Ultimo Elogio




Ultimo Elogio
Con este título, cerró Aurelio Miró Quesada su perdurable biografía de Garcilaso. La historia quiere ahora otorgárselo al humanista y al polígrafo.

Con su esposa Elizabeth Martens de Miró Quesada, a su retorno de uno de sus viajes al extranjero. 1959.

Era un hombre multifacético, que como periodista y escritor, fundamentalmente, alcanzó las máximas distinciones. Un hombre que en el umbral de su partida seguía, todavía, a pesar de sus luengos años, en la creación literaria y los afanes periodísticos, concurriendo además a eventos culturales y hasta sociales, donde departía cálidamente temas como el Perú que, acaso desde que tuvo uso de razón sintió íntimamente para, luego, manifestarse en un profundo nacionalismo, que se hizo patente desde la atalaya de su periódico. Aurelio Miró Quesada nació en 1907, en una ciudad que tenía 150 mil habitantes y terminaba en el Parque de la Exposición. Era un deleite escucharlo cuando hablaba de esa Lima de su infancia, que, por sus recuerdos tan tiernos y emotivos, es una pena no los haya volcado en un libro.
Vivía entonces en una casona de la calle Pileta de la Trinidad que, además de hermosa y solariega, tenía una tradición literaria e histórica, pues había pertenecido a Felipe Pardo y Aliaga y al presidente Manuel Pardo. Más tarde, la familia se trasladaría a una casa en La Rifa, cerca a El Comercio.
-Nosotros hemos vivido siempre -decía- entre tinta y papel, y en esa casa estaba yo, de manera que puedo decir que he vivido dentro del periódico, jugando con los tipos, ensuciándome con la tinta de una u otra forma.
Entró en la vida escolar, primero en el colegio alemán, la Deutsche Schule, que interrumpió sus clases en 1914, a raíz de la I Guerra Mundial. Ante ese imponderable, sus padres lo inscriben en el San José de Cluny, que era un colegio mixto. Salvada "la preparatoria", ingresó al colegio de los jesuitas para seguir primaria y secundaria. Desde entonces leía mucho, especialmente autores franceses. Justamente, sus primeros artículos fueron literarios. Era la época en que firmaba sólo con sus iniciales: "AMQS". Tenía el carné más antiguo del diario. Era de julio de 1927 y lo firmaba Antonio Miró Quesada. Desde entonces estuvo ligado al decano, viviendo intensamente sus horas gratas y horas difíciles. "Y es que cada día tiene su afán -dice la frase bíblica-, pero cada día tiene su angustia también".
Antes de los veinte años dio la vuelta al mundo en sus dos hemisferios. Enviaba entonces sus crónicas de viaje a El Comercio, que luego volcaría en un libro titulado simplemente "Crónicas de viaje". Pero así como dio la vuelta al mundo, también viajó alrededor del Perú. Fue entonces escribiendo, poco a poco, varios artículos. Y así salió Costa, Sierra y Montaña, y en 1945, saldría la primera edición del Inca Garcilaso, que es el tema símbolo de toda su obra. Luego vendrían sus años, largos años en la Universidad de San Marcos, que amó entrañablemente, como estudiante primero y luego como profesor, decano de la Facultad de Letras y rector. "Era la época en que había un tono muy parejo de profesores, además de ilustres". Enseñaban entonces Jorge Basadre, Raúl Porras, Estuardo Núñez, Alberto Tauro, Augusto Tamayo y José Jiménez Borja, entre otros. Y así entre la redacción de El Comercio, la cátedra, los viajes, los libros y conferencias, transcurrió gran parte de su vida, hasta que en 1980 asume el cargo de director de El Comercio, conjuntamente con Alejandro Miró Quesada. (DTL)

EN la producción intelectual de Aurelio Miró Quesada destacan dos libros que, al mismo tiempo, lo vinculan con una generación cuyos dones literarios son antes que nada, una profunda declaración de fe peruanista.
Se trata de "Costa, Sierra y Montaña" (1938) y de "El Inca Garcilaso. (1945)."
Primero, el cuerpo físico del Perú, un pretexto para la reflexión sobre nuestro destino nacional, empeño en el que se esforzaron otras personalidades esclarecidas, aunque de vertientes diversas.
Desde el novocentismo, los intelectuales del Perú comprendieron que la tarea de definir la realidad nacional tenía que partir del conocimiento geográfico, de la experiencia del paisaje y del mensaje de los siglos que de él puede extraerse.

Periodista, escritor, maestro y autor de más de una decena de libros. En 1983 recibió la orden del Sol y el grado de Amauta. Fue un testigo de excepción del siglo que se va.

La segunda exigencia provenía de la naturaleza social e histórica del ser peruano, reclamo que habían iniciado los arielistas y los vasconcelistas al indagar sobre el ser americano.
Como los grandes ríos del continente, la afirmación real de las nacionalidades produjo confluencias y trasvases en los que el sello local se confunde con los afanes regionales.
La aventura de Garcilaso de la Vega Inca resultaba, en ese contexto paradigmática e inevitable. Era, en muchos sentidos, el primer americano espiritual, hijo de las batallas de la conquista, de la arremetida de la fe, pero también de la sangre autóctona y del legado magnífico de los Andes.
En los primeros 35 años de este siglo, repasar hombre, medio, paisaje y ánima supuso confrontaciones y batallas intelectuales a veces furibundas. Hubo así marginaciones injustas como la de Francisco García Calderón, al que se le reprocha que su libro fundamental -"Le Perou Contemporaine"- haya sido escrito en francés, furias de despeñadero como "Tempestad en los Andes" de Luis E. Valcárcel, polémicas de fragua como los "7 Ensayos..." de J.C. Mariátegui y "La Realidad Nacional" de Víctor Andrés Belaunde.
Negar era una tentación, conciliar un escándalo, reposar los espíritus una heterodoxia. Hispanismo e Indigenismo constituían la antesala obligada no de una fiesta de la cultura, sino del país siempre invertebrado, también el patio principal de la agremiación política y de la oriflama del parlamentarismo bullicioso.
Alguien que sucumbió a muchas de estas palpitaciones fervorosas fue José de la Riva Agüero, que en sus años mozos, además de los portentos eruditos (La Historia en el Perú, Carácter de la Literatura del Perú Independiente) viajó por el Perú para capturarlo en su aluvional "Paisajes Peruanos".

En la plaza de Acho, con Alejandro Miró Quesada G. y Manuel Solari, año 1966.

Hubo, sin embargo, una generación subsiguiente cuyo temperamento se distinguía, primero, por la timidez y, luego, por la sobriedad. Pudieron aludir al famoso "Vayamos despacio que estoy muy apurado" para demostrar que un acto genuino y amoroso de comprensión supone ir depurando iras y penas, deleitarse en el estilo, distinguir lo cabal de lo accesorio, serenar el espíritu y la pluma.
El paisaje brinda para este camino, emprendido tanto por un Raúl Porras como por un Jorge Basadre, por un Aurelio Miró Quesada como por un Estuardo Núñez, el primer gran aporte. Como lo destacó Mariano Iberico, el paisaje peruano no es sólo la vía alarmada de la geografía sino el medio para conocernos.
"Buscas a Roma en Roma oh peregrino,/ y a Roma misma en Roma no ya hallas", reclamó Francisco de Quevedo en queja que bien se podría aplicar en el Perú a los que hurgan en el enorme libro de su vibrante geografía.
Cuando Aurelio Miró Quesada emprende la tarea de su "Costa, Sierra y Montaña" tiene 35 años y un alma particularmente serena. Amaba la posibilidad de la síntesis para explicarse al Perú, quería que el estilo dijera eso sin el estruendo de los modernistas, ni la acritud de los ideólogos, ni el agnosticismo de los pesimistas.
En su crónica de viajes, la cultura está al servicio de la auscultación del pasado, de la comprobación de las culturas vivas que hacen el presente, de la construcción de un futuro sin exclusiones.
Al socaire de las pasiones eso pudo parecer ingenuo o tibio, y sin embargo allí están los principios aún vigentes del Perú deseado por todos. Hay páginas en ese libro imborrables. Desde la legendaria preínca (viajó a Huari teniendo por guía a Julio C. Tello), las hazañas y los desvaríos de la conquista -el Cusco evocado con sus luces y sus sombras por Garcilaso-, el anecdotario virreinal que al mismo tiempo le dio solidez espiritual en la tarea de la evangelización, la fatuidad republicana del XIX bajo la advocación dolida de José de San Martín o Simón Bolívar, el rostro dolorido del siglo XX. Y junto con ello siempre el campesino, el indio, las fiestas comunales, los huaicos y los yaravíes, las comidas y los rezos, los amaneceres y los ocasos. Rara fama la del Perú, país de Jauja, donde, como recuerda Miró Quesada: residen " de queso una gran montaña/ de mantecado su campo, de manjar blanco una dehesa / y de cuajada un barranco...".

Se le rindió homenaje en la casona de San Marcos de la que fue rector. Derecha, al lado del ex presidente Belaunde en la inauguración del nuevo taller de El Comercio. 1966.

Con Garcilaso, Aurelio Miró Quesada encuentra muchos manantiales. El primero es el rigor y el estilo, tan elegante y, al mismo tiempo, tan pegado al hueso. Garcilaso no era un barroco, menos un advenedizo en letras ni en armas. No quería engañar sino aludir a lo real. Y lo real está en la mano diestra que rasga el papel con pluma sosegada y lenta. El primer libro que Aurelio Miró Quesada estudia y alaba es "La Florida del Inca" porque siendo hijo de la palabra (contar historias de oídas) no engaña ni hace literatura falaz.
Los "Comentarios Reales" son, a no dudarlo, un capítulo de una historia espiritual que toca a cada uno de los peruanos de todos los tiempos. La guerra y la paz, el encuentro y la inarmonía, los flujos de sangres broncas que no amainan, el tumulto de los recuerdos, la agresión del desencanto y el encuentro filial de la esperanza, Garcilaso -dice Miró Quesada- llega a la historia tras un fatigoso trajinar al reparo del humanismo y de la fusión de culturas."Son suyos -agrega- las naves de alto bordo que llegan con su carga a las playas abiertas, y las llamas que avanzan con su paso menudo. Son suyos igualmente las ciudades y el campo; el mar, los aires y los Andes; los desiertos adustos y los valles feraces de la costa; las quebradas profundas, los peñascales altos o las blandas colinas de la sierra; el follaje de selva y la emanación de tierra cálida de la montaña. Y a sus oídos suben, entre estallar de coplas y rumor de plegarias, el fragor resonante de chirimías y atambores o la música suave de las quenas que se desliza por alcores y oteros llamando a los amantes "con pasión y ternura".
En Garcilaso, Aurelio Miró Quesada tejió con deleite y sabiduría, el mapa del Perú de siempre. Ese es su legado, ese su mensaje que se abrirá cada día que se hable de los forjadores de la ruta cultural del Perú (R V V).