Julio en Diciembre




Julio en Diciembre
La vida y los éxitos siguen sonriendo, a los 55, al divo de Iberoamérica que visita Lima.

En 1980 Julio Iglesias llenó el Estadio Nacional en Lima, como ha hecho con otras importantes plazas del mundo. En su nueva visita, su vasta hinchada será acogida por el Jockey Plaza.

OFICIALMENTE, el lado malo de Julio Iglesias es el izquierdo. En las sesiones de fotos los clicks vienen de la derecha. En las conferencias de prensa los fotógrafos que se saltan de eje son cordialmente invitados a la otra esquina de la sala. Salvo esa precaución -extremada con las arrugas propias de los 55 y las inevitables pecas de vejentud- Julio es un libro abierto e impecable. Ni le va ni le viene el éxito de su hijo Enrique, ni que éste haya dicho que su padre lo considera poco menos que un patito feo al lado de Chabeli y Julio jr. El senior ha salido ileso de todos los escándalos que le han fabricado -incluyendo más de un hijo no deseado- y no se le han registrado las crisis alcohólicas y otras debilidades endémicas en el gremio de los cantantes populares. Ni siquiera se ha visto asociado, como Sinatra, su modelo anglosajón con quien hizo dueto cantanto "Summer wind", a mafias y orgías libertinas. El parecido de ambos gigantes acaba en el melódico y romántico anacronismo de su voz y figura. Julio Iglesias es record guinness de popularidad -220 millones de álbumes vendidos en lenguas distintas- y sin embargo tiene el perfil inconfundible de un divo reaccionario: obsesivamente formal en su vestimenta cuando comparece en escena, orgullosamente cursi, machista como buen latino y conservador declarado.
Pero millones de fans -sobre todo mujeres de base 3 en adelante- lo redimen a diario de su anacronismo. Lo escuchan con tal mezcla de arrobamiento y respeto que lo han convertido en el primo baladista de los Tres Tenores. Iglesias es un Pavarotti de consultorios y oficinas públicas, un Plácido Domingo enamorando a la fanaticada desde el radio traspapelado en el escritorio o desde el minicomponente oído a través de las puertas de baños y dormitorios. Sin embargo, el culto por Iglesias no llega a extremos, no es chillón ni peculiar. Iglesias pide menos limosna y rituales que otros. Para amar a Juan Gabriel o a Raphael hay que dar ciertas explicaciones -"sí pues, es amanerado, pero sus canciones son fenómenas"- de las que Julio exime a sus hinchas.

Desde 1991, año de su última visita, el Perú no le ha visto el lado bueno. La interpretación es igual de segura, ya sea con sus refritos españoles o con los tangos de su último CD. Las tres décadas que han pasado desde que ganó el Festival de Benidorm con "La vida sigue igual" le dan aplomo en el escenario. El estilo sigue inimitable aunque se resiente cuando ataca el ranking de la actualidad latina: su versión de "La gota fría" tiene la simpatía impostada de un tío atildado en jarana de pobres. Algo así como su aséptico "Bamboleo" o esos tangos donde el resentimiento de macho se convierte en empalagosa seducción. Julio Iglesias es el punto medio de los gustos promedio, un divo para todos los que hayan abandonado las intempestivas modas generacionales y quieren arrobarse con una voz serena y atemporal.
La visita es aparatosa aunque sea el típico llego, canto y me voy al día siguiente. El Hotel Los Delfines le ha reservado su suite presidencial y se ha aprovisionado de pescados y mariscos, la dieta favorita del divo. Cuatro toneladas de backline (tecnología acústica) y 25 personas lo acompañan en el concierto del Jockey. Entre ellas no está su segunda esposa Miranda Rinjsburger y su pequeño hijo Miguel Alejandro. Miranda esta embarazada por segunda vez y prefiere tomar el sol en su nueva casa de Punta Cana en República Dominicana que fatigarse en los aeropuertos latinoamericanos y sonreír a la izquierda de Julio, tapando el lado malo con su espléndida figura. El divo será el astro central, valga la redundancia, en la inauguración oficial del Estudio Astros (ex cine-Diamante). Gisela cotilleará con él y, al día siguiente, por unas cuantas decenas de dólares, los fans podrán mecer los brazos en el aire al ritmo de sus melifluas canciones. (Fernando Vivas).