Escribe THOMAS BOBERG*

  • Desde que empecé a usar la computadora, me di cuenta que la vida de un hombre podía desaparecer en la pantalla. Cada vez que veía un programa de televisión, fuera bueno o malo, tenía la extraña sensación de que no sólo estaba perdiendo el tiempo, sino que también mi pensamiento se debilitaba. Es una sensación que se ha ido intensificando con los años. Llegué a la conclusión que la televisión en realidad me quitaba la libertad de elegir: los ciento y pico de canales que ofrece el cable son pura ilusión; los réclames son una violencia síquica, un abuso; tampoco soporto las películas dobladas, ni la ridiculez de los talk-shows, los concursos histéricos o las telenovelas inacabables. En vez de los reportajes sensacionalistas de la televisión, prefiero los del periódico (un mal menor). Cuando mi hijo empezó a ver televisión, descubrí la extrema violencia de los dibujos animados. En algunos casos, éstos eran peores que las películas para adultos. Estando convencido de que estos programas no influyen positivamente en el desarrollo de la personalidad de un niño, decidí involucrarme en una ardua tarea: limitar el tiempo frente a ese aparato. Quizás yo también en un principio haya podido pensar que la televisión fuera un invento magnífico. Sin embargo, ahora le he declarado la guerra. Prefiero una pantalla negra y muda para poder distribuir mejor mi propio tiempo y hacer las cosas que me importan.

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    *Poeta danés radicando en Lima.


    Nunca Te Engañé, Primito
    Magaly y Polo Campos en entretelón de verdades.

  • La muerte de Augusto Ferrando trae cola. Después de los homenajes y pésames sentidos que reivindicaron convenidamente y a destiempo su animación y patrocinazgo de diferentes valores y desvalores de la televisión local, su contribución al showbizz peruano sigue siendo tan ambivalente como el famoso "homenaje emboscada" de "Fuego Cruzado" de hace unos años. En él una Magaly Medina de medios escritos podía disparar a discreción en su lucha maniquea contra la insulsamente llamada "chabacanería" --que no es otra cosa que el "kitsch" mal asimilado del más ramplón de los buenos gustos- y desear con militancia una televisión "de nivel". Ahora la asume en Tv. con fresquísima solución de continuidad como evidencia de su apertura de horizonte cultural. El cambio, aunque legítimo, tiene su precio: Magaly ha dejado de ser la víbora a mucha honra de las huachaferías para fungir de tapagoteras de sus propios colmillazos. El develamiento irónico de las bambalinas del espectáculo no fue la mejor estrategia por rating, pero ciertamente la más efectiva en el corto plazo. Vidas privadas tornándose ficcionales en vivo -ya que no se puede hacer otra cosa que sonreír frente a las cámaras- pueden acabar con la última ilusión del televidente ingenuo: creer en el afecto tan sincero de sus preferidos de la pantalla, esos tan galantes que dan ganas de conocerlos. Pero preferible no. El embrollo Medina-Polo Campos es la discusión, finalmente, por la delimitación de niveles de sinceridad o hipocresía. Este que era mi amigo -en la pantalla-, es ahora mi enemigo (en la pantalla), y viceversa (no cuesta nada hacer un recordaris con el vis-a-vis Hildebrandt-Magaly). Pero el juego de cajas chinas cortazariano -cual es la realidad al fin y al cabo- parece una incógnita improcedente en la televisión. Y es lo mejor. Mientras rotacionales figurettis y calabacitas se nos acaban, la Tv. se reconstituye con flojera y aún no se decide ni tímidamente a hacer un poquito de historia. (Luis Aguirre).


    Picotazos
    -"Sin duda ha surgido un nuevo líder de la oposición en el Perú"

    -Nicolás Lúcar en "La revista dominical" hablando sobre Alan García.