Los periodistas que cubren los Balcanes, coinciden en que la guerra en Kosovo estallará pronto. Pero las especulaciones sobre el conflicto han sido desbordadas con la masacre de Racak, el 16 de enero último. La matanza de 45 campesinos ha despertado la condena mundial, y los aviones de la OTAN han encendido motores. De no alcanzarse un verdadero acuerdo de paz, veremos el cierre de este siglo manchado, una vez más, por la sangre de los inocentes. Mariana Sánchez Aizcorbe, una de las pocas periodistas latinas que han recorrido la zona, nos brinda aquí su testimonio.
En Kosovo, a diario, se producen asesinatos selectivos, detenciones arbitrarias, secuestros. La autora de este artículo estuvo en medio de esta tormenta.
EL INFIERNO
La violencia se desencadenó en marzo de 1998, cuando la policía serbia masacró a 24 miembros de una familia junto a 56 aldeanos de la zona de Drenica, 80 kilómetros al sur oeste de Pristina. Para entonces, el Ejército de Liberación de Kosovo (ELK), integrado por yugoslavos de origen albanés, también había perpetrado asesinatos y secuestros y controlaba el 60% del territorio. El armamento que ingresó clandestinamente desde Albania, dos años atrás, y el apoyo financiero de la diáspora albanesa en Suiza, Austria y Alemania fortalecieron el movimiento.
Como intérprete de una misión de observadores americanos, Leonora había visto cadáveres, refugiados, heridos, pero recordaba un día en especial...
"Un diplomático, un experto en asuntos militares y yo llegamos a Komorane, 30 kilómetros al oeste de Pristina. Los policías, tensos y borrachos, no querían dejarnos pasar. Escuchábamos disparos. Más adelante, un grupo de 30 paramilitares nos apuntó con sus rifles y gritó `¿quieren pasar? ¡PASEN!.' De pronto, nuestro blindado estalló. Aun mareada por el impacto, escuché que habíamos pisado una mina antitanques. Cinco horas después, bañados en diesel y sorteando las balas que rozaban nuestras cabezas, fuimos rescatados."
Viejas heridas, nuevas violencias. Los cascos de balas de cañón revelan la actualidad del conflicto.
LA CAUSA
Su relato terminó en la oficina de una ex corresponsal de La Voz de América. "No resistimos la represión serbia. Hace 10 años nos expulsaron de nuestros trabajos, cerraron nuestra universidad". Pero ustedes no quieren pagar impuestos ni participar en las elecciones, ¿cómo van a tener derechos?, pregunté. "Somos dos millones, el 90 por ciento albaneses, queremos decidir nuestro futuro y moriremos si es necesario. No somos yugoslavos, somos kosovares", me respondió.
Hasta 1989, Kosovo y Vojvodina, dos de las provincias que integran la actual República de Serbia, tenían un asiento en el sistema de presidencia rotativa, luego de la muerte de Tito. Compartían el poder con las seis repúblicas (Macedonia, Montenegro, Croacia, Eslovenia, Serbia y Bosnia-Herzegovina) que integraron Yugoslavia hasta 1992. Milosevic les suprimió este derecho.
De pronto, en la oficina donde se cocina un proyecto de estación de radio y en televisión, todo se paralizó. "Es la hora de Marisol" ¿Cómo? Sí, la hora en que los yugoslavos se olvidan del mundo para ver la telenovela mexicana Marisol.
PIEL SUAVE, PIEL DURA
En un territorio en conflicto, un periodista independiente debe tener suerte para que algún colega lo lleve en su jeep, mejor si es blindado. En el centro de prensa del Gran Hotel de Pristina encontraría un equipo de la televisión suiza, con quienes descubriría el rostro de la guerra.
A pesar de la tregua acordada en octubre, las escaramuzas eran constantes y las acreditaciones para salir al campo imprescindibles. La de los serbios en el bolsillo izquierdo, la de los guerrilleros en el derecho.
Partimos hacia Komorane. El jeep tenía, en ambas ventanas, pintadas las letras "TV". Era un "soft skin" o de piel suave, incapaz de parar balas. Los de piel dura, o blindados, tampoco garantizan nada. Son iguales a los de la policía, el blanco preferido de los guerrilleros, y suficientemente pesados como para activar las minas antitanques.
A 15 minutos de Pristina, el campo se tornó desolador. Casas abandonadas con sus paredes y techos perforados. Seguíamos a una agencia humanitaria, una de las 290 que hay en la zona. Dos veces nos hicieron señas mostrando las minas en nuestro camino. Después de todo el ligero "soft skin", tenía sus ventajas.
Una generación más de niños que viven en el torbellino de la guerra. ¿Hasta cuándo?
PRIMER ENCUENTRO
El poderío del ELK, según analistas militares, podría llegar a 20 mil hombres armados con rifles de asalto, cohetes antitanques, morteros y ametralladoras antiaéreas. Además, unos mil mercenarios de Albania, Arabia Saudita, Yemen, Afganistán, Bosnia y Croacia apoyan la causa albanesa.
El "soft skin" abandonó la carretera principal y llegó a un control policial ("bolsillo izquierdo", pensé). Queríamos encontrar a los guerrilleros, pero no imaginamos que estarían tan cerca. A menos de dos kilómetros los divisamos. Cargaban cohetes antitanques. Era evidente que controlaban el territorio.
Revisaron las credenciales (ahora, bolsillo derecho) y uno de ellos nos guió caminando hasta el caserío más cercano. Un traidor instinto de supervivencia me empujó a ir última en la cola, pensando en las minas.
En la aldea, un anciano mostró el contenido de una bolsa de plástico. Eran los huesos calcinados de su hermano, aseguró. Dijo que los había reconocido porque, junto a ellos, halló las llaves de la puerta de su casa
Esa fue la primera de las historias de horror. Siempre contadas entre el calor de estufas, humo de cigarrillos y tragos de slivovitca, un licor de ciruelas más fuerte que el pisco. Después entendimos que muchos relatos eran fabricados, aunque otros eran la pura verdad.
"NO SE TOCA"
Malisevo, 50 kilómetros al sur oeste de Pristina, fue un cuartel de los guerrilleros. Los aldeanos que habían regresado de sus refugios mostraron unos cascos de proyectiles de tanques, abandonados por las tropas. En una estación de gasolina, que había servido como un puesto de ataque, era casi imposible caminar sobre los casquillos de balas. Recordé en ese momento el manual de guerra que me regaló un colega: "…por NINGUN motivo toque el objeto…" Una sensación de terror me recorrió el cuerpo. Detrás de mi pie izquierdo corría un hilo blanco, tensado, hasta un pequeño poste a dos metros de distancia. Muy despacio giré y di un solo paso. Me pareció el paso de la eternidad. Era una mina…
"Qué raro es Kosovo", comentaban algunos periodistas recién llegados en el Tiffany's, donde la comida, la música y las carcajadas, acaso provocadas por slivovitca, parecían borrar, cada noche, las terribles imágenes del día.
Milosevic pronunciando su histórico discurso en la explanada de Kosovo Polje, en 1989. Este sería uno
de los detonantes de la explosiva desintegra- ción que aún amenaza a la ex Yugoslavia. Si el volcán no se apaga, el conflicto podr&iacuute;a a N"Á+_™™ÄõWjiAu°ree;Äv&iís sino a los países vecinos.
DEL HOMBRE, SU
NACIONALISMO Y
PAJAROS NEGROS
Kosovo está plagado de cuervos. Cuervos que vuelan sobre la famosa explanada de Kosovo Polje, donde Milosevic, como jefe del partido comunista, dio un discurso decisivo en 1989. Había caído el Muro de Berlín y el poderío comunista necesitaba un nuevo nombre: Nacionalismo Serbio. Ese día, Milosevic, apelando a la historia, enardecería a miles de serbios que hoy aseguran (en voz baja) arrepentirse de haber creído en él.
Para los serbios Kosovo es la cuna de su civilización (los monasterios ortodoxos más importantes están allí) y el emblema de su orgullo. En 1389, perdieron, frente a los turcos, una batalla. Cuenta la historia que los cuerpos de los combatientes, aún tibios en la explanada, fueron devorados por los cuervos.
TODOS SON VICTIMAS
Un veterano corresponsal de guerra no puede cubrir noticias y sobrevivir sin suerte y prudencia, pero sobre todo con una dosis de locura. Mike O'Connor, del New York Times, tenía todo eso, y un espacio para mi en su jeep.
Ante las denuncias del gobierno de que la tregua servía para que los "terroristas" se reorganizaran, debíamos verificar sus posibilidades de combate.
Las tensiones aumentaban con el paso de las horas. Podujevo, un pueblo de 120 mil habitantes y donde los serbios son minoría, sería un buen termómetro.
"El alcalde serbio está muerto de miedo, dice que están rodeados", dijo Mike. Seguimos el plano que empezaba en la alcaldía. No habían pasado tres minutos cuando un pequeño auto nos adelantó. Sin duda eran guerrilleros.
Seguimos un camino de lodo dentro en la ciudad cuando vimos el control. Unos hombres armados, con uniformes nuevos, walkie talkies y botas brillantes nos detuvieron. Cavaban trincheras. Confirmamos que los guerrilleros estaban a menos de un kilómetro del despacho del alcalde.
"A las cuatro de la tarde cerramos puertas y ventanas. Las niñas no pueden salir a jugar, ya no van a la escuela, quizá tendremos que huir dejando todo atrás", comentó un serbio, dueño de una bodega situada al lado de una estación policial, donde la patrulla se protegía detrás de tanquetas, con chalecos antibalas, sin moverse más allá de cinco cuadras a la redonda.
RULETA RUSA
Cuando la nieve fresca cubre de una sábana blanca las montañas el panorama es más bello y más aterrador. No se puede ver lo que pisan las llantas. Llegamos a una encrucijada: ¿izquiera o derecha? ¿cuál sería el camino minado? "Mejor por la derecha", dijo un intérprete albanés. Sin pensarlo, Mike volteó a la izquierda. Yo me callé y apreté los puños.
Escondida en el monte, en la destruida aldea de Vasiljevo, a 20 kilómetros de Pristina, los campesinos aseguraron que la policía les dispara con frecuencia. Si esto era cierto, las escaramuzas se libraban muy cerca.
Al día siguiente, comíamos una pizza en Pec, una ciudad 80 kilómetros al oeste de Pristina. A tres cuadras, rebeldes armados intentaron liberar a un compañero convaleciente en un hospital y dejaron un baño de sangre. Semanas después, 31 guerrilleros fueron abatidos al cruzar la frontera desde Albania. Un día después, en Pec, guerrilleros asesinaron en un bar a seis jóvenes serbios e hirieron a más de 20. Al poco tiempo, ocurrió la masacre de Racak.
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Ni serbios ni albaneses han respetado el alto al fuego. Y parece que no respetarán ningún acuerdo. Y empezará la guerra. Porque un niño muerto es parte de una cifra más. Porque la independencia o la historia son más importantes que la vida misma. Porque el poder de las armas da la razón. O porque en Kosovo no hay petróleo. Por mil estúpidas razones.