La Capitulación de América Latina




La Capitulación de América Latina
El título se refiere a la deuda externa, y el planteamiento es igualmente detonante, sobre todo porque no viene de un agitador político sino de Carlos Alzamora Traverso, uno de los más experimentados y serenos internacionalistas de Latinoamérica, que ha vivido este proceso desde sus orígenes.

Carlos Alzamora y la bitácora de un proceso que no se debe olvidar, para enmendarlo en el futuro.

  • ¿Son inconvenientes y onerosas las condiciones en las que el Perú ha renegociado el servicio de su deuda externa? ¿Es necesario y factible mejorarlas?
  • ¿Es la deuda externa peruana y la latinoamericana una bola de nieve que se convertirá en impagable o, en todo caso, que condenará a sacrificios extremos per sécula seculorum?
  • En los últimos 20 años ¿se han hecho más ricas las naciones industrializadas y comparativamente más pobres los países en desarrollo debido a los recargos con que se maneja el financiamiento internacional?
  • ¿Tiró la esponja en la última década Latinoamérica con tal de atraer capitales que son sobre todo especulativos y que sostienen las balanzas de pago precariamente?
    Quien responde afirmativamente a muchas de éstas y otras preguntas no es un agitador político o un izquierdista apasionado, sin conocimientos de economía ni experiencia internacional.
    Muy por el contrario, el embajador peruano Carlos Alzamora Traverso es un diplomático de carrera de singular trayectoria, y una de las figuras de Torre Tagle que más directamente ha vivido este tema gravitante.
    Entre otros títulos, fue el Secretario General fundador del Sistema Económico Latinoamericano (SELA), organismo creado por los países de la región en 1979 para delinear políticas comunes en el área bancaria y financiera.
    Remontándose a ese antecedente, y coincidiendo a través de los años, Manuel Moreyra, presidente del Banco Central de Reserva del Perú en los años '70, prologa `La Capitulación de América Latina', el libro en el que Alzamora compendia convicciones forjadas por la práctica y calibra con firmeza la situación actual. La obra se presentará este 16 de noviembre en el auditórium del Centro Cultural de la Universidad Católica de Lima.
    Además de dirigir el SELA y de representar al país en dos ocasiones (1975-1979 y 1985-1989) en las Naciones Unidas, Alzamora fue hasta 1996 Secretario Ejecutivo de una singular Comisión de Compensación creada en 1991 por el Consejo de Seguridad de la Naciones Unidades para reparar daños y atender reclamos originados por la invasión de Iraq a Kuwait.
    Al retirarse en enero de 1997, tanto el embajador de Kuwait como el de Iraq alabaron a Alzamora, lo que da una idea de la destreza con que llevó a cabo tan difícil función. (Ver `El peruano que recuperó 5,000 millones de las cenizas', CARETAS 1454).

    EL LIBRO

    `La Capitulación de Latinoamérica' se inicia con una cita de Gabriel García Márquez en `Cien Años de Soledad:

    "El prolongado cautiverio, la incertidumbre de mundo y el hábito de obedecer habían resecado en su corazón las semillas de la rebeldía".

    Y su primer capítulo es propio de un `thriller'.

    LA GUERRA AJENA QUE NOS COSTO UNA DÉCADA

    A las dos de la tarde del 6 de octubre de 1973, una hora atípica para hacerlo, Egipto desató su ofensiva. Tres mil cañones abrieron fuego sobre las posiciones israelíes del otro lado del Canal de Suez, mientras las tropas egipcias lo cruzaban sin dificultad, perforaban la línea de defensa Bar Lev -hasta entonces considerada inexpugnable- e infligían a las tropas israelíes las primeras derrotas.
    Se iniciaba así la guerra del Yom Kippur, que debe su nombre al más importante día de recogimiento judío, que los estrategas egipcios escogieron para sorprender a Israel y alcanzar un triunfo que permitiera a su país recobrar la península del Sinaí, ocupada desde 1967, y restaurar el honor y el prestigio de las armas árabes.
    El presidente egipcio Anwar el-Sadat había preparado cuidadosamente la ofensiva, para lograr de inmediato una ventaja estratégica que le permitiera sentarse a la mesa de negociaciones en la mejor posición posible. Los resultados estaban sobrepasando sus expectativas. Las fuerzas israelíes se replegaban ante el avance de las egipcias y, lo que era más peligroso para Israel, estaban agotando rápidamente su parque de armas y municiones. El júbilo se apoderó de las ciudades árabes, mientras en Israel cundían la inquietud y la zozobra.
    Pero un cúmulo de circunstancias y de reacciones en cadena determinaría que las víctimas finales de esa guerra fueran los pueblos latinoamericanos que, aunque al otro lado del mundo, verían destruirse por más de una década sus perspectivas de desarrollo, desplomarse sus precarios niveles de vida, configurarse la peor crisis de su historia y recortarse su soberanía.
    Porque frente a la grave situación que confrontaba, la primera ministra Golda Meir dirigió, el 12 de octubre, un angustioso mensaje al presidente Richard Nixon, pidiéndole la urgente intervención de Estados Unidos en socorro de Israel. El momento no podía ser, sin embargo, menos propicio. El presidente Nixon vivía asediado por el drama de Watergate y obsesionado por evitar su fatal desenlace.
    En el ambiente de naufragio que imperaba en la Casa Blanca, el secretario de Estado, Henry Kissinger, y el jefe de Estado Mayor, general Alexander Haig, mantenían el mínimo nivel de autoridad y legitimidad. Ellos asumieron la responsabilidad de reabastecer con urgencia al ejército israelí y otorgarle todo el apoyo que fuera necesario.
    Pero Kissinger, conciente de la jubilosa expectativa que había despertado en los países árabes el éxito inicial de la ofensiva egipcia, sabía bien que no debía provocarlos tomando tan abiertamente partido por Israel. Se dispuso, por consiguiente, que los sofisticados armamentos e implementos bélicos que se aprestaba a enviar Estados Unidos a las fuerzas israelíes fueran transportados, en riguroso secreto, por aviones comerciales contratados.
    Pero las compañías aéreas norteamericanas no quisieron arriesgarse al boicot o al terrorismo y hubo que confiar la misión a la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Sus distintivos fueron borrados, y programados sus vuelos de modo que, tras una escala en las Azores portuguesas, llegaran al aeropuerto de Tel Aviv en la oscuridad de la noche para que la operación no fuera detectada.
    Los imponderables -esa gran fuerza de la historia- dispondrían otra cosa. Fuertes vientos contrarios en el Atlántico demoraron el vuelo de los gigantescos transportes C-5, de modo que llegaron a su destino a plena luz del día y sus actividades fueron reportadas inmediatamente por la inteligencia egipcia y transmitidas a las capitales árabes.
    El inmenso puente aéreo que reabastecía con creces al ejército israelí, y la determinante ventaja estratégica que ofrecían a su comando los satélites y aviones espías norteamericanos, que señalaban los movimientos de las tropas egipcias e interceptaban sus comunicaciones, cambiaron el curso de la guerra. En pocos días Israel contuvo y revirtió el avance del ejército egipcio y se puso en condiciones de cercar y capturar al grueso de sus efectivos.
    La furiosa reacción árabe no se hizo esperar. La intervención política y militar de un poder extrarregional había frustrado sus más caras expectativas de victoria en toda la larga historia del conflicto árabe-israelí, y ella había recibido el apoyo logístico de otros países occidentales. Pero esta vez los países árabes contaban con el arma poderosa del petróleo, aunque su utilización requería del consenso del primer productor mundial, Arabia Saudita, unida por estrechos vínculos políticos, económicos y militares a Estados Unidos.
    No obstante la conocida tendencia pro occidental del rey Faisal de Arabia Saudita, el presidente Sadat había logrado convencerlo, tras largas y apasionadas prédicas, del deber religioso de utilizar esa arma en favor de las causas más sagradas para los árabes: la liberación de los territorios ocupados por Israel y la suerte del pueblo palestino.
    Cuando se tuvo las primeras noticias del respaldo prestado a Israel por Estados Unidos, los ministros árabes de Petróleo, reunidos en Kuwait, decidieron disminuir de inmediato la producción en un 5% y recortarla en otro 5% cada siguiente mes, hasta que se alcanzaran los objetivos árabes en la guerra en curso. Algunos países, empero, cortaron de inmediato su producción en un 10% para enfatizar su condena. Estados Unidos era objeto de los cortes más severos, en tanto que "países amigos" seguirían recibiendo sus embarques normales.
    Era un plan astuto porque, de haberse impuesto un embargo exclusivamente a Estados Unidos, ese país habría podido recibir por lo bajo petróleo de sus aliados. En cambio, los cortes mensuales y diferenciados sembraban la confusión y la incertidumbre entre los que estaban siendo discriminados -en distinto nivel y los que no, y exacerbaban las tensiones entre los países occidentales, confrontándolos y dividiéndolos.
    Pero, cuando se conoció el alcance del apoyo estadounidense y se supo que el Ejecutivo acababa de aprobar un paquete de 2,700 millones de dólares de ayuda militar a Israel, los países árabes impusieron el bloqueo petrolero total a Estados Unidos, extendiéndolo también a Holanda, Portugal y Sudáfrica por colaborar con ese apoyo, mientras se eximía expresamente del embargo al Japón y a algunos países europeos.

    La Conferencia Económica Latinoamericana celebrada en 1984 a instancias del presidente Oswaldo Hurtado (centro) con auspicio del SELA, la CEPAL y la OEA marcó la cumbre de la concertación frente al tema de la deuda. A la derecha, el canciller Fernando Schwalb del Perú. Derecha: Alan García el 28 de julio de 1985 lanza desafío unilateral.

    LAS CONSECUENCIAS

    El desenlace de la guerra del Yom Kippur y el boicot petrolero terminaron golpeando a Latinoamérica, y la trama y secuencia está descrita en los capítulos siguientes del libro de Alzamora.
    El precio del petroleo subió de US$ 5.40 barril a 17 en 1973, y de 17 a 33 en 1979 con el ascenso de los ayatollas en Irán. Así las cosas "de 1974 a 1977 los países árabes controlaban la mitad de la liquidez mundial, y para 1979 el superávit de los países de la OPEP llegaba a US$ 220,000 millones", precisa Alzamora.
    Las más opulentas naciones como Arabia Saudita depositaron sus fondos en la banca occidental, y ésta, inundada y en la necesidad perentoria de realizar colocaciones, escogió a Latinoamérica como una zona propicia, necesitada y a la vez dócil para prestar y cobrar intereses que repararan pérdidas y desequilibrios. Fue el esquema del "go go banking" que a comienzos de los '80 colapsó con la recesión severa provocada por las políticas conservadoras de Ronald Reagan.
    Entonces se coordinaron al más alto nivel en Latinoamérica gestiones para negociar mejores condiciones con los países acreedores. Estas derivaron el 28 de julio de 1985, en la declaración de Alan García limitando unilateralmente el servicio de la deuda externa.

    Empezó en 1973 en Israel. Puente aéreo de EE.UU. dejó de ser secreto al llegar de día.

    A continuación, algunos capítulos cuyos títulos constituyen un cuaderno de bitácora de una larga pugna que es necesario recordar para concebir nuevas estrategias en el futuro:

  • La acción de la OPEP y el shock del petroleo (1973 y 1979).
  • La reacción de Occidente, los No Alineados y América Latina
  • La ofensiva prestamista.
  • El primer acto del drama: la primera reunión de ministros de Finanzas de Latinoamérica (1979).
  • Los acreedores cambian las reglas del juego y condenan a Latinoamérica a cadena de deuda perpetua. (1980).
  • La hemorragia sin torniquete ni transfusiones: crisis de la deuda y crisis del crédito.
  • La segunda deserción: la reunión de ministros que no se realizó (1983).
  • La cumbre de Williamsburg: se pronuncian los gobiernos acreedores y reaccionan los latinoamericanos. (1983)
  • La iniciativa del presidente Hurtado y la conferencia de Quito (1984)
  • La declaración de cuatro presidentes latinoamericanos (Argentina. Brasil, Colombia y México, mayo de 1984).
  • El consenso de Cartagena (junio de 1984 y diciembre de 1985).
  • El seguimiento en Mar del Plata y Santo Domingo (setiembre de 1984 y febrero de 1985).
  • Nuevos contactos y pronunicamientos: la propuesta Kissinger (1° de julio de 1985).
  • La rebelión del Perú (28 de julio de 1985).
  • Las predicciones imaginativas de Cataclismo.
  • El Plan Baker: la zanahoria que no apareció (setiembre de 1985).
  • Las últimas acciones de Cartagena (1986 y 1988).
  • Las cumbres de los Ocho. (1987, 1988, 1989, 1990, 1991).
  • El desenlace y la década perdida.
  • El costo de la capitulación.

    Bajo el título de `La Bola de Nieve de la Deuda y los Intereses', Alzamora añade un cuadro que precisa el crecimiento espectacular de las obligaciones latinoamericanas:
    Antes de la colocación de los petrodólares en América Latina por la banca privada internacional.
    (En miles de millones de dólares)
    1980 1984
    5.6: 36.6
    Después de la colocación de los petrodólares en América Latina por la banca privada internacional:
    1975 1997
    73.3 677.9

    Alzamora señala que dado el actual desbarajuste bursátil mundial, la recesión en Asia, el caos ruso y el desconcierto en Latinoamérica y en los propios orgnismos internacionales, el continente podría enfrentar una situación parecida a la década de los años '80 en materia de deuda externa.
    Algunos economistas como Jeffrey Saks están proponiendo públicamente condonar parte de la deuda latinoamericana como una medida que sería beneficiosa para toda la comunidad internacional.
    Cuando se atisba el futuro y las tareas a realizarse, el alivio del servicio de la deuda externa aparece como una meta fundamental -no la de lograr como esforzados pagadores una mejor calificación de Moody's Investors, tan celebrada esta semana.