
Vecinos de
La Quinta
Quehacer de viejos y recientes moradores de la Quinta Heeren mantiene con vida ese entrañable lugar.
Este 18 de enero, Lima celebrará el 464 aniversario de su fundación. Pese a indudables esfuerzos por recuperar casonas, plazas y balcones, como ha ocurrido en el Centro Histórico, uno de sus barrios más antiguos, los Barrios Altos, espera que autoridades y urbanistas echen a andar sus proyectos. Se podría empezar -como ya se ha pensado- por la Quinta Heeren, espacio singular de la ciudad y en el que aún transitan los fantasmas de la creatividad.
Grover Zevallos,
anfitrión de los artistas que visitaron
la Quinta en sus buenos tiempos.
NO es realmente vecino de la Quinta Heeren, pero por ahí estuvo merodeando hace algunos meses tentado por la espectral belleza del lugar. Tal vez cuando se hagan realidad proyectos que aspiran devolverle su remota prestancia, el historiador Pablo Macera se anime a comprar una casa en los alrededores. Después de todo es su barrio. Los Barrios Altos. Ahí vivió de pequeño y ahí pasa actualmente buena parte de sus días. Le gusta tomar desayuno en los chifas aledaños -en elWa Lok sobre todo- y conoce viejas historias de sus habitantes. El mismo las cuenta:
Pablo Macera y sus hijos en reciente visita a la Quinta Heeren, expresión urbana creada por Oscar Heeren a finales del ochocientos y que reclama pronta recuperación. Derecha: el Chino Domínguez, nuevo vecino.
He vivido de niño en la calle Púlpitos y desde hace 20 años trabajo en el Colegio Real, que fue la primera casa propia que tuvo San Marcos después de pelear con los dominicos. Los Barrios Altos han cambiado mucho. En la época colonial tenían buena fama porque estaban río arriba y no padecían de aguas servidas. Luego cohabitaron viviendas populares y casas grandes; hasta que los dueños de estas últimas desertaron a principios de siglo. Barrios Altos es un lugar de fiestas y fantasmas. Mi abuela me contaba que en la calle Granados, en la azotea vecina a nuestra casa, se oían los gritos de un ex ministro de Hacienda injustamente acusado de ladrón a principios de siglo. El hombre bramaba y la familia, para poder dormir y refrescarle la cabeza, le había hecho un cuarto en la azotea. Después de años lo declararon inocente y sólo entonces pudo morir tranquilo. También, a dos cuadras, cerca del mercado, unas señoritas vivían en la misma casa que construyó su pariente Domingo de la Presa, el fiel amigo de Almagro. Tenían el coraje de seguir usando medias de algodón en pleno verano. Su hermano muy viejo y solterón no tenía vergüenza de ponerse los domingos un sobrepelliz raído para cumplir sus deberes de sacristán honorario de Santa Clara. En los techos los niños y las sirvientas buscaban arañas negras para hacerlas pelear dentro de un lavatorio de fierro enlozado. Quizás las arañas no estaban peleando sino haciendo el amor. Ahora dicen que van a renovar estos Barrios Altos, limpiarlos... Ojalá que no los cambien tanto.
En este palacete se suicidó Kitsutani. La inquilina Yolanda de Muga lo siente cada noche.
Ojalá, repite don Grover Zevallos. El sí es inquilino de la Quinta desde hace 50 años. Hasta su casa llegaban los pintores de todas las épocas -Castillo, Springuett, Sérvulo, Grau, Tilsa- para que él, pintor como ellos, enmarcara sus cuadros. Y es que Grover Zevallos es, sin modestias, el mejor enmarcador que tiene Lima. Sus trabajos están tanto en Palacio de Gobierno como en los museos de la ciudad. Alumno de Bellas Artes y condiscípulo de Tilsa, aprendió el arte de la marquería con el alemán Alfredo Kaitel. En su quimérico taller comparte habilidades con sus hermanos Enrique y Julio, huanuqueños todos. Ahí, en la paz total, como si estuvieran en una huerta de su tierra, serruchan y transforman la madera. Nada perturba su tranquilidad, ni el bullicio de los Barrios Altos, el que no escuchan por estar muy adentro en la Quinta, ni los quejumbrosos penares de Sikiama G. Kitsutani, el comerciante japonés que, a raíz de una infausta quiebra en sus negocios, se hizo el harakiri a principios de siglo en la casa vecina. Penares que, según la restauradora Yolanda Díaz de Muga no la dejan pegar los ojos. Ella habita el palacete (que ahora se desmorona), escenario del trágico suicidio.
La primera plazuela se ha limpiado pero algunos árboles en el interior, donde Manuel Pardo Heeren criaba desde loros hasta pumas, agonizan. Derecha, Pezúa, pintor de la Quinta.
Tras esos testimonios anda el Carlos Chino Domínguez, legendario fotógrafo quien recientemente ha adoptado a la Quinta Heeren como su hogar. Pretende -porque el siglo se acaba y el milenio también- crear en su espectacular aunque medio destartalada vivienda el Palacio de la Imagen. Está apurado en capturar el alma de los limeños que viven en Barrios Altos. Las últimas fotos, asegura él. Pero hay más artistas en la Quinta Heeren, como Jaime Pezúa, alumno de Víctor Humareda y organizador de exposiciones en la casa que fuera de Manuel Pardo Heeren o el escultor Ronald Alván. Todos quieren que la Quinta renazca, que se convierta en un verdadero centro cultural. Que los proyectos se concreten. Como dice Pablo Macera, ojalá. (Teresina Muñoz-Nájar).