Lugar Comun


Por AUGUSTO ELMORE
UN corto viaje familiar de fin de semana me impidió hacerme presente, al igual que tantos, en las exequias de don Aurelio Miró Quesada Sosa, como se ha dicho, "el último de los grandes patriarcas" del Perú. Lo hago ahora por escrito, forma que él tanto apreciaba y que cultivó con tanto brillo y singular excelencia.
En los últimos años tuve alguna oportunidad de acercarme a don Aurelio y de conversar con él. Como aquella vez que me fue encargado atenderlo cuando fue el primero en llegar al homenaje que le tributó el Patronato de Lima en la Casa de Aliaga, que parecía el marco más apropiado para persona tan señera como él. Fue una casi larga conversación, en la que tan sólo fui admirado escucha, porque estar sentado a su lado parecía ya un privilegio, y más aún oírlo hablar sobre Lima, ciudad a la que tanto amó y sobre la que escribió con tanto esmero y sapiencia.
El pertenecía a la ya difunta República Aristocrática, pero no sólo por sus ancestros, sino por los valores que lo distinguieron, así como a Basadre y otros peruanos más. Porque siendo hombre de fortuna supo utilizar todos los momentos de su vida no sólo para disfrutar sino para enriquecerse interiormente. Sus numerosos viajes no fueron sólo de placer, sino de aguda observación y continuo aprendizaje. Para quien esto escribe, una experiencia que dejó huella fue aquella vez en que encontré en la biblioteca paterna un libro aleccionador: Costa, sierra y montaña, de Aurelio Miró Quesada Sosa, que acompañó durante muchos años los viajes por el interior del Perú que hice con mi padre, porque era algo mucho más que una guía de ciudades y paisajes. Costa, sierra y montaña, fue en su momento, que creo no ha sido superado jamás, un libro íntimo sobre el Perú, un diario de paisajes, ciudades y pueblos en el que la vida común se unía a la historia, a la anécdota, a la sapiente observación de cada lugar y sus personajes.
El fallecimiento de don Aurelio constituye una frustración para el autor de esta página, porque no tuve el tiempo de acercarme más a él y de escucharlo suficientemente. He perdido, como tantos peruanos, la oportunidad de aprender de un hombre sabio, docto, culto y apacible. Fue un verdadero gentilhombre, como antes se decía, en toda la extensión de la palabra. ¡Don Aurelio, descanse en paz! El Inca Garcilaso, que usted tanto estudió e hizo entender, estrechará su mano allá en donde esté.
La Asociación Civil Transparencia ha recomendado a todos los candidatos que han cubierto la ciudad capital y los pueblos del Perú con su propaganda electorera, retirar el estropicio cometido y volver las cosas -los muros y las paredes- a su estado original una vez concluidas las elecciones, volviéndolas a como estaban antes de que comience la campaña electoral. Me adhiero a esa solicitud, que en verdad debería ser una orden, aunque sospecho que nadie (ni solicitud ni orden) acatará la medida. He visto camino a Tarma los nobles muros de adobe que delimitan los campos de la carretera, cubiertos de pintura que difícilmente nadie podrá quitar. No lo harán los vencedores, ni por cierto, mucho menos diría yo, los vencidos. Total la cultura cívica no es lo que más distingue a los munícipes. Lamentablemente.
Y hablando de cultura cívica: ¿Progreso significa talar árboles -atentando contra la ecología- para sembrar cemento con forma de estacionamientos? Eso es en lo que parece estar empeñado el distrito de San Isidro, al que al parecer le preocupan más los autos que los árboles -y por ende más los autos que los ciudadanos-, de acuerdo al menos a lo que dicen los vecinos que se oponen a la destrucción de los parques Abtao y Central es ese distrito, en los que ya se puede comprobar el abandono en que se encuentran a fin de justificar la siembra de cemento en vez de los árboles que allí existen. Sólo en el parque Central, paralelo a Juan de Arona, los vecinos que protestan han contado 9 tipas de 15 a 20 metros y otros árboles de 10 a 15 metros de altura, que aparentemente serán erradicados. ¿Eso es progreso?, ¿no hay otra forma de hacer playas de estacionamiento que destruyendo los pocos parques que quedan en la ciudad? ¿El monóxido de carbono será de aquí en adelante producto protegido por la municipalidad?
Por de pronto, un grupo de esos vecinos que quieren respirar otra cosa se están dirigiendo al Defensor del Pueblo para impedir el estropicio. Ellos no se oponen a la construcción de playas de estacionamiento subterráneas, pero exigen que se respete los árboles existentes, porque hacen respirable la zona. Veremos qué sucede.
¿Existe algo más atroz, vergonzoso, incompatible con la decencia, que un Fiscal sea nombrado teniendo antecedentes por asalto agravado, y que, una vez descubierto, baste que se inhiba de participar en una investigación que se le había encargado para que la cosa quede allí nomás? Este comentario lo escuché de boca de un importante embajador extranjero, que no podía comprender cómo podía ocurrir cosa igual. Yo tampoco.