

De cualquier manera, o sea, el Chema es regio; quizá un poco mano larga para mi gusto pero tiene su clase. Lo de mano larga, ay no sé, o sea, entre que es manía de enano y está de moda en el high level del poder (gracias en realidad al arrechudo del Clinton), me tuvo sin cuidado. Sobre todo porque, o sea, a pesar que yo estuve en toda la visita oficial como delegada del Círculo de Grandes Familias Ibero/Peruanas en realidad fui infiltrada por la gente del Refe para hacerle lobbying al hombre y que presione en España para que al Innombrable la Unión Europea lo declare Inelegante Nivel Alan García Pérez, que es la categoría en la que están Mombassa, el rey de los talibanes y un emperador caníbal de un sitio cerca de Tanzania, que se comió al embajador de Austria quejándose de tener que ser vegetariano porque lo confundió con un ganso, qué quieres que te diga.
Lo difícil, hija, fue encontrar el momento para soltarle lo del Refe al Chema, y no porque yo no le tenga confianza (¡uuuuuuuuuuuuuuuuuu- uy!, si tú supieras) sino porque, como te repito, o sea, el hombre parecía una lora con anfetaminas en el tema económico, con decirte que en la fiesta de Palacio lo descubrí hablando en secreto con Pelayo Aldarete y Román, que es uno de los pocos GCU que vino, o sea, sobre la posibilidad de que Galicia exporte al Perú ropa usada, que parece que les sobra horrores, y como para fijar la talla prototipo de los embarques, o sea, el Chema señalaba a Blanca Nélida y le decía al otro:
-Coño, hazle tomar una foto a esa adolescente inca, que ahí está el auténtico El Dorado, granuja.
En esa misma fiesta se me presentó la ocasión cuando Larraburro se acercó rodando donde estaba el Chema, pucha, seguro para ofrecerle pollo a la brasa el muy animal, y el otro, que sabe distinguir a leguas de distancia la lorchada universal, pucha, se volteó como para servirse un milhojitas de esturión y ahí lo agarré, con la boca llena:
Chema, no te puedes hacer el menso un minuto más, o sea, tenemos que hablar de esta barbaridad antidemocrática del Refe...
Y cuando el hombre me empezaba a prestar atención con esos ojos de antílope loco que tiene, pucha, qué crees que pasa: se aparece Carbonell y sin preguntar, se pone a contar chistes y claro, o sea, entre que Quevedo saca el poto por la ventana del tren y la vieja del vagón siguiente cree que es el cachetón del puro, y yo que me esforzaba por informar sobre las tembladeras del Estado de Derecho en el Perú, pues a poner banderillas. Pero bueno, será para otra ocasión, que a mí no es precisamente que me falten las oportunidades de encontrarme con la gente a la que vale la pena rajarle del Macaco Pérfido. Chau, chau (Rafo León).