50 Años En Busca De LaDignidad




50 Años En Busca De LaDignidad
El Mundo conmemora medio siglo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos entre la violencia y la esperanza. París es una fiesta y un desafío.

A dos años del fin de un milenio, las Naciones Unidas, las organizaciones gubernamentales, los gobiernos y miles de personas alrededor del planeta se aprestan a celebrar el cincuentenario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, esa suerte de Carta Magna mundial hecha en nombre de la dignidad, del respeto, de la tolerancia, de la libertad y del bienestar, que se firmó el 10 de diciembre de 1948. A pesar de que hoy la casi totalidad de países la suscriben, su letra y esencia con frecuencia son violadas, estrujadas, maltratadas. Persisten los conflictos armados, los genocidios, la tortura, el hambre y la miseria. La esperanza, sin embargo, no se ha perdido. Signos alentadores se perciben con el arresto de Pinochet en Londres; la posible solución de los conflictos de Irlanda, Colombia y Kosovo; los llamamientos del propio Banco Mundial para mejorar la situación económica de algunos países. CARETAS quiere sumarse a las celebraciones sin aspavientos pero tampoco con medias tintas, contando la historia de este movimiento y esta doctrina, señalando los casos más clamorosos que existen en el país y en el mundo, y lanzando una mirada al futuro, para que la dignidad y la libertad no sean sólo declarativas. Nuestro derecho a informar es, especialmente en este caso, un deber para con nuestros lectores. Y una apuesta por el género humano.

Brazos para socorrernos, coraje para ayudar al desvalido. La lucha por los derechos humanos es, a pesar de las lágrimas y más allá de toda frontera, irrenunciable.

Escribe RAMIRO ESCOBAR LA CRUZ

EN 1948, casi en la mitad de este siglo turbulento, la civilización humana parecía no reponerse aún de sus propios espantos. Apenas 3 años atrás, la Segunda Guerra Mundial había concluido luego de innumerables bombardeos y batallas, de 55 millones de muertos y de un conato de apocalipsis: las explosiones nucleares de Hiroshima y Nagasaki.
Por si fuera poco, los nazis habían poblado Europa de Campos de Concentración, donde se empeñaban por ensayar la tragedia de una especie, la única racional, devorándose a sí misma. Había, en suma, un espasmo planetario de horror ante la comprobación de lo que éramos capaces de hacer si tirábamos el contrato social a la basura.

PARIS ES UNA PROMESA

El mismo año de la finalización de la guerra, sin embargo, en 1945, se realizó la Conferencia de San Francisco, en la cual nació la Organización de las Naciones Unidas. Los representantes de los 50 países asistentes firmaron la Carta de la ONU, en la que se especificaba que uno de sus propósitos sería la cooperación internacional "para promover y alentar el respeto a los derechos humanos...".

La Asamblea General de las Naciones Unidas en diciembre de 1948. Un hito histórico.

Esta idea asomó como uno de los puntales de la organización y tomó más cuerpo cuando, en febrero de 1946, el Consejo Económico y Social, una de las principales instancias de la ONU, creó la Comisión Especial de los Derechos del Hombre. Su primera presidenta fue la señora Eleanor Roosevelt, viuda del presidente Franklin D. Roosevelt.
En compañía de René Cassin, un ilustre jurista francés que años más tarde ganaría el Premio Nobel de la Paz, y de 16 integrantes más, la señora Roosevelt elaboró, durante dos años, la propuesta que daría origen a la Declaración. El parto no fue fácil; tuvo que hacerse cerca de 1,400 votaciones, prácticamente para cada una de las palabras y las cláusulas.
Por fin, el 10 de diciembre de 1948, en el Palacio de Chaillot, cuando París dormía (era la medianoche), tuvo lugar la histórica sesión. De los 56 países presentes, 48 votaron a favor (entre ellos el Perú) y 8 se abstuvieron. Estos últimos fueron la Unión Soviética, Arabia Saudita, Unión Sudafricana, Polonia, Yugoslavia, Bielorrusia y Checoslovaquia.
Aprobada la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el señor Evatt, representante de Australia y presidente de la asamblea, dio un breve discurso en el que sentenció: "Millones de personas, hombres, mujeres y niños, de todas las partes del mundo, buscarán en él ayuda, guía e inspiración".
Cuentan que el Palacio de Chaillot retumbó con los aplausos. Sólo unos años antes, Hitler había contemplado París desde ese mismo lugar. Esa noche, sin embargo, las miradas eran otras. Al final del túnel de nuestros conflictos una pequeña luz se vislumbraba.

UNA HISTORIA INCANSABLE

La Declaración no fue, sin embargo, sólo una reacción contra los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Desde muchos siglos atrás, el hombre fue dando grandes enviones en busca de la libertad y de la conquista de sus derechos.
El Código de Hammurabi, por ejemplo, considerado el primer cuerpo legal del que se tiene noticia (data del siglo XVIII antes de Cristo y todavía se conserva en el Museo de Louvre) prohíbe a los poderosos oprimir a los débiles. En el mismo sentido va el "Espejo de Príncipes", texto de escritura cuneiforme del año 1082 a. C. que ordena a los monarcas velar por la felicidad de sus súbditos.
La religión judeo-cristiana, por su parte, también pone lo suyo. Primero con los Diez Mandamientos de Moisés y luego con la aparición de Cristo, esa suerte de revolucionario de la dignidad que abogó por la protección de los débiles y por hacer de la justicia un valor encarnado en la comunidad humana.
Algo similar se puede decir de la democracia ateniense, germen de los actuales modelos democráticos. Pero la existencia de esclavos y la postergación de la mujer hacían que sus avances fueran limitados y no fue sino hasta la Edad Media en que la Carta Magna promulgada en Inglaterra en 1215 cambia las cosas.
Como un lunar en medio de la inmovilista sociedad feudal, dicha Carta obliga al rey Juan sin Tierra a establecer garantías individuales y respetar costumbres. Por primera vez se consagra el derecho a un juicio antes de ser condenado, el derecho a la libertad personal, el derecho de propiedad.
En la misma Inglaterra surgen luego la "Petition of Rights" (1628), el "Acta de Hábeas Corpus" (1679) y el "Bill of Right" o Declaración de Derechos (1689). Dichas doctrinas fueron precursoras de los grandes cambios que, un siglo más tarde, se desatarían en Francia y Estados Unidos.


La Revolución Francesa enarboló principios de dignidad, más tarde recogidos por personajes como Eleanor Roosevelt (izquierda). Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano proclamada en Francia, en 1789. Años antes, George Washington se inspiró en ideas similares.

CIUDADANOS A CARTA CABAL

En efecto, en 1774 estalla en América la guerra de las colonias contra Inglaterra, que se prolongaría hasta 1783. En el ínterin (1776) se produce la Declaración de Virginia, el primer documento de la historia que contiene un catálogo específico de derechos del hombre y el ciudadano.
Finalmente, los colonos ganan la guerra e Inglaterra reconoce, mediante la Paz de Versalles (1783), a los Estados Unidos de América. La nueva y gran nación nace bajo el auspicio de los derechos humanos y en su nueva Constitución, que hasta ahora no cambia, los lleva incorporados.
Otro impulso trascendental a la causa de los derechos humanos ocurre en París, tras las históricas jornadas de 1789. La Revolución Francesa supone el reconocimiento de los derechos individuales, civiles y políticos. El castillo del feudalismo se derrumba con todos sus privilegios y surge una nueva concepción del derecho.
Principios tan famosos como aquel "todo hombre se presume inocente mientras no haya sido declarado culpable" o que "nadie puede ser inquietado por sus opiniones" aparecen en la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Se proclama el 26 de agosto de 1789 y sirvió de pauta para el gran paso de 1948.

LOS OTROS DERECHOS

Lo que ocurre entre 1789 y 1948 explica por qué la Declaración Universal de los Derechos Humanos engloba no sólo los derechos civiles y políticos sino, también, los derechos económicos y sociales. Como escenario de la lucha por los primeros surgen en Europa revoluciones liberales y en América la corriente emancipadora (que culmina en 1824).
Paralelamente, la Revolución Industrial, un movimiento más bien encabezado por las máquinas, va sembrando el germen de nuevas reivindicaciones. El movimiento obrero irrumpe en Europa y Estados Unidos y conmociona al mundo en mayo de 1887, cuando cuatro obreros son ejecutados en Chicago por reclamar su derecho a la jornada de 8 horas.
Se va gestando en ese entonces esa discusión sobre los derechos humanos que aún hoy divide a quienes privilegian los derechos civiles e individuales o los derechos económicos y sociales. Karl Marx dirá, refiriéndose a la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano: "Tras bellas y hermosas palabras se trasluce una realidad que queda reducida a la sórdida exaltación del egoísmo burgués".
La revolución bolchevique rusa de 1917 reclama, por eso, "los derechos del pueblo trabajador y explotado". Y, en breve plazo, cancela algunas libertades individuales, lo que será un baldón con el que hasta ahora cargan los regímenes socialistas que sobreviven.

Los derechos económico-sociales no son fáciles de alcanzar, pero tampoco son renunciables.

UNA NUEVA SINTESIS

Para 1948, luego de la Segunda Guerra Mundial, el mundo ya parece preparado para hacer una primera síntesis de ambos tipos de derechos. Eso es lo que se trata de plasmar en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Conviene examinar la esencia del documento. Se trata de un Preámbulo seguido de 30 artículos. El primero da la pauta inconfundible: "Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros".
A continuación se detallan los derechos a la vida, a la libertad, a la seguridad, al reconocimiento de su personalidad jurídica, a un juicio justo, a circular libremente, a buscar asilo, a una nacionalidad, a la seguridad social, a la libertad de opinión y expresión, a la propiedad individual y colectiva, a la reunión y asociación, a una remuneración equitativa, al descanso. También a "un nivel de vida adecuado".
Se prohíben la tortura, la esclavitud, las detenciones arbitrarias, los destierros, las violaciones a la vida privada, las expropiaciones arbitrarias. Se aspira, además, "al bienestar general en una sociedad democrática" y se proclama el derecho "a que se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades proclamados se hagan plenamente efectivos".
Se puede resumir este gran alegato en favor de la dignidad humana en tres valores esenciales: libertad, igualdad, identidad y bienestar. Y asimismo señalar algunas de sus características.
Son universales, porque no admiten excepción; imprescriptibles, ya que nunca caducan; irrenunciables, en virtud de que uno no puede ni debe renunciar a ellos; inviolables, pues nadie puede subordinarlos ni mediatizarlos.
Otro rasgo definitorio de los derechos humanos es que trascienden a las normas nacionales. Los crímenes de lesa humanidad son crímenes tanto en Sudán como en el Paraguay. Asimismo, todos los derechos de la Declaración son interdependientes y se complementan mutuamente.
Los derechos civiles y políticos dependen de la voluntad del poder de turno de no prohibirlos, en tanto que los económicos y sociales dependen de más factores, internos y externos. Lo cierto, no obstante, es que cualquier sociedad que se respete no puede dejar a sus ciudadanos en la indigencia o permitir que la libertad muera de inanición.

MUNDO VIOLENTO

Desde 1948, los derechos humanos han evolucionado y el devenir del mundo los ha puesto a prueba. No ha vuelto el espanto de una conflagración mundial, pero, de 1945 a la fecha, los conflictos armados han provocado más de 20 millones de víctimas.
La contraparte a esta brutalidad -puesta en escena en lugares como Vietnam, Corea, Indonesia, Centroamérica, etc.- es un fenómeno que, en cierto modo, fue una consecuencia de la Declaración: la extinción del colonialismo sobre todo de Africa y Asia. El derecho a la autodeterminación entró en vigor.
Otro logro -siempre mediatizado por rezagos malignos- es la abolición de la esclavitud y, más recientemente, la desaparición, del apartheid. La derrota final de los segregacionistas de Sudáfrica, en 1994, marcó la lucha de los pueblos y las personas por sus derechos.
Pero el hombre suele ser una especie díscola y en ocasiones cruel. Surgieron nuevas formas de colonialismo y, a falta de guerras mundiales, conflictos étnicos, focalizados, en los cuales el genocidio ha asomado como una macabra práctica (Ruanda y Bosnia-Herzegovina).
El racismo, de otra parte, ha adquirido perfiles distintos. Persisten luchas raciales en Estados Unidos, que rebrotan con frecuencia a raíz de golpizas policiales, y los skin heads y xenófobos de distintas partes se empeñan en hacer de la tolerancia un guiñapo.
Los indígenas de distintas etnias siguen siendo convidados de piedra. Y el terrorismo, tanto estatal como subversivo, no borra aún la terrible huella que ha dejado en algunos países (Chile y Argentina) o continúa rampante en otros (Colombia, Medio Oriente).
Una de las consecuencias terribles de esta situación, según Amnistía Internacional, es que la proporción de civiles muertos en conflictos armados es bastante superior a la que había a comienzos de siglo. Antes fallecían, aproximadamente, el 90 por ciento de soldados, hoy la balanza casi se ha invertido.

INSTRUMENTOS QUE SALVAN

La ONU promulgó, en 1976, el Pacto por los Derechos Civiles y Políticos y el Pacto por los Derechos Económicos y Sociales. Posteriormente se han promulgado la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio de 1948 (que es la que ha permitido el arresto de Pinochet), la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados (1961), la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial (1965).
Asimismo, la Convención sobre la eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (1979), la Convención contra la Tortura (1984) y la Convención de los Derechos del Niño (1989). Seis comités de la ONU supervisan el cumplimiento de estos tratados.
En nuestro continente existen la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, establecida en 1960, y la Corte Interamericana de Derechos Humanos, creada en 1978. La Comisión puede emitir informes, como lo hizo hace poco luego de su visita al país y la Corte acoge casos enviados previo informe de la Comisión.
¿Muchas ramas para tan pocos frutos? Quizás, pero todo este tinglado jurídico no es inútil. María Elena Loayza, por ejemplo, presa injustamente por terrorismo, salió libre gracias a un fallo de la Corte Interamericana.
El mundo sería mucho peor si no existiera y, peor aún, sin los organismos no gubernamentales, actualmente consultados por la ONU y la OEA. Muchas personas lo han comprobado tarde, cuando la desgracia llegó a su puerta y se convencieron de que los derechos humanos no eran una cojudez.

EPILOGO: SIEMPRE ALERTAS.

Actualmente, más de 24 conflictos armados carcomen la dignidad humana en distintas partes, hay 15 millones de refugiados y 25 millones de desplazados en su propia tierra. El hambre amenaza a por lo menos 400 millones de personas y el medio ambiente, cuyo mantenimiento es un deber esencial, siente el efecto de nuestros desvaríos.
En el momento en que esto se escribe, por último, es probable que alguien no encuentre el consuelo de su cuerpo y su alma torturados; que un hombre enfurecido maltrate a su mujer; o que un niño pase un día más sin derecho siquiera a un nombre y una caricia.
En ese mundo vivimos, pero en ese mundo podemos hacer algo. Aunque sea, vivir la locura de creer que el hombre y la mujer tienen una dignidad intrínseca, acaso inexplicable. Que, en el fondo, tenemos derechos justamente porque no nos parecemos a las cucarachas.

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Agradecimiento al Cinu, Unesco, Cancillería, Aprodeh, Cnddhh, Idl y Embajada de Francia.


Héroes Verdaderos
Vidas entregadas totalmente a la lucha por los derechos del hombre, hasta el minuto final.

Martin Luther King: la prisión no doblegó su lucha.

SIN armas, premunidos básicamente de su coraje o su paciencia, algunas personas excepcionales han dado muestras, durante estos 50 años, de lo que es ser consecuente con un ideal.
Martin Luther King, el líder de los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, libró una batalla indoblegable en la década de los 60 e incluso llegó a ser Premio Nobel de la Paz, hasta que cayó asesinado por manos racistas en mayo de 1968.
Por esos mismos años, Nelson Mandela, el hoy presidente sudafricano, pasaba años en prisión sin renunciar a sus convicciones, comprometido en una lucha similar a la de King, sólo que más titánica: tirarse abajo el infame sistema del apartheid.

Gandhi y Nelson Mandela. Dos vidas, dos ideales.

En otro lado del mundo, con similares objetivos y aunque no haya adherido formalmente a la filosofía de los derechos humanos, el Mahatma Gandhi, demostró en este siglo lo que era la humildad y, sobre todo, la determinación para lograr su objetivo de liberar a la India. Murió asesinado el mismo año de la Declaración, en 1948.
Más cercanamente, el 24 de marzo de 1980, monseñor Oscar Arnulfo Romero caía asesinado, todo indica que por paramilitares, en una iglesia de San Salvador, luego de lanzar indignadas homilías contra la ferocidad en la que había caído la guerra civil salvadoreña.
En nuestro país, María Elena Moyano, teniente-alcaldesa del distrito de Villa El Salvador demostró hasta el final su resolución de luchar contra la insania terrorista de Sendero Luminoso. El 8 de mayo de 1992 un atentado dinamitero acabó con su vida.

Monseñor Romero y María Elena Moyano. No murieron en vano.

También puede mencionarse a varios Premios Nobel de la Paz notables, que soportaron incomprensiones y maltratos, como la guatemalteca Rigoberta Menchú, el argentino Adolfo Pérez Esquivel, el judío Elie Wiesel. O la Madre Teresa de Calcuta, infatigable luchadora por los derechos de los más pobres.
Otros muchos, quizá anónimos o no tan conocidos, llevaron su coraje hasta el final, como ellos a pesar de sus contradicciones, pero resueltos a no dejar que se pisotee la dignidad humana.


Entre el Dolor y la Impunidad
Casos y cosas que el Perú no debe olvidar, so pena de perder la brújula de la dignidad humana.

Unas llaves condujeron a la verdad del caso La Cantuta. La persistencia de los familiares también contribuyó. Al final, no obstante, cayó la oscura impunidad.

ENTRE 1980 y 1997, los muertos por la violencia política desatada por Sendero Luminoso y el MRTA, y respondida sin contemplaciones por las fuerzas del orden, ascendieron a 27,882 personas. La "guerra sucia" generada por este conflicto provocó masacres abominables, tanto de uno como del otro bando en pugna.
En 1985, dos masacres perpetradas por el Ejército en Ayacucho marcan un punto de quiebre en la posibilidad de que la represión al terrorismo se llevara dentro del marco de los derechos humanos. En Accomarca y Soccos mueren decenas de campesinos, sin que hasta ahora haya sancionados por los hechos.
Otro caso tristemente notable es el de la masacre perpetrada en El Frontón y Lurigancho el 16 de junio de 1986, mientras se realizaba en Lima la reunión de la Internacional Socialista. Más de 200 presos fueron asesinados a mansalva con el objeto de debelar un motín.

Carlos Enrique Escobar, corajudo fiscal del caso Cayara.

Al año siguiente, el 13 de mayo de 1986, casi coincidiendo con la visita del Papa al Perú, se produce en Cayara, Ayacucho, otra matanza. Las investigaciones realizadas por el corajudo fiscal Carlos Enrique Escobar generan tantas amenazas que el magistrado finalmente tiene que exiliarse en Estados Unidos.
Sendero Luminoso, por su parte, no cesa de asesinar policías, militares, campesinos, ingenieros, dirigentes populares. En julio de 1992 realiza uno de sus atentados más brutales en la calle Tarata de Miraflores, en el cual mueren más de 20 personas.
En esa década aparece también el grupo paramilitar conocido como Colina (Comando de Liberación Nacional) que ejecuta la horrorosa matanza de Barrios Altos (3 de noviembre de 1991) y luego la sonada desaparición de los estudiantes de la Universidad La Cantuta (16 de julio de 1992).
Los hechos fueron investigados y los autores sancionados, pero, como se recuerda, la Ley de Amnistía, promulgada en julio de 1995, anuló toda sentencia y permitió la liberación de éstos y otros muchos responsables de violaciones a los derechos humanos. Finalmente, en los últimos años, durante el segundo gobierno del presidente Fujimori, las violaciones a los derechos humanos han apuntado hacia el Estado de Derecho y a personal de inteligencia. El caso más sonado fue el que acabó con la vida de Mariels Barreto y dejó limitada de por vida a Leonor La Rosa.
A ellos se suman el despojo de la nacionalidad de Baruch Ivcher, la destitución de los magistrados del Tribunal Constitucional, el asedio constante a los periodistas. Amén de los escandalosos casos de "chuponeo" telefónico.
Desde 1980, además, se han denunciado 3,917 detenciones-desapariciones, casi tantas como las del Chile dictatorial. Finalmente, CARETAS nunca olvidará a Hugo Bustíos, su corresponsal en Ayacucho asesinado vilmente en noviembre de 1988. En nombre de él y de todos los demás nos resistimos al olvido.