Tembló Bagdad




Tembló Bagdad
Nuevamente, desde la cúspide de su poder casi omnímodo, Estados Unidos, en alianza con Inglaterra, se erigió en árbitro de la paz mundial y, saltando olímpicamente por encima de la ONU, desató una lluvia de misiles sobre el Irak del díscolo Saddam Hussein. ¿Existía, en rigor, un riesgo para la región si no se procedía de esa explosiva manera? El asunto tiene todavía muchos cabos sueltos y una sola mecha prendida.

Escribe
RAMIRO ESCOBAR LA CRUZ


AL atardecer del miércoles 16, casi una semana después de que el mundo conmemorara el cincuentenario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos -poniendo a Pinochet como una especie de piñata celebratoria-, las sirenas de alarma sonaron en Bagdad anunciando una nueva noche de los mil y un terrores. Estados Unidos había decidido llenar el aire y la tierra iraquíes con sus misiles Tomahawk, bajo el argumento de que la labor de la ONU resultaba infructosa.
Lo secundaba el Reino Unido, con su laborismo ligth, y lo apoyaban, a prudente distancia pero sin chistar, Alemania, Canadá, Japón, Australia, España y Corea del Sur. En la oposición: Francia, Italia, China y, sobre todo, Rusia, que, acaso en un gesto nostálgico de tiempos imperiales, llamó a consulta a sus embajadores en Londres y Washington.
Luego del fuego desatado, la pregunta que flota, acaso en la atmósfera, es si Saddam Hussein es ese líder apocalíptico que presentan algunos medios masivos y hasta las profecías de Nostradamus. O si las piedras que le pusieron en el camino a los miembros de la UNSCOM (United Nations Specially Comission), encargada de revisar los supuestos arsenales de armas químicas, ameritaban tantas bombas.
Hussein está en el poder desde 1979, luego de que el general Al-Bakr renunciara a su cargo de presidente y él, como vice-presidente, asumiera su lugar. Desde entonces, ha implantado un régimen brutal, emparentado con el stalinismo, con una mano de hierro al alcance para aplastar cualquier disidencia, incluso dentro de su propia familia (recuérdese que, hace unos meses, ordenó asesinar a varios de sus parientes).
Al mismo tiempo, gobierna un territorio poblado por kurdos, sunnitas y chiítas (cada uno con su propia versión del mundo y de la vida), en donde el consenso nunca ha estado a la vuelta de la esquina y en donde su recurso -socorrido, pero hasta ahora hecho efectivo por la fuerza- ha sido erigirse como el símbolo del Estado-Nación. Aunque ello cueste represión y gas mostaza regado en nombre de la estabilidad.
Bajo sus pies, los pozos petroleros cumplen el papel de sostén económico y de fuente de poder para enfrentar innumerables conflictos, como el que, durante 8 años (1980-88), libró con el vecino Irán del Ayatollah Khomeini. En 1991, sin embargo, luego de que invadió Kuwait, aduciendo que había una zona fronteriza no delimitada, comenzó una situación que, hasta ahora, mantiene a su régimen, en la mira atenta de la comunidad internacional.
Irak perdió entonces la Guerra del Golfo (golpeado por Estados Unidos y sus aliados en la operación "Tormenta del Desierto") y tuvo que aceptar las resoluciones de la ONU, que lo conminaban a destruir sus arsenales de armas químicas y biológicas. Además, soporta desde entonces un bloqueo económico y un estricto control sobre sus exportaciones de petróleo.
Se trata, como lo recuerda el doctor Félix Calderón, diplomático peruano experto en desarme, de un país intervenido que, no obstante, se muestra reacio a las inspecciones y controles que le deben hacer. Esto ha hecho que continuamente provoque escaramuzas con la ONU y, con Estados Unidos, con quien se ha generado una relación de odio mutuo que en los últimos meses hizo varias crisis.
La más grave se presentó en noviembre, pero fue resuelta a último momento por Kofi Annan, secretario general de la ONU. Esta vez, empero, las dificultades puestas a los miembros de la UNSCOM para las inspecciones y la actitud, al parecer alarmista, de su jefe, Richard Butler, provocaron que se encendiera la operación "Zorro del Desierto".

La artillería norteamericana despegando en las inmediaciones del Golfo Pérsico. Los misiles destruidos por la UNSCOM (seguido) no atemperaron la desconfianza en Hussein y, al final, provocaron el sufrimiento de un pueblo que vive entre la represión y el temor a la agresión externa.

¿Valía la pena esta cruzada misilera? De acuerdo a Calderón, quien ha participado en numerosas reuniones sobre desarme, hay varios problemas que considerar. Uno de ellos es que se puede controlar, de manera relativamente eficaz, las armas químicas y biológicas almacenadas, mas no así su producción y desarrollo.
Durante la Guerra del Golfo y luego con las inspecciones de la UNSCOM se procedió a destruir almacenes y vehículos de lanzamiento, al punto que hay fotos de cómo se desactivan misiles Scud que poseía Irak. Pero nuevas provisiones de armas químicas se pueden preparar, de manera encubierta, en fábricas de fertilizantes o en industrias farmaceúticas. El control de los insumos es igualmente problemático.
Peor aún ocurre con las armas biológicas, cuya elaboración puede ocurrir en pequeños locales, en ocasiones aprovechando las investigaciones médicas. Si se quiere controlar el cólera, por ejemplo, se tiene que aislar el virus, pero alguna mente siniestra puede abrigar la idea de usarlo con fines militares. No se necesita de un local inmenso para hacerlo.
Ahora bien, debido a los controles de la ONU y a los golpes militares recibidos por Hussein resulta improbable que cuente con un arsenal profuso de estas armas. La sospecha es que ellas están escondidas en los varios palacios presidenciales que, se dice, tiene el dictador, pero es difícil saberlo. Hasta en el patio trasero del palacio principal podría estarse preparando uno de esos cocteles mortales.
Resulta sí evidente que la labor de la UNSCOM no fue infructosa durante 8 años, más aún en el tiempo que estuvo al frente de ella el sueco Rolf Ekeus, a quien se considera más cauto que Butler. Hoy, tras el bombardeo, lo primero que ha surgido es la propuesta de renuncia de este último, y un oscuro pronóstico para inspecciones futuras.
¿Para qué hacerlo, argüirá el gobierno iraquí, si la operación"Zorro del Desierto" ya destruyó lo supuestamente escondido? La consecuencia más próxima podría ser el fortalecimiento de Hussein, su unción como un líder árabe que resiste heroicamente. En el otro lado, sólo existe una oposición incorpórea a su régimen, que no da visos de ser alternativa sólida, por lo menos de momento.
Las Naciones Unidas, entretanto, han quedado relativizadas a un extremo peligroso. Con un Consejo de Seguridad sin poder, dividido. La real politik se ha impuesto, mientras la posibilidad de fabricar gas sarín o esparcir el mortal ébola no ha muerto con las explosiones. Sigue incrustado en las intenciones, aunque no haya recursos.
¿Cuántos muertos hubo? Se fluctúa entre los 73 proclamados oficialmente y los miles denunciados por Tarek Aziz, viceprimer ministro iraquí. La precisión computarizada con la que ahora se lanzan los misiles hace creíble que la operación militar haya sido, en cierto modo, "quirúrgica", aunque, según Calderón, pudo haber un margen de error de 40 por ciento.
En cuestión de vidas humanas, no obstante, contar es una herejía. Bastaría con un muerto para que, más allá de toda consideración política, quede claro que, en esta acción, no hubo ningún zorro sino hombres que fueron nuevamente lobos para el mismo hombre.