

Por AUGUSTO ELMORE
LEO que el primer ministro, Alberto Pandolfi, asegura que la pobreza extrema se reducirá en 50% para el año 2000. ¡Qué pesimista!: ¿Será que cree que tantos pobres van a morirse para entonces?
Los empresarios, será por motivo de la crisis, parecen haberse vuelto locos por encontrar la fórmula para bajar los costos. Y acaban de lanzar al mercado no productos nuevos sino unos muy trajinados, entre ellos dos medidas controversiales: eliminar la CTS, que es la compensación por tiempo de servicios que, debido a la crisis, es utilizada anteladamente por los trabajadores para sufragar el bajo costo o salario que reciben. La eliminación de la CTS les reventará en la cara a los propios empresarios, que sólo obtendrían con ello la reducción de la capacidad de gasto, es decir de compra de la población que trabaja. Luego, insisten en la reducción del aporte al IPSS, que perjudicará a la institución que presta servicios de salud a la población para ayudar a la instalación de las Empresas Prestadoras de Salud, cuyos servicios definitivamente van a ser más onerosos para los trabajadores y para las empresas en que éstos laboran. Un contrasentido olímpico. La crisis evidentemente perjudica el buen entendimiento.
Sin necesidad de ser economistas se puede afirmar que lo que los empresarios deberían exigir al gobierno es la reducción del Impuesto General a las Ventas, que aumenta en 18% el costo de todos los productos y servicios. Reduciéndolo a 15%, por ejemplo, el gobierno combatiría efectivamente la recesión. Y no digamos cuán efectivo sería que lo redujeran, aunque sea en forma temporal (hasta remontar la crisis), a 10%. La gente volvería a consumir, cosa que ahora hace a duras penas, o simplemente no hace, como sabemos.
Las medidas que modestamente cuestiono han sido solicitadas por la Asociación de Exportadores, que seguramente cree que sin CTS y con un aporte menor al IPSS van a poder exportar mejor. No veo cómo. La competitividad no depende de dichos aportes, sino de otros factores. Si no fuera así, los alemanes y franceses, que tienen un alto costo social, no podrían exportar nada. Lo que pasa es que aquí la soga sigue rompiéndose por el lado más delgado, es decir por el de los trabajadores.
Si de lo que se trata es de rebajar los costos para poder exportar, ¿por qué no proponen que los trabajadores trabajen a la mitad de su sueldo? O, si de reemplazar los ingresos de las contribuciones mencionadas se trata, ¿ por qué no sugieren el aumento del impuesto a los sueldos mayores de cinco mil dólares?
No sé si serán ciertas las acusaciones que un ex empleado le ha hecho al congresista Anselmo Revilla (de quedarse con el 65% de su sueldo). No sé si hasta las puedo poner en duda. Pero eso de que Revilla diga que con ello "está en juego mi honor, mi imagen y mi prestigio político", me parece un exceso. Su honor, vaya y pase, pero sepa el congresista que su imagen está hace rato por los suelos y que, además, no sólo carece de prestigio político, el suyo es casi un desprestigio; lo digo yo, que lo he visto por televisión defender y tratar de lavarle la cara al ex reo Martin Rivas cuando hacía sus declaraciones ante la comisión que presidía Revilla en el Congreso.
Revilla debería saber que ser congresista no da de por sí prestigio político. A veces produce todo lo contrario. Hay montones de ejemplos, sobre todo en este Congreso.
Ahorro en Defensa. Ahorro en Defensa. Ahorro en Defensa. Esa es la frase que leo repetidamente, sobre todo en los órganos de prensa oficialistas. Ojalá sea verdad tanta mentira.
Me parece increíble, y de paso insoportable en un país como éste, que las entradas -claro que las de platea- para el espectáculo de ese mediocre cantante que se llama -o hace llamar- Ricky Martin, cuesten aquí en Lima, Perú, ¡170 dólares! Creo que en el Metropolitan Opera House o en la Opera de París cuesta más barato escuchar a Pavarotti. Me parece que alguien ha descubierto que aquí la gente es absolutamente tonta. Lo que prueba que la idiotez cuesta caro.
Ciento cuarentiún familias de desplazados de la Sierra, que hace años abandonaron sus parcelas y casitas huyendo de la violencia senderista para terminar refugiándose en esta ciudad agria y hostil que es Lima, acaban de emprender el regreso a sus hogares, a la tierra (todos vuelven a la tierra en que nacieron, como cantó César Miró). Desde el local social de Residentes de Huancané, en Villa El Salvador, acogiéndose al Programa de Repoblamiento y Desarrollo de Zonas de Emergencia, estos migrados del terror eligieron otra vez el cielo azul y el aire puro del campo (y "el embrujo incomparable de su sol") del que se vieron precisados de huir. Esas familias de la Sierra están de vuelta a la esperanza. Ojalá el Estado no los desampare. Ellos necesitarán, como dice la frase interesada de algunos candidatos de ocasión, todo el apoyo.
Ojalá que al menos alguien les dé un tractor.