Juicio Oral




Juicio Oral
Tras meses de medianas disculpas, la verdad en pantalla.

Sigue el hielo entre Hilary y Bill. La primera dama sólo aceptará disculpas en público en caso extremo.

LA justicia es ciega, políticamente correcta, más republicana que demócrata y a veces obtusa. Bill Clinton ha sido presionado para decir una verdad que tal vez para él sea una mentira. "Sí, tuve una relación con la Srta. Lewinsky que no fue apropiada, de hecho fue incorrecta...constituyó un muy grave error de juicio y una falta personal de mi parte, de la cual soy total y únicamente responsable". ¿De qué se arrepiente más, de la conducta sexual o de su falta de precaución? ¿qué lamenta más, la culpa o el fastidio? Al fiscal Kenneth Starr, morboso moralista y sinuoso prosecutor de la objetividad (moderno Torquemada lo ha llamado Carlos Fuentes), y al coro republicano pendiente de los resbalones del presidente demócrata, les importa sólo la textualidad de la declaración (y el gesto cohibido con el que fue pronunciada), no sus lecturas profundas. Tampoco quiere ir más lejos Al Gore, el vice-presidente, cuando dice "estoy orgulloso de Bill porque es una persona que tiene el coraje de reconocer sus errores". La América y su presidente no están dispuestos, hasta después de la vuelta del milenio, a procesar discusiones sobre la infidelidad dentro del matrimonio ni sobre la naturalidad e inocencia de los escarceos eróticos sea cual sea la pose que adopten y los objetos de que se sirvan.
La pacatería tan asociada al conservadurismo republicano ha salido incólume gracias a las trampas y telarañas del common law anglosajón.

Vestido "Gap" azul, manchas de semen en el pecho y la cadera: pruebas de un delito rosa. Al lado, fiscal Starr, criticado por la defensa de Clinton por hacer un informe que "sólo habla de sexo".

El puritanismo y la doble moral han ganado un round virtual (también el feminismo pero ese es un triunfo, de mayor alcance, que escapa a esta visión coyuntural). El interrogatorio de 4 horas 10 minutos en que el presidente pide perdón en una gradación de colores anímicos que va del rojo tomate a la blanca palidez se aireó a la misma hora en que, acompañado de una Hillary en cura de silencio, asistía a la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. Mientras los líderes de la diplomacia mundial lo aplaudían en persona, el presidente en diferido se sometía al escrutinio de la emoción pública. Los republicanos de línea dura, pendientes de las elecciones legislativas para renovar el congreso norteamericano el próximo 3 de noviembre, pretendían mermar así el rango de aprobación de entre 45 y 55% que las encuestas daban a su rival mayor. Pero el tiro salió por la culata: la aprobación al presidente ha escalado hasta un 58%.
Estos reveses o cálculos, según quien los mire, de la política norteña , no se entienden si no se miran bajo la lupa de los medios. La CBS, la ABC y la NBC transmitieron el quizz al presidente sin pausa y sin aliento; la CNN, cadena global al fin y al cabo, pretendió mantener contacto con otras realidades poniendo un "picture in picture" con datos del movimiento de la bolsa. Fue un "Inside Bill Clinton" parafraseando a tanta peliculilla porno en torno a las intimidades de una estrella. Ahí, en la palabra "intimidad", está la clave del contingente descenso y caída que tiene a los republicanos jalándose los pelos. Feminismos y machismos aparte, la imagen de un gran personaje humillado -según lección elemental de dramaturgia- promueve, por compasión, una identificación más intensa con el público. Presidentes y líderes mediáticos los hay desde la mitad del siglo en que la Tv. y la radio salieron a las calles, pero que el mandamás de la primera potencia se siente en un banquillo a hablar directamente a la cámara, en insistentes close-ups, como si fuera el invitado de un reality show, confirma cuán permeados y mediatizados estamos por el lenguaje de la televisión. Ahora, y la lección viene de Washington, el relato emocional, como el de una telenovela, un reportaje dramático o un testimonio de reality show, se delata como la forma que debe adoptar el discurso político si quiere cosechar rating y votos. Importante conclusión para nuestro país saturado de paneles peleoneros y sets de chismorreo con políticos haciendo cola para ser ponchados.

En todos los idiomas y de todas las formas, la noticia dio la vuelta al mundo. Arriba, la picardía chicha no se hizo esperar.

Las lecciones mediáticas son contundentes pero el fondo sexual del escándalo consume la atención y la imaginación de la opinión pública. Para colmo, el felatio o "blow job" en inglés coloquial, es un item fundamental en la cultura erótica norteamericana. Bill y Monica llevaron su amistad accidentada a los territorios del manoseo, del beso profundo y de la imaginación (el informe Starr habla de puros, caramelos y hot calls) pero la consumación no fue el coito en común pose misionera sino la felación. Mientras ésta se llevaba a cabo no se reportó cunilinguis de modo que tampoco se consumó la mítica 69 (ver "Los mil rostros de Eva"). Esta es la razón que contraría a las feministas pues si por un lado la Lewinsky ha triunfado legalmente, la pose por la que pasará a la historia es la de una Eva arrodillada. En 1984 un filme rompió records de taquilla con su versión desaforada y a la vez institucional del felatio: En "Locademia de policía" el veterano actor cómico George Gaynes, jefe de la escuela militar, habla a los graduados mientras, acurrucada bajo el podio, una prostituta pagada por sus enemigos, comete un entusiasta blow job. El ceremonioso discurso de Gaynes se ve patéticamente distorsionado por un rostro que duda dolorosamente entre reprimir el placer o entregarse a él. Con Bill Clinton, la comedia se volvió realista al más alto nivel.
La audiencia latina ha reaccionado ante la doble moral norteamericana con doble estupor. Por un lado ha sindicado a Monica Lewinsky como una mefistofélica trepona, por el otro ha acusado a Clinton de mentiroso ordinario, de tipo insincero y para nada pragmático, capaz de entrampar a su nación en un moroso y costoso escándalo en lugar de seguir mintiendo hasta las últimas consecuencias o, mejor aún, decir "ya, tuvimos relaciones ¿y qué?". En honor de nuestra debilidad a negociar la moralidad, a hacerla práctica y por lo tanto quebradiza, Fujimori hubiera cortado por lo sano diciendo la verdad con mentiras como hace el cínico, o disolviendo pruebas. ¿Y si, por ejemplo, las becarias de palacio Sampén, Tenorio, Higashi o Enciso, encontraran manchitas en sus kimonos? ¿Qué pasaría? ¿Harían como Monica Lewinsky o irían de frente a la lavadora? (FV)