Caretas 1553: Controversias



Por FERNANDO ROSPIGLIOSI

Falsedades Presidenciales
APROVECHANDO la asunción del mando del comandante (r) Hugo Chávez, el presidente Alberto Fujimori se despachó -como suele hacerlo en sus viajes por Latinoamérica-, defendiendo la reelección indefinida, la disolución y subordinación del Congreso y el autoritarismo político.
Si algunos ingenuos tenían todavía esperanzas que Fujimori no intentaría reelegirse otra vez, deberían desechar toda ilusión. La entrevista publicada por El Nacional de Caracas el domingo pasado y las declaraciones posteriores de Alberto Fujimori ratifican que está convencido de:

  • la superioridad del autoritarismo sobre la democracia: "hay un presidente que utiliza su liderazgo para resolver los problemas que en otros gobiernos de gran forma democrática no pudieron enfrentarse".
  • nadie puede reemplazarlo: los opositores "no tienen una alternativa a este gobierno", "no tienen ni los objetivos claros y, por consiguiente, tampoco poseen los mecanismos para lograr esos objetivos".
  • ha resuelto todos los problemas: el presidente "resolvió el terrorismo", "resolvió la hiperinflación y la enorme deuda externa", "el problema con Ecuador".
  • bajo su firme dirección al Perú le espera un futuro promisorio: "el gobierno tiene éxito", "hay toda una propuesta de medidas reactivadoras", creceremos "en 5.5% en 1999".
    Obviamente quien está convencido de lo anterior y que, además, no cree en la democracia, va a intentar perpetuarse en el poder a como dé lugar. Sin importar, por supuesto, que más del 70% de la población esté en contra de la reelección. Los ciudadanos son, para el gobernante autoritario y sus socios militares, una masa manipulable, cuya opinión no debe ser tomada en serio.
    Por eso las votaciones pueden ser modificadas en las ánforas o las computadoras de la Onpe.
    Para defender lo indefendible -su perpetuación en el poder-, Fujimori recurre a varias falacias. La primera, que la reelección es necesaria por "la continuidad y coherencia de una política gubernamental (...) hay el riesgo de que luego de 4 ó 5 años el siguiente gobierno desande lo avanzado".
    Nótese que ese argumento implica que para que el próximo gobierno no cambie sus supuestos logros, Fujimori no debería abandonar nunca el poder. Así no habría riesgo alguno. De hecho no fija un plazo pasado el cual sus cambios serían "irreversibles", como decían los voceros de la anterior dictadura.
    Precisamente la dictadura militar de 1968-80 es la prueba más clara que las reformas introducidas por la vía autoritaria y por gobiernos que se prolongan mucho en el tiempo -¡doce años!- no son duraderas. Y lo mismo ocurrió con otra dictadura con delirios de refundación del país y la historia, la de Augusto B. Leguía, que duró once años (1919-30).
    En ambos casos, terminaron mal, repudiadas por el pueblo y sus "reformas irreversibles" fueron desmanteladas más temprano que tarde. Lo mismo ocurrirá, previsiblemente, con el actual gobierno. Porque lo peor que puede haber para la continuidad de ciertas políticas no es el cambio de gobierno, como afirma Fujimori, sino la imposición autoritaria de las mismas y la debilidad de las instituciones.
    Si los países desarrollados son tales, no es porque tengan gobernantes perpetuos, sino porque tienen instituciones fuertes, balance de poderes, son democráticos y las políticas se deciden tomando en cuenta los diversos intereses presentes en la sociedad. Eso requiere de negociaciones y transacciones. Algunos obtienen más y otros menos, pero -por lo general- nadie se queda sin nada, ni es aplastado. Eso es lo que permite la continuidad de las políticas y lo que hace que los Estados Unidos, Inglaterra o Francia no vayan dando tumbos como el Perú o cualquier otro país tercermundista.
    En suma, la experiencia peruana muestra, sin lugar a dudas, que la imposición autoritaria no resuelve los problemas y no es perdurable, como sostienen los beneficiarios del autoritarismo.
    El ejemplo supremo que usa Fujimori para tratar de probar que el continuismo es indispensable para resolver los problemas, es el acuerdo con Ecuador, que se logró gracias a la "continuidad en la gestión".
    En el supuesto -no demostrado- que los problemas entre Perú y Ecuador hubieran terminado ¿cómo explicar que durante el gobierno de Fujimori pasaron cinco presidentes en el país vecino? ¿Cómo Ecuador sí pudo tener continuidad en su política cambiando de presidente a un promedio de un año y medio por cada uno? ¿Cómo Jamil Mahuad pudo conseguir la aprobación sin tener mayoría absoluta en un Congreso que no manipula?
    Si quiere justificar su perennización indefinida en el gobierno, Alberto Fujimori debería tratar de buscar mejores argumentos. Aunque en realidad eso es pedirle peras al olmo, porque no existe fundamento razonable alguno, ni en la experiencia peruana ni latinoamericana, para justificar el autoritarismo.

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