¿La Fórmula O La Gente?
Todos hablan de cambiar el modelo económico. ¿Quién se preocupa de cambiar el modelo humano?

Escribe RICHARD WEBB*

UNA vez más las cosas se han puesto difíciles. Y una vez más la solución que se nos ocurre es cambiar el modelo económico. Quizás es hora de reexaminar, más bien, nuestro modelo humano. Creo que los valores, las instituciones y la cultura de un país tiene tanto o más que ver con el progreso económico que los grandes esquemas de política económica.
La honestidad y la responsabilidad, por ejemplo, son la base de un sistema financiero. Mientras más se puede creer en la gente, más crédito financiero puede haber. Y a menor costo, porque el buen pagador no subsidia al mal pagador. Lo mismo sucede al otro lado de la ventanilla. Cada vez que un banquero es irresponsable o aprovechador con el dinero del ahorrista, el público retira sus fondos y el crédito se vuelve escaso y caro. Así, la falta de valores en materia financiera termina siendo uno de los grandes "sobrecostos" del país.
Y, hablando de sobrecostos, ¿cuánto gastamos en protegernos, el uno del otro? En muros, rejas, candados, alarmas, huachimanes, serenazgos, seguros contra el robo, excesos de documentación, auditorías, etc? ¿Y a cuánto asciende el presupuesto de la Policía Nacional?
La "informalidad" -eufemismo peruano para la evasión y el incumplimiento- es otro lastre moral para la economía. Hay varias razones. Primero, la informalidad en gran escala significa que todo empresario está jugando un partido con dos reglas de juego, una oficial, la otra de hecho. De esa forma se complica todo cálculo empresarial, aumenta la inseguridad de los negocios y se desalienta la inversión.
Una segunda consecuencia de la informalidad es que el peso de lo que podríamos definir como la "carga cívica" (impuestos más las múltiples otras obligaciones que la sociedad le impone al empresario, como donaciones, gastos en medio ambiente, gastos para cumplir con normas de seguridad, etc.) se vuelve exageradamente alta para la minoría que sí cumple, atentándose contra el sector más moderno y productivo de la economía.
Un tercer efecto de la informalidad es que padecemos una escasez de "recursos cívicos". Vivimos un desequilibrio: ricos en lo privado, pobres en lo público. El costo se mide no sólo en la calidad de vida -desde la falta de parques hasta la falta de solidaridad social- sino también en el déficit de los gastos colectivos que requiere una economía sana y pujante, como son los gastos en infraestructura, en la investigación, en la protección de los recursos naturales, y en la educación.

También nos perjudica económicamente el no saber trabajar unos con otros. Como en el fútbol, somos talentosos como empresarios individuales pero nos cuesta hacer juego de equipo. En cada actividad es posible encontrar empresas, grandes y chicas, que han entrado en desorganización y desventaja porque los dueños no han sabido ponerse de acuerdo y trabajar como equipo. Otro ejemplo de esta incapacidad es la triste historia del cooperativismo en el Perú.
Tampoco sabemos ahorrar. Al contrario, somos consumistas y dispendiosos. No sorprende, entonces, que apenas empezó a regresar el capital externo hace cinco o seis años el país entero se fue de farra, en una verdadera fiesta del gasto. Es cierto que una parte fue inversión (aunque mucha de ella sobredimensionada), pero mayormente ha sido gasto de consumo, y en cualquier caso, casi todo financiado mediante el endeudamiento, no por el ahorro propio. La moderación y el ahorro durante ese período nos hubieran evitado buena parte de la crisis actual.
Sin ahorro propio no queda más que depender del azar del ahorro externo, receta cuya peligrosidad se ha hecho evidente gracias a la crisis asiática. Es cierto que en el corto plazo el capital externo puede acelerar la inversión, pero a la larga significa no sólo el riesgo de una interrupción del flujo por factores ajenos sino también un crecimiento más lento debido a que una tajada del producto -las utilidades y los intereses- terminan en manos de extranjeros.
Es difícil cambiar la personalidad de una sociedad. ¿Cómo proceder a ser responsables, cumplidores y honestos en el trato económico, colaboradores el uno con el otro, solidarios y ahorrativos? Lamentablemente, es mucho más fácil cambiar el modelo económico que el modelo humano.
Digo lamentable porque ese contraste se combina con otra característica nacional -la proclividad al camino fácil. Cuando empiezan los problemas, buscamos un chivo expiatorio en el ministro de turno y en su "modelo". Ni una palabra sobre la viga propia.
De allí que, si hacemos historia, descubrimos que el verdadero modelo económico del país ha consistido en el cambio continuo en las reglas de juego. En efecto, el único mandamiento al que debe atenerse todo empresario en el Perú es el de asegurarse una suscripción al diario El Peruano, instrumento indispensable para la sobrevivencia donde ninguna regla es segura de un día para otro.
Paradójicamente, si realmente queremos cambiar de modelo económico tendríamos que dejar de cambiarlo.
Dejar en paz a las políticas económicas actuales, además de significar un revolucionario cambio de modelo económico, vendría a constituir un novedoso acto colectivo de fuerza de voluntad. Sería una demostración ante nosotros mismos de que sí es posible cambiar el modelo humano, ejemplo del cual podríamos sacar coraje para atacar otras flaquezas que contribuyen a nuestro subdesarrollo.
Para empezar modestamente, sugiero postergar cualquier cambio en el esquema económico hasta el próximo milenio.

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*Actual presidente del directorio del Banco Latino y ex presidente del BCR.