
Por HAROLD FORSYTH
HACE varios meses, escribimos diversos artículos sobre el hombre del siglo en el Perú, tema que reanudaremos más adelante junto con una propuesta respecto a los hechos nacionales que, a nuestro criterio y salvo mejor parecer de los lectores, son distintivos y característicos del siglo que termina y han afectado o modificado nuestra vida significativamente.
Si hablamos de la propuesta de un "hombre del siglo en el Perú" nos referimos indistintamente a un hombre o a una mujer. Pero consideramos pertinente, en esta oportunidad, hacer una referencia explícita a la condición femenina como fuente de reconocimiento público teniendo en cuenta el extraordinario rol desempeñado por la mujer peruana en el siglo que se apresta a concluir.
Un sinnúmero de heroínas anónimas caracterizan nuestro devenir histórico, especialmente aquellas víctimas inocentes de la violencia terrorista y aquellas madres de fortaleza telúrica que han logrado sacar a sus hijos adelante en medio de la miseria. Singularizar a una mujer como la peruana de todos los siglos es una tarea fácil porque la presea recae en Santa Rosa de Lima, indiscutiblemente. Determinar a la peruana del siglo presente es, por el contrario, una tarea muy difícil para la cual solicito el auxilio e interés de los lectores.
Vamos a plantear, a modo de sugerencia, sólo el nombre de tres compatriotas cuyas vidas han tenido influencias decisivas en las nuestras en los últimos casi cien años.
Juana Alarco de Dammert tuvo, según Basadre, una "límpida, fecunda, precursora vida". A pesar de que su obra caritativa se inicia a fines del siglo pasado, es a lo largo de esta centuria que doña Juana traduce en hechos una profunda vocación de compromiso solidario que le abrió a la mujer peruana la opción del servicio social y del asistencialismo como un camino concreto que se manifiesta hoy con extraordinaria fuerza en los comedores populares y en los clubes de madres.
Hoy que la solidaridad parece ser un valor deteriorado en el Perú, el mensaje de la señora Dammert resuena con plena nitidez en nuestro horizonte y pensamos que ella califica ampliamente para el título de la peruana del siglo XX.
María Elena Moyano es la heroína de los humildes y la grandeza de su vida sólo se compara con el impacto de su muerte, la cual significó un corte transversal en la lucha contra el terrorismo homicida y generó una toma de conciencia masiva sobre el valor de la paz y la reconciliación.
Por su origen popular, María Elena es altamente representativa de la nación peruana y de la mujer en un contexto de adversidad. Encarna, asimismo, un conjunto de virtudes cuya trascendencia sólo se ve limitada por el período relativamente corto de la acción de quien fue la más digna activista del pueblo y su mensaje ético, aún no debidamente procesado, la ubica en un lugar prioritario.
La última que proponemos, que es nuestra candidata personal, es alguien cuyo espléndido e incomparable trabajo artístico ha tenido una sólida influencia social en nuestro país, especialmente a lo largo de toda la segunda mitad del siglo, y proyecta su trascendencia en el mundo entero. Su inagotable capacidad creativa puede sólo compararse con su amor por todo lo peruano y es un verdadero símbolo de nuestra cultura.
Por eso, el alcalde de Lima no ha podido tener mejor idea que inaugurar una Gran Alameda de la Cultura y llamarla "Chabuca Granda", alameda cuyas veredas habrán de estremecerse cerca del puente aquel sin cuya evocación los peruanos seríamos incapaces de entender nuestra historia.
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