana pasada yo estaba en sesión con un nuevo paciente que tengo, hija, que se llama Jacob y es un industrial del sector textil que sueña con que su mujer usa faldas de segunda mano importadas de Taiwan y ya una vez intentó meterla en la trituradora de basura a la pobre vieja con todo y falda.
En eso veo que entra un fax enoooooooorme, así que mientras Jacob me contaba que de niño en la sinagoga se cachueleaba zurciendo las quipas de los otros chicos después que él mismo se las había cortado con gilette, pucha, me enteraba de que la International School of Studies of Bullsheet me invitaba a participar en un congreso interdisciplinario sobre suicidio, hija, para debatir, pucha, en torno a la vigencia de la dignidad del único acto humano por el que paradójicamente, o sea, vale la pena vivir, no sé si me entiendes. La cosa es que tenía que mandar inmediatamente, o sea, una respuesta y una propuesta de ponencia y de la emoción te juro que casi me pego un tiro.
Pucha, apenas se fue el idiota del paciente, o sea, me encerré en mi escritorio para responder, ¿ya?, y no me decidía si proponer como tema el suicidio por angustia de la página en blanco (y ahí agarraba regio a Virginia Woolf y Arguedas) o el caso que yo tuve de un adolescente que decía ser idéntico al capitán Garfio y cada vez que yo lo confrontaba consigo mismo, pucha, me amenazaba con equivocarse de mano a la hora de limpiarse el popó y acabar con todo, qué angustia.
Sin poder elegir, hija, decidí relajarme y prendí el televisor y entre que buscaba algo en Film & Arts como para meterme dentro de mí misma, pucha, me equivoco y pongo un canal nacional donde aparecía un ser que te lo juro, o sea, yo lo vi y pensé, "con ese carretillero venido a más yo no compartiría ni el aire para respirar y seguro que la vida es tan absurda que comparto hasta nación". Tal cual, hija, era un compatriota de los más más, y encima me pegué con su imagen porque precisamente estaba hablando de suicidio, no te imaginas.
Bueno, ¿sabes tú quién era?: ni más ni menos que el maridete de la Díaz, hija, un recholo de bigotín, sonrisa ladeada, hablar manotudo y un peinadete que le arrancaba para arriba desde un dedo horizontal sobre la ceja, hija, menos por diseño de coiffiure que por reducida dimensión de la frente, tú me entiendes.
El tipejo ese contaba que había intentado suicidarse "tomando pastía" porque esa especie de baúl policromado de circo provinciano que es su señora esposa, pucha, lo había dejado. No sabes, me olvidé instantáneamente de las huevadas de Virginia Woolf, de las borracheras de Papá Hemingway, de la neura de Silvia Plath y de los desgarros telúricos de Arguedas, hija, para "abocarme" (como dicen ellos ) a analizar lo que estaba pasando con esos representantes de la angustia existencial peruana de la era del Innombrable.
Pucha, llegué a una conclusión súper revolucionaria, hija: toda civilización impone una escala a sus suicidas y por ese camino o sea, podríamos decir que la psicosis de la Woolf, o sea, correspondía al grado de desarrollo de la Inglaterra posindustrial tanto como, ay no sé, o sea, la rage de vivre de las entreguerras a la de Papá Hemingway.
La lógica conclusión de esta premisa fue que, ay no sé, o sea, mejor sería, aunque nos salgamos del tema, que si tienes hijos chicos, pucha, los mandaras a estudiar fuera, no vaya a ser que de ver tanto en la televisión a los Percys de fin de milenio, pucha, pierdan distancia, los antropomorficen y encima, o sea, se les terminen pareciendo, yo sé que tú me entiendes, porque ahí sí que es como para comer vidrio molido. Chau, chau. (Rafo León).