¿Y Ahora Quién Soy Yo?
La oposición sufre seria crisis de identidad y para Alberto Fujimori eso no está nada mal.

Escribe
RAUL VARGAS VEGA

NO podía ser de otro modo: el probable lanzamiento a la cabeza de la lista parlamentaria aprista del ex presidente Alan García ha significado un espectacular detonante político.
El expediente más a la mano en estos casos: la descalificación rotunda y estentórea de este personaje que, como querían los griegos, ha padecido ya la sanción lapidaria de casi 10 años de ostracismo. El retorno de AGP a la arena política, sin embargo, es un elemento perturbador que se añade a una preocupante serie de confesiones por parte de la oposición que indican, claramente, una profunda crisis de identidad.
Los partidos, los movimientos y los estados de conciencia reclaman siempre un carnet de identidad. A la manera del corrido, lo que se requiere es decir: yo soy quien soy y no me parezco a nadie.

Alberto Borea: su candidatura despierta reparos, pero él ha iniciado su campaña propia.

En la semana que culmina, se han multiplicado las declaraciones de los políticos de oposición que empezaban por deslindar parecidos y diferencias con sus vecinos, dando por hecho que ya no era suficiente confesarse contrario al fujimorismo, sus partidos de pantalla y sus triquiñuelas sofísticas.
El Apra quiso ser la primera y en su Congreso, de veras, hubo catarsis, radiografía y hasta realismo para juzgarse, pero al final se impuso esa ya desgastante monotonía que se llama el alanismo.
Pese a ello, el Apra alude a una ola mundial que augura el imperio de la social democracia como valladar al liberalismo mondo y salvaje. Su antifujimorismo parece hallar, así, una legitimación en el curso mundial de la política, capaz de levantar una alternativa ideológica, política y práctica.
AGP ha dicho que la oposición local no camina porque se refugia en luchas por temas jurídicos, principistas y etéreos, que no se compadecen con las preocupaciones terrenas del empleo, la exclusión, el ingreso que el liberalismo auspicia irremisiblemente.
Pero ha sucedido más. La gente ha empezado a conjeturar que entre Fujimori y García hay un bizarro pacto no escrito que consiste en que así como el primero lo salvó en 1990 del juicio y la vindicta, el segundo lo hará cuando desde el Congreso en el 2000 le perdone la vida al Chino acosado por las mil y una acusaciones.
El segundo frente opositor que quiere despuntarse es Foro Democrático con dos iniciativas de dispar fortuna. Si la causa del referéndum le dio un espacio, Foro cree que podría continuar arando en el surco democrático llamando a unas primarias unitarias en las que los ciudadanos antiautoritarios expresen varios códigos principistas: la unidad de la oposición, la dignidad democrática del candidato, la transparencia ideológica y ética.
Hasta ahí, el mensaje podría prender en fuerzas juveniles universitarias y en la mesocracia que cree que el Perú requiere ilustración y un mejor destino trabajado por una élite profesional no gobernada por la sola vocación de tendero y mercachifle.
La segunda iniciativa "personal" de lanzarse a esas primarias como candidato presidencial de Alberto Borea Odría despierta reparos. Aún cuando ha aclarado que no es lo mismo Foro que su iniciativa, es difícil borrar la impresión en la gente que, como en la publicidad, se aprovecha el sello de la fábrica y su ubicación en el mercado para impulsar una candidatura, condenando a las primarias a prematura (aunque injusta) involución.

Raúl Diez Canseco (AP) y Alfredo Barnechea (UPP). Pueden unir sus esmirriadas fuerzas.

El otro movimiento que quiere carnetizarse en esta matrícula de identidad es el Popular Cristiano, que también ha reconocido que el predicamento jurídico pesó en la oposición mucho más que la realidad de lo que la gente siente y reclama y de allí su relativa soledad en el conjunto nacional. Ahora quiere ser centro neto (por lo tanto convalidar el marco económico de esta década liberal), y se postula como un continuador de un programa político que requiere cuadros, normalización democrática y buenas maneras pero ningún experimento populista, izquierdizante o de excesivo aliento social. El PPC, en síntesis, bien podría encarnar un fujimorismo sin Fujimori, con su buen humor más.
Apra, Foro, PPC eslabonan por el momento esa cadena de incertidumbre que por algunas semanas dominará a la llamada "oposición". ¿Que ésta es una debilidad que no debiera ser mencionada porque se ayuda a Fujimori, empeñado en demostrar que la oposición lloriquea pero no tiene alternativa?
¿Puede alguien creer que es presentarle alternativas al elector multiplicar el número de candidatos? ¿Y, lo que es peor, escudarse, en que una parte de la oposición (los otros, que no me acompañan) carece de fuerza porque no presta oídos a lo que las masas quieren?
Evidentemente no es fácil declarar o hallar en el camino la propia identidad, especialmente cuando los temas en discusión exigen alta dosis de creatividad y de prudencia que es, en el fondo, lo que el elector está pidiendo como punto de partida. No se mira al pasado ni se lo recuerda bien (he ahí un handicap en contra de AGP), pero tampoco se quiere borrar los diez años transcurridos y en los que los peruanos han dejado regados sangre, sudor y lágrimas.
Se presta poca atención al clamor descentralista (y en ese punto, tanto Federico Salas Guevara, Ketín Vidal -que algún papel jugará en estas justas electorales- como Luis Castañeda Lossio llevan ventaja), creyendo que el tránsito del poder, si lo hay, será materia de una negociación cupular y, por lo tanto, en Lima es donde se jugará el póquer definitivo.

Luis Bedoya en el congreso del PPC. Este puede encarnar un fujimorismo sin Fujimori.

Cuando los instrumentos de la actuación política ya no surten efecto -ni el mitin, ni la marcha, ni la algarada levantisca-, cuando parecen ser sólo los medios de comunicación el vehículo privilegiado, curiosamente los políticos optan una vez más por el camino de la negociación secreta o la estrategia hilvanada entre cuatro paredes y consejeros rasputinescos. Ese podría ser el ejemplo lamentable que suscita la transitoria existencia del consejo directivo de la UPP, del que se dice ora y labora al final de cuentas por un tándem incógnito que encabezan Alfredo Barnechea y Raúl Diez Canseco Terry.
Por eso es tanto o más escandaloso el retorno a la política de AGP, porque por lo menos da la ilusión de que si estuviera suelto en plaza le daría dolores de cabeza y sobresalto al estólido régimen fujimorista. Claro que su mejor gesto sería, como lo ha reclamado Javier Valle Riestra, retornar al país, aún sabiendo que le esperaría la cárcel, para demostrar que quien no la debe no la teme y para convertirse en un héroe civil, que es también lo que está en el fondo del pedido ciudadano de un liderazgo que acabe con el miedo y el siniestro chantaje de los servicios de inteligencia.
Los candidatos de la oposición están demasiado señoritos, cuidan demasiado las formas, cuando el incendio político ya está declarado.
Para que la oposición tenga identidad tiene que ser oposición y abrir los canales a figuras políticas nuevas. Curiosamente quienes han hecho algo de eso son el propio Fujimori, que sacó de espacios inéditos dirigentes y los hizo políticos, y Alberto Andrade, que toma distancia terca de los partidos pero va cuajando el suyo con nuevos cuadros.