Las Mil y Una Palabras




Las Mil y Una Palabras
Desde 1982, el Cuento de las 1000 Palabras ha impulsado escritores bajo destacados jurados. Se convoca a la 17ma edición.

Julio Ramón Ribeyro (jurado en 1982 y 1990) y Abelardo Sánchez León (1991 y 1995), figuras conocidas del concurso.

SOBRE el escritorio desordenado se revuelcan las diez o doce copias del mismo relato que hace semanas el escribiente viene podando como un frágil bonsai. La madrugada es fastidiosa con su media luz y su silencio. Esta vez el lápiz se posa con resolución sobre la palabra final y la desaparece de un tachón. En su lugar coloca postrero...
El cuadro debe ser similar para el experimentado como para el principiante: ninguno sabe a dónde irá a parar la historia. Decenas de recetas se han probado para lograr el equilibrio entre el fuego confesional más sentimental y su contraparte ferozmente parnasiana. Pero en el caso del "Cuento de las 1,000 palabras", la precisión en la búsqueda de la mot juste es la única teoría obligada. El espacio así lo determina.

Carlos Eduardo Zavaleta, Guillermo Niño de Guzmán -ganador en 1985-, Estuardo Núñez y Augusto Elmore en noche de premiación.

El cuento tal como lo conocemos hoy día nació en el s. XIX y tuvo su apogeo unido al del periodismo: frases cortas, emoción directa, al asunto y al grano sin pérdida de tiempo. Y ahí se generaron los primeros maestros y los primeros decálogos: Hoffman, Poe, Twain, Maupassant, Chéjov. Ahora, en un mundo donde la información se multiplica cada segundo, captar la atención de un lector es ya toda una proeza: la lectura no ha disminuido, pero la oferta es monstruosa. El cuento pervive como culto a la economía y a la importancia y urgencia del mensaje.
"La brevedad es una virtud en un país acostumbrado a la verborrea", dice José Adolph, ganador del concurso en 1983. A menor cantidad de palabras, más sugerencia. Aunque ciertamente el estilo monosilábico de la política actual es un extremo demasiado inquietante. Un cuento que aún no acaba.
Por otro lado, la tradición latinoamericana ha sentado a dos argentinos en el trono: Borges y Cortázar. Casi no hay narrador de cuentos de estas tierras que escape a su influencia. La paradoja, la ironía y lo fantástico emanado abruptamente de lo cotidiano, no hay mejor manera de propinar un knock-out al lector más resistente: si alguna vez pensó hacer un cuento donde el protagonista se encuentra con su propio doble o queda convertido en un animal o revive con exactitud una vida pasada, olvídelo, ellos ya lo hicieron e infaliblemente.
"El Cuento de las 1,000 palabras es un desafío", dice Edgardo Rivera Martínez, ilustre ganador de la primera versión en 1982, "es un arte de síntesis, de concentración, de intensidad." En su cuento `Angel de Acongate' Rivera Martínez se preocupó sobre todo en la construcción del personaje.

Edgardo Rivera Martínez recibe de Mario Vargas Llosa primera máscara en 1982. Blanca Varela también fue jurado. Derecha: José Adolph, ganador en 1983.

La poeta Blanca Varela, integrante del jurado en ese año, recuerda que la temática más frecuente en los cuentos presentados era la de Sendero Luminoso. "El cuento como forma está más cercano a la poesía que a la novela", comenta "es de una técnica bastante ajustada, el cuento no puede explicar mucho".
Hay caminos: todo está dicho y nada está dicho. La experiencia como jurado de José Watanabe revela tendencias: "Los concursos son importantes. Recordemos que el cuento peruano más famoso "El caballero Carmelo", fue motivado por un concurso municipal. El año pasado, los relatos presentados en el "Cuento de las 1,000 palabras" eran muy diversos, la literatura peruana última se caracteriza por eso. Aún así, me parece que los decálogos del cuento clásico ya no funcionan. Tenemos ahora a Raymond Carver, por ejemplo".
La lista de nombres ligados al concurso en las dieciséis versiones que tiene es nutrida: ganaron el primer premio César Hildebrandt (1986) y Guillermo Niño de Guzmán (1985). Mario Vargas Llosa, Julio Ramón Ribeyro, Oswaldo Reinoso y Luis Jaime Cisneros fueron, alguna vez, miembros del jurado.
Si algún consejo puede darse a los futuros y noveles escritores es no dejar de perseverar: 1% inspiración-99% transpiración es la receta de más éxito. Y posiblemente también una pizca de suerte. (L.A.)