
Luz Entre Las Sombras
Extraordinario texto en defensa del individuo, en tiempos de oscura desesperanza.
Las celebraciones por el 50 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (10 de diciembre) tuvieron, en nuestro país, ingredientes diversos. La Defensoría del Pueblo lo celebra con un festival artístico en la Plaza San Martín, en donde fue premiado el padre Hubert Lanssiers, ese sacerdote belga que lleva varios años en el Perú y que desde hace varios meses brega por liberar personas injustamente presas por terrorismo. Un día antes, en la Universidad del Pacífico y durante una nueva versión de Intercampus, Lanssiers leyó este "alegato en defensa del indivduo", acaso una de las reflexiones más intensas y comprometidas que, sobre la dignidad humana, se han escuchado en los últimos tiempos.
Mirada serena y profunda lucidez. El sacerdote belga se declara un obsesionado con la dignidad humana.
Lanssiers durante la década del '70 desembarcando en Camboya. Su experiencia en éste y otros lugares templaron su pluma y su carácter.
El problema consiste en saber si el hombre ha muerto o no. Como se preguntaba Malraux, de lo cual Paul Válery le hizo eco diciendo: "Nos habían contado de mundos enteros desaparecidos, de Imperios que se fueron a pique con todos sus hombres y todas sus máquinas, engullidos en el fondo inexplorable de los siglos con sus dioses y sus leyes, sus academias y sus diccionarios. Constatamos ahora que el abismo de la historia es lo bastante inmenso como para contener a todos. Una civilización tiene la misma fragilidad que una vida."
La economía entra en contradicción con la cultura y la democracia parece haber olvidado la advertencia de Queneau: "La meta de toda transformación social es la felicidad de los individuos y no la realización de leyes económicas ineluctables".
Después de la "Revolución de terciopelo" en Praga, Václav Havel se atrevía a afirmar que la Historia y la Moral se reconciliaban, que había llegado la hora de construir esa sociedad basada sobre las virtudes democráticas, en la cual las metas esenciales no serían las ganancias y el poder sino el sentido de la comunidad y el respeto del otro. Efímero instante.
En la misma Europa de Havel estalló la Guerra de Bosnia con sus 140,000 muertos, 70,000 mutilados y 3 millones de refugiados.
Todo esto se parece a un abultado catálogo de cataclismos, que uno puede hojear con mirada distraída. Toma, sí, un sentido desgarrador cuando nos atrevemos a buscar, detrás de las estadísticas, el rostro ensangrentado de cada víctima.
Al contemplar la realidad desde la lejanía de Sirio o Alfa Centauro sólo se distingue los conjuntos y los detalles se disuelven en la masa. Son estos detalles los que hay que contemplar. Es el individuo a quien tenemos que rescatar del anonimato de las categorías que borran su identidad. No soy un entomologista de las ciencias sociales o económicas, sólo pido que éstas reconozcan su vulnerabilidad y tomen conciencia de que son un medio y no un fin.
El neoliberalismo salvaje, nos devuelve a la época de Dickens. Por otra parte, Lionel Jospin, primer ministro de Francia, advierte que hay pocas razones para creer que el socialismo, concebido como modo de producción específico, tenga un porvenir.
Estas constataciones nos invitan a imaginar un modus operandi que tenga como meta primordial el respeto al individuo. Es difícil reconciliar el orden indispensable con un no menos indispensable margen de libertad, pero hay pocas cosas que la humanidad no pueda lograr si no está animada por una pasión lúcida. En suma, es una nueva mentalidad la que tenemos que promover más allá del inmovilismo conservador de la derecha o de la izquierda.
La misma democracia, tan vinculada a los Derechos Humanos, sólo representa la dimensión social de la vida humana y si no está dinamizada por una tensión que la proyecte más allá de los límites de su definición etimológica corre el riesgo de estancarse en una especie de colectivismo. Considerar al hombre como simple elemento de una categoría lo achata y lo asfixia.
Finalmente, lo que pido, no es mucho. Simplemente que todas las instituciones, grandes y pequeñas, nacionales e internacionales, sean un poco más atentas al sufrimiento humano.
Habría que relativizar las grandes visiones estratégicas y practicar la política de lo cotidiano, de los "pasitos" como lo preconiza el nuevo canciller alemán Schroder.
Quizás surgirá un nuevo Prometeo que robará el fuego a los dioses y quizás se levantará en América Latina, este continente lleno de congenialidad y de alegría de vivir, a pesar de todas las circunstancias adversas. Este continente desordenado por cierto, pero no olvidemos que el orden no crea la vida; es la vida la que crea el orden.