

Por FERNANDO ROSPIGLIOSI
Imponiendo Soluciones
Las ventajas de tener un agente
en un puesto clave.
EL arbitraje de los países garantes ha sido impuesto al Perú y Ecuador por los EE.UU., en asociación con los otros tres gobiernos. Un papel decisivo para lograr manipular la dócil aceptación peruana, la jugó el principal hombre de la CIA (Agencia Central de Inteligencia) en el Perú.
En los últimos tiempos, el tema prioritario de la agenda norteamericana en esta parte del continente, ha sido la resolución del conflicto entre Perú y Ecuador. Cuando las tensiones se agudizaron al punto de casi llegar a otro enfrentamiento bélico, en julio-agosto de este año, los EE.UU. decidieron aplicar la máxima presión y resolver el asunto de inmediato.
En el Perú, contaban con la entusiasta participación del presidente Alberto Fujimori embarcado, como se sabe, desde el principio en una alternativa de solución a como dé lugar. Desde la propuesta que hiciera a su par ecuatoriano, Rodrigo Borja, a fines de 1991, hasta ahora, Fujimori ha tratado de llegar a un acuerdo relegando a la Cancillería y las instituciones.
Pero los resultados de la diplomacia presidencial fueron desastrosos. Durante su gobierno se produjo el "Pacto de Caballeros", en 1991 y el conflicto del Cenepa en 1995, el más sangriento enfrentamiento bélico con Ecuador y el único en que el Perú fue derrotado. También, en los últimos tres años, uno de los más grandes desembolsos en compras de armas en la historia del Perú.
Paradójicamente, el triunfo militar ecuatoriano posibilitó que las posiciones de ese país se flexibilizaran y las negociaciones avanzaran. Como dijo en un reciente editorial el diario Hoy, de Quito, "la victoria militar del Cenepa devolvió al país la propia estima y abrió el espacio para que el Ecuador asumiera una actitud realista, respetable y continua, en el diferendo con el Perú." (13.10.98).
Pero si bien el presidente Fujimori estaba decidido a llegar a un acuerdo rápido y a cualquier precio, tenía un obstáculo formidable, las FF.AA. Por lo menos desde 1997, el general Nicolás Hermoza se había puesto a la cabeza de una corriente militar que se oponía a hacer concesiones al Ecuador.
Hermoza estaba presionado desde abajo, por la oficialidad, debido a su manejo politizado y prebendario de los institutos castrenses. Y desde arriba, por sus socios, Fujimori y Vladimiro Montesinos, que querían deshacerse de él. Oportunistamente, entonces, se puso al frente de una reivindicación institucional de las FF.AA. y se convirtió en un "duro" en la negociación con Ecuador, para de esa manera apuntalar su debilitado poder personal.
Fujimori podía dejar de lado a la Cancillería, desoír a la opinión pública y ordenar a la borreguil mayoría del Congreso aceptar cualquier cosa. Pero no imponerse a las FF.AA., sustento fundamental de su gobierno.
Y aquí jugó un papel clave el hombre de la CIA en el Perú, que eliminó a Hermoza y su gente, reemplazándolos por hombres de paja, como los generales Julio Salazar y César Saucedo, allanando el camino para el arbitraje impuesto por los EE.UU. El autor de la emboscada del 20 de agosto, que acabó con el longevo general, fue Vladimiro Montesinos.
Así, después de estrepitosos fracasos -no enterarse de las pruebas atómicas hindúes, atentados terroristas contra sus embajadas en Africa-, la CIA puede jactarse de un pequeño triunfo en este lejano rincón del mundo. Porque su principal agente en el Perú ha posibilitado el cumplimiento de los objetivos norteamericanos en la zona.
Ahora se entiende la sorprendente defensa de Montesinos que realizó el Departamento de Estado en mayo de este año, luego del violento ataque del general Barry McCaffrey contra el jefe real de los servicios de inteligencia.
Como se recuerda, cuando el Zar Antidrogas acusó al Rasputín peruano de manipular su visita al Perú, tanto el Departamento de Estado en Washington como la Embajada norteamericana en Lima, trataron de restar importancia a las declaraciones de McCaffrey.
El embajador norteamericano dijo que "no eran exactas" las informaciones de los medios sobre las declaraciones de McCaffrey. ("Embajador Dennis Jett hizo desconcertantes declaraciones", El Comercio 15.5.98). También el corresponsal de ese diario en Washington informó de las gestiones del Departamento de Estado para disuadir a McCaffrey. ("Acusación de McCaffrey habría sorprendido al Departamento de Estado", 15.5.98).
Ahora se puede comprender el porqué de esa "desconcertante" posición, como la calificó El Comercio. Porque si bien se sabía que Montesinos era respaldado por la CIA (ver "El Svengali de Fujimori", de Gustavo Gorriti), se suponía que otras agencias como la DEA y el Departamento de Estado no simpatizaban con el ex capitán.
Pero en esas circunstancias, Montesinos se había convertido en la pieza clave para allanar el camino de lo que era el principal objetivo de la política norteamericana en esta zona, un acuerdo inmediato entre Perú y Ecuador. El podía defenestrar a la cúpula militar que obstaculizaba la solución. Y lo hizo.
Por coincidencia, el representante estadounidense en esta negociación es Luigi Einaudi, quien probablemente reclutó a Montesinos hace un cuarto de siglo, cuando el ambicioso capitán fungía de ayudante de miembros claves del Gobierno de las FF.AA. Einaudi, un académico que trabajaba para la Corporación Rand, estudiaba a los militares peruanos en esa época, al tiempo que realizaba contactos con ellos.
Por supuesto, no se trata de echarle la culpa a los norteamericanos de nuestros problemas. Ellos tienen sus preocupaciones y sus intereses, que pueden o no coincidir con los del Perú. El punto es si el Perú se somete a los dictados de los EE.UU. o desarrolla una política de acuerdo a sus propios intereses.
En este caso, es muy obvio que se trata de una solución impuesta, en plazos perentorios y humillantes. Que ha contribuido a "perforar la democracia", como sostuvo Carlos Ferrero en su brillante intervención en el Congreso.
Porque ellos han obligado al Perú a aceptar el arbitraje bajo presión, sin la menor consideración por la opinión pública ni las instituciones, descabezando nuevamente a la Cancillería. "Un país que reclama seguidamente al Perú más institucionalidad, más división de poderes, más democracia -dijo Ferrero-, es hoy el que encabeza la presión internacional para que el Perú pase por encima de su propio Congreso (...). Un país que cierra sus fronteras al caballazo es un país que abre un hueco a la democracia" ("Cuestionan presión de EE.UU. para obligar al Perú pasar por encima del Congreso", Gestión, 16.10.98).
En el mismo sentido ha argumentado la congresista Beatriz Merino en una carta al Defensor del Pueblo, puntualizando que la aceptación del arbitraje se logró a costa de violentar los mecanismos democráticos.
Esta imposición externa no es nueva. El historiador Ernesto Yépez ha analizado minuciosamente las negociaciones que culminaron con el Protocolo de Río de Janeiro en un excelente libro, Perú Ecuador 1941-1942. Tres días de guerra, ciento ochenta de negociaciones.
La semana pasada Yépez ha evocado críticamente el papel que cumplieron los garantes, en esa ocasión, recordando que "la actitud de Argentina y Brasil de seguir a pie juntillas las directivas de Washington durante ese proceso no puede ser más evidente y esclarecedora". Yépez concluye que "todo esto, a muchos de mis compatriotas y extranjeros, les puede parecer exagerado, tendencioso. Yo también quisiera que fuera así. Por desgracia es dolorosamente cierto" ("¿Vale la pena confiar en los Garantes?", El Comercio 14.10.98).
Por cierto, toda persona sensata desea un acuerdo con Ecuador, lo más pronto posible. Pero violentar las situaciones e imponer un arbitraje a marchas forzadas, puede proporcionar una apariencia de solución, pero incubar nuevos problemas en el futuro.
Finalmente, cabe señalar que el argumento chantajista que se usó en el Congreso, o el arbitraje o la guerra, es una falacia. Entre esos extremos había un abanico de posibilidades que fueron desechadas.
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