En su hogar y a salvo de ciertas críticas, Carlos Vidal bajo el influjo de artístico "Ultimo beso de Romeo y Julieta".
Romántico eco de otros tiempos: un beso para contentar a sus señitos.
Así, la expectativa fue en aumento y durante todo este tiempo nadie le advirtió de que su aventura literaria podría traerle consecuencias. Ni la propia Gisela, más allá de una borrosa llamada telefónica a la madre de Vidal, movilizó gestiones o emisarios. Por eso, no pocos piensan que probablemente ella esperó a que las cosas alcanzaran un punto límite para administrar el escándalo.
De esta manera, una vez aparecido el primer volumen de estas nada pecaminosas memorias, la sangre llegó al río.
Si nadie dijo nada, ¿eso no equivale a un consentimiento tácito? preguntamos desde nuestra impericia legal.
A Carlos le brillan los ojos ante esta perspectiva, pero el abogado Camacho Perla, algo escéptico, proclama un lacónico y esperanzador "habrá que ver". Sabe que el camino es largo, pero nada lo arredra en lo que para él será "la madre de todos los procesos".
"El libro no ofende, no causa un daño irreparable y quienes lo han leído se sorprenden al ver que no hay nada truculento, inmoral o pornográfico. ¡Ah, si el futbolista Casaretto hablara!, ¡si Oscar de León hablara!..."
"¡Si yo hablara, doctor!", agrega Carlos.
Excesos aparte, la expectativa en torno al caso es creciente. Por el lado de los demandantes, el abogado Enrique Ghersi (el mismo que en los últimos días fungió de crítico literario y al ser consultado sobre el opus de Vidal exclamó mirando al techo y haciendo girar las muñecas, "Es un texto pues, es un texto") señala, súbitamente inspirado, estar llevando adelante "un caso emblemático". La inexistencia de jurisprudencia previa -similares casos definidos judicialmente- podría generar dudas, pero tanto él como su clienta esbozan una tranquilidad a prueba de balas.
La diva y su escudero legal, Dr. Enrique Ghersi, comenzaron con la tele a su favor.
Gisela ha sido objeto de escarnios y ataques mucho más graves en años anteriores -tanto en prensa escrita como en televisión-, con afirmaciones frente a las cuales el libro de Vidal resulta siendo el `Libro Gordo' de Petete.
En esas ocasiones Gisela no ganó un solo proceso. La vía escogida fue la penal y le significó un agotador derroche de recursos. Hoy su derecho estaría amparado claramente en el artículo 14 del Código Civil, que no admitiría excepciones y donde el bien jurídico tutelado es el derecho a preservar y disponer libremente de su intimidad. Una vía anteriormente no ensayada por la Valcárcel y que en opinión de Ghersi le reportaría su primera victoria en los tribunales. "Aquí no interesa si hay daño o no, aquí lo que interesa es que el derecho a preservar su intimidad le ha sido escamoteado a mi patrocinada y eso no lo vamos a permitir". Esa interpretación sustentará a Ghersi y compañía, en este duelo aparte de titanes verborrágicos y ex diputados que encarnan los abogados, y donde no deja de ser irónico que Camacho enfrente a Ghersi, cuando también enfrenta a la esposa de éste, María Murillo -abogada de Alejandro Guerrero- en el proceso donde representa a la bailarina Rubí Berrocal y que está próximo a ser resuelto.
Al parecer, la polémica se centrará en si lo contado por Vidal corresponde a la esfera íntima sólo de Gisela o si, en la medida de que lo narrado lo tiene a él como protagonista, eso le permite al ex modelo explayarse sobre sus vivencias al lado de la blonda animadora.
Aquí se ingresa en una suerte de "zona intangible" que es la intimidad de las personas, un derecho inobjetable en el caso de individuos comunes, pero que tratándose de personajes públicos que inclusive han comercializado anteriormente sus actos privados, admite excepciones en el ámbito internacional.
Discutido en cuanto al fondo y forma de su trabajo intelectual, Carlos Vidal da los últimos toques a la historia.
En no pocos casos se considera que estos personajes incitan el apetito público, llegando a niveles que muchas veces escapa de su manejo. Ante tal panorama, surgen casos extremos pero de alguna manera justificados por el accionar del propio "perjudicado". Recuérdese el caso de las "biografías no autorizadas", de memorias escritas por personajes públicos en el que se habla de otros (`El Pez en el Agua') y de historias noveladas donde la intimidad quedaba al descubierto (tal como atestigua ese estupendo libro titulado `La Tía Julia y el Escribidor').
Otros casos, como los del cantante Crimson Sinclair aludido por Jaime Bayly, o las evasiones de un arzobispo contadas por Alvaro Vargas Llosa muestran que hay casos y casos.
Si bien con el cambio de siglo la mujer se defiende en tanto independiente y por encima de consideraciones de género, lo ocurrido en Inglaterra con las revelaciones del mayor James Hewitt, apodado ahora "La rata" y quien ventilara sus amoríos con una mujer casada -a la sazón Diana de Gales-, nos muestra que nunca está demás una caballerosidad en su real sentido, es decir, más allá de unos simples labios cerrados.
Quienes han leído el libro -miles por encima de los oficiales 18,000 ejemplares de su primera tirada gracias a la edición pirata (calculada en 25,000 volúmenes) que ha inundado la Av. Javier Prado y alrededores- pagando los 8 soles iniciales, los 10 de su edición bamba o los 20 que costó ayer en la Av. Angamos (para solaz de las señoras que se peinan en Tommy's), se sorprenden del tono amable que Vidal ha impuesto al relato y de lo escrupuloso que es al obviar detalles íntimos de pareja, dejando a más de uno con los crespos hechos.
Feliz sonrisa de otra época; hoy, el enfrentamiento.
"Muchos editores me pedían más morbo, más cama, pero ese no era el propósito del libro y por eso los rechacé", asegura Vidal. La única escena de amor, que titula `La primera vez', adolece de un barroquismo que ingenuamente pretende ser audaz, pero que en nada se acerca a `Memorias de una pulga' o `Las edades de Lulú', por lo que la repetitiva lectura del pasaje, por parte de los adalides del pudor dominical, debía hacer malabares para soslayar este hecho.
Tras el escándalo, muchos se preguntan qué contendrá el frustrado segundo y último tomo de esta saga. A decir del propio Vidal, "básicamente nuestros viajes dentro y fuera del país, nuestros conflictos y peleas ocasionados por otros... nada en lo que ella salga mal parada. Hablo de Guillermo Dávila y de Ricardo Montaner, de cómo lo que entonces se dijo -supuestos affaires de Gisela con ambos- era puro cuento. El tema central es un detrás de cámaras, de cómo es Gisela cuando se apagan las luces... no creo que le afecte porque la verdad no ofende. La historia continúa con nuestras riñas, el enfriamiento de la relación y nuestro rompimiento, y termina conmigo viendo el matrimonio de Gisela por televisión".
¿Habrá más sexo? "Creo que no, ya casi ni me acuerdo... hace tanto que escribí el libro. Lo único que te puedo decir es que con tanto escándalo ya me estoy animando a escribir una tercera parte de la historia".
A estas alturas resulta ocioso recordar las numerosas ocasiones en las cuales muchos de los que hoy se escandalizan se despachaban a sus anchas, tan solo hace unos años, en contra de Gisela. La diva, por su parte, luego de su arduo y sentido road show de fin de semana partió a Miami. No se sabe si tras un sosegado bronceado o para abocarse a un desestresante shopping.
Seis Puntos de Oro
Gisela Valcárcel con histriónica performance en pantallas ajenas.
Gisela y su entonces enamorado Carlos Vidal compartiendo intimidades tras bambalinas. Ella le llevaba tres años y era su jefa, pero ello no impidió que la relación se prolongara por seis temporadas.
DE Carlos Vidal, eventual administrador de discotecas y autor de picotazos (ver página Tv.), no se tienen que esperar gestos juiciosos o elegantes, pero tampoco infamias. En su novelita rosa "La señito" ha omitido cualquier descripción salobre que pudiera herir la sensibilidad de su ex enamorada de seis temporadas -ni siquiera echa una luz sobre sus alós profesionales, sobre sus cálculos faranduleros, sobre otros intereses sentimentales- para darse una licencia sin la cual no había ni editores ni libro: Contar, con pelos y señales pero también con cursi pudor, su primer revolcón sexual con la diva. He ahí el lúbrico meollo del escándalo inflado por la Tv. y por la propia Gisela Valcárcel, que por fin ha encontrado, tras la relativa indiferencia con que la prensa trató su divorcio con Roberto Martínez, la ocasión para figurar in extenso.
La diva en 1998, poco antes de su última aventura televisiva.
Charlando con Mónica Delta o con Alamo Pérez Luna, Gisela confirmaba la vigencia, artículo mortis, de su estilo. La hipocresía histriónica que ya fue destronada como reina de la comunicación televisiva pero ahora se toma su revancha al condenar, con toda la solemnidad dominical que ha merecido el caso (incluyendo a la "Revista" del mismo Nicolás Lúcar que cuando la diva casó con Roberto Martínez le enrostró ex enamorados bastante menos telegénicos que Vidal), a un oportunista inofensivo por contar su vida al lado de la mujer más notoriamente pública del Perú. A estas alturas, la hipocresía cae en demasiadas contradicciones como para salir airosa y, a falta de las argucias liberales a las que echa mano el cínico inteligente (nueva especie a la que Gisela no adhiere), se ampara en las trampas del derecho civil y del moralismo más machista y conservador, ese que faculta a los hombres a hacer lo que quieran con las mujeres mientras no hagan públicas sus aventuras eróticas. A esa doble moral patriarcal apela Gisela cuando se dice mujer de honor mancillado y llama a las ingenuas feministas que nunca faltan a cerrar filas con ella. Vamos, ¿en 1999, qué obsoleta pacatería puede llevar a una mujer hecha a sí misma, a la "luchadora" que hemos descrito en anteriores oportunidades, a la misma que al celebrar su primera década televisiva montó un musical donde cantaba "se escribirán libros sobre mí" ansiosa porque ello ocurra; a poner el grito en el cielo porque su ex enamorado formal afirma que fue sexualmente activa? Gisela se ha convertido en otra mujer, en una modosa, fóbica y apitucada esclava del subdesarrollado mediodía -IBOPE ha dado cuenta de los dramáticos efectos de ese giro sobre el rating- y ha pretendido tejer con sus poses de beatita de la tele, ¡qué lastima!, puntos de oro sobre un pasado desinhibido y sensual del que ninguna mujer segura de sí tendría que avergonzarse. (Fernando Vivas)