Desde que empecé a usar la computadora, me di cuenta que la vida de un hombre podía desaparecer en la pantalla. Cada vez que veía un programa de televisión, fuera bueno o malo, tenía la extraña sensación de que no sólo estaba perdiendo el tiempo, sino que también mi pensamiento se debilitaba. Es una sensación que se ha ido intensificando con los años. Llegué a la conclusión que la televisión en realidad me quitaba la libertad de elegir: los ciento y pico de canales que ofrece el cable son pura ilusión; los réclames son una violencia síquica, un abuso; tampoco soporto las películas dobladas, ni la ridiculez de los talk-shows, los concursos histéricos o las telenovelas inacabables. En vez de los reportajes sensacionalistas de la televisión, prefiero los del periódico (un mal menor). Cuando mi hijo empezó a ver televisión, descubrí la extrema violencia de los dibujos animados. En algunos casos, éstos eran peores que las películas para adultos. Estando convencido de que estos programas no influyen positivamente en el desarrollo de la personalidad de un niño, decidí involucrarme en una ardua tarea: limitar el tiempo frente a ese aparato. Quizás yo también en un principio haya podido pensar que la televisión fuera un invento magnífico. Sin embargo, ahora le he declarado la guerra. Prefiero una pantalla negra y muda para poder distribuir mejor mi propio tiempo y hacer las cosas que me importan.
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*Poeta danés radicando en Lima.
Nunca Te Engañé, Primito
Magaly y Polo Campos en entretelón
de verdades.