

El Baile Continúa
EL embajador Guillermo Hoyos Osores lo decía así: "Una buena transacción es aquella en la que las dos partes intervinientes terminan insatisfechas. Una mala es en la que una sale cantando y la otra llorando".
El musical realismo de don Guillermo, recordado por Elías Mendoza, se hace muy presente en estos días, sólo que tanto en el Perú como en Ecuador parece que estamos cantando, bailando y llorando a la vez.
Las lágrimas, derramadas por más de uno de los presentes durante el emotivo discurso del presidente Jamil Mahuad en Brasilia, pueden resultar más comprensibles en Ecuador, considerando que la píldora que se han tenido que tragar allá incluye esos 175,000 kilómetros cuadrados que reclamaba su fantasioso mapa nacional, y que se reprodujo en algunas enciclopedias desprevenidas, durante generaciones.
¿Pero aquí?
¿Por qué la feroz violencia en Iquitos y por qué esas primeras encuestas adversas en Lima?
La Cordillera del Cóndor va a ser finalmente demarcada de acuerdo al Protocolo de Río de Janeiro y sellada según la tesis sostenida por el Perú, y con tal que en los próximos días el Congreso en Quito no vuelva a violar compromisos adquiridos y sepultar a su país en el ostracismo internacional, los impasses subsistentes que tan meticulosamente coleccionaba el general Paco Moncayo a lo largo de más de 1,700 kilómetros de frontera pasarán a la historia.
¿Por qué entonces nuestro malestar? El simbólico kilómetro cuadrado asignado a Ecuador en el paraje denominado caprichosamente Tiwinza (porque el verdadero Tiwinza está en otra parte) o las dos zonas francas de 150 hectáreas acordadas en el Amazonas son de por sí minúsculas concesiones que no lo explican?
Tampoco es el tratado de libre navegación, y de tránsito aéreo y terrestre. Ya en 1869 nuestro presidente José Balta decretó la libertad de navegación en el Amazonas y sus afluentes para barcos de todas las banderas, y éste es ahora un principio universal. También tienden a serlo los cielos abiertos y la empresa de ómnibus Ormeño no encuentra normalmente dificultades en llegar cinco veces a la semana a Guayaquil y Quito.
Claro que existen varias otras condiciones y facilidades acordadas, pero no caigamos ahora en lo que un ex miembro de la comisión consultiva de Relaciones Exteriores denomina como una "juridicidad enfermiza" que a veces nos embarga.
Recordemos que Ecuador paralizó la demarcación de la frontera en 1950 -es decir, 8 años después de firmado el Protocolo-, porque nosotros pusimos de nuestra parte para demorar las cosas discutiendo migajas.
Recordemos que lo que nos ha enfrentado a Ecuador durante estas décadas no es más que un "problema residual", como lo define un diplomático, derivado de la guerra de 1941, y que la lógica militar que imperó en ambos lados no sólo dificultó soluciones sino que condujo a dos enfrentamientos armados y a gastos de varios miles de millones de dólares.
En el episodio de Falso Paquisha triunfamos prestamente, pero en el Cenepa perdimos. La creación de la zona desmilitarizada fue una demostración de la imposibilidad del Perú de controlar su territorio -sin ir a mayores, en todo caso, y destruir así el Protocolo.
El ejército ecuatoriano pasó 17 años preparándose para salvar su dignidad y lo logró en el Cenepa. Ecuador, por cierto, desencadenó deliberadamente ese enfrentamiento focalizando las acciones en un escenario que le era propicio, con armamento adecuado, y sorprendiendo a nuestros sistemas de inteligencia.
En realidad Tiwinza confirma, por un lado, que Ecuador ingresó a territorio peruano y, por otro, que la fuerza armada que comandaba el general Nicolás de Bari Hermoza no estaba preparada para esa contingencia.
Pero "dignidad" es una palabra poderosa y aquí se podría decir que no hay mal que por bien no venga. El conflicto del Cenepa fue el equivalente de la guerra del Yon Kippur en el Medio Oriente, en la que los árabes por poco derrotan a Israel, demostrando que sabían guerrear y recuperando su dignidad. Después Egipto pudo firmar la paz con su otrora enemigo encarnizado.
El Cenepa ha ayudado a forjar un difícil cambio en Ecuador, tanto porque a la dignidad acompaña una mayor objetividad como porque ese triunfo arruinó económicamente al país, y porque sus fuerzas vivas (incluyendo la mayor parte de la prensa), diferenciándose de los más exaltados demagogos de la clase política y de una plebe a veces impredecible, demuestran ahora estar hartas de los gastos de la casta militar, y de los varios privilegios que ha explotado en base al conflicto latente con el Perú.
Así las cosas, las objeciones que aquí plantean algunos sobre aspectos del acuerdo que indican que "eso no lo contempla el Protocolo del Río de Janeiro" ingresan en el terreno de la juridicidad enfermiza y desconocen la realidad. El Protocolo no definió con exactitud la frontera ni aludió a las cumbres de la Cordillera del Cóndor, y fue el canciller del Brasil Osvaldo Aranha quien, confrontado con seis divergencias en el proceso demarcatorio en 1943, añadió la "fórmula" que inició un proceso de enriquecimiento del tratado mediante el cual se llegó al fallo de Braz Dias de Aguiar.
Otros instrumentos complementarios y la propia Comisión Demarcatoria de entonces son ejemplos de lo mismo y fue curiosamente en los años del piurano general Juan Velasco Alvarado que, bajo la inspiración del notable diplomático Carlos García Bedoya, entonces Secretario General de Torre Tagle, y quebrando la lógica militar, se llegó con Ecuador a los acuerdos de complementación fronteriza más elaborados hasta la fecha. Tampoco estaban contemplados en el Protocolo, pero éstos comparten las aguas de los ríos Chira-Catamayo y Puyango-Tumbes. El primero provee el 80% del agua de la represa de Poechos, vital para la agricultura piurana.
Así que mal pueden desconocer ahora ciertos halcones militares -y los que con el general Hermoza planeaban aparentemente una operación en la localidad de Gueppi destinada a interrumpir las negociaciones- las virtudes geopolíticas y castrenses de una frontera estabilizada.
Esta sería, entonces, la ocasión de felicitar efusivamente al presidente Alberto Fujimori por un paso auténticamente histórico.
Pero el baile aún no ha terminado, y no sólo en Ecuador sino aquí. ¿Por qué?
Es que existe una contradicción, una suerte de incompatibilidad, entre el frente externo e interno en esta coyuntura.
Para disponer de prendas territoriales por más pequeñas que éstas sean u otorgar beneficios, el gobernante debe consultar y buscar el mayor apoyo interno posible. Si no lo hace no sólo resquebraja la institucionalidad sino que magnifica las objeciones de quienes no han sido consultados.
El caso Loreto y nuestra Amazonía es patente. Iquitos con sus 350,000 habitantes podría proyectarsea partir de este acuerdo en toda la zona, incluyendo la periferia amazónica del Ecuador en la que el centro poblado mayor es Nuevo Napo, de poca importancia.
El Napo, a su vez, es el único afluente del Amazonas navegable todo el año que parte del Ecuador, y el emplazamiento de una de las zonas francas contempladas será seguramente en Mazán, el punto de la confluencia a unos 35 kilómetros río abajo de Iquitos.
Pero habiendo sido liberado Loreto a la buena de Dios desde 1990 y viéndose despojado de leyes promocionales, recursos, autonomía y dignidad, la población de Iquitos ha estallado en una orgía de destrucción. Esta puede incluir varios componentes, pero el régimen de los CETICOS, otorgado a los enclaves ecuatorianos y negado por tanto tiempo a los propios lugareños parece ser la chispa principal que ha encendido la pradera. También el hecho que de los departamentos amazónicos provienen muchos de los soldados que luchan y mueren en conflictos como el del Cenepa.
Alberto Fujimori es sin duda audaz y no le falta coraje, pero padece de un desprecio inocultable por las formas democráticas y por tantos otros peruanos que en el presente y el pasado han actuado también con patriotismo. Y esto ahora le crea problemas y genera anticuerpos.
Una parte demasiado prominente de su discurso en Brasilia la dedicó a encumbrarse como el hombre providencial, a sacarle partido personal, y a criticar a sus antecesores. No era el momento.
Fue un contraste palpable con Mahuad, quien no tuvo palabras adversas hacia uno solo de sus compatriotas.
Antes de viajar el Presidente se reunió con el Consejo Nacional de Defensa y no con el gabinete ministerial, como correspondía. La renuncia del canciller Eduardo Ferrero fue superada a la bolea con el sin duda muy hábil negociador Fernando de Trazegnies, pero el serio incidente subrayó la imagen de un país subdesarrollado de institucionalidad miserable.
Alguien dijo a CARETAS que, de haber sido confrontado con un voto favorable a un solución con Ecuador pero desfavorable a la institucionalidad del país, hubiera optado por el no.
CARETAS no llega a ese delicado extremo, y tampoco quiere mezquinar méritos al Presidente en este paso histórico porque lo logrado concretamente en el frente externo es de suma importancia. Pero a la vez no puede dejar de señalar que si este baile continúa y elude perfiles de grandeza, es por las taras autoritarias de su régimen.