La semana pasada, una misión de organismos estadounidenses de derechos humanos llegó al Perú para abogar por un juicio justo para Laurie Berenson, la joven neoyorquina presa en Socabaya, Arequipa, por sus vínculos con el MRTA. El grupo trajo entre sus argumentos una resolución de la ONU, pero días después llegó una persona cuyo mayor argumento en todos estos años ha sido su amor incondicional: Mark Berenson, el padre de Laurie. El, turnándose con su esposa Rhoda, ha viajado ya 29 veces al Perú para ver a su hija y, más allá de la presunción de inocencia de Laurie que sigue levantando, tiene una dura historia que contar.
En uno de los ambientes del aeropuerto internacional Jorge Chávez, Mark Berenson descansa luego de su última visita a Laurie. Para venir continuamente ha tenido que jubilarse y utilizar el dinero de su indemnización.
ESE hombre solo, vestido quizás con demasiado abrigo para la actual estación limeña, no luce desgarbado ni demasiado triste, pero en su barba cana se leen algunas horas de preocupación. Esboza una sonrisa abierta aunque medio nerviosa, como si la resignación le hubiera enseñado a cargar con su cruz sin hundirse en la pena.
Mark Berenson, padre de Laurie Berenson y, para más señas, profesor de estadística en Nueva York (ahora retirado por la fuerza de las circunstancias de su hija), cumple así, en una sala del aeropuerto internacional Jorge Chávez, su enésima visita al Perú. De ello son testigos su pasaporte, sellado decenas de veces por la policía aduanera de nuestro país, y tal vez PROMPERU, al contabilizarlo, sin querer, como uno de los tantos turistas que nos visitan.
Su calvario empezó a fines de 1995, cuando Laurie fue arrestada en Lima por su presunta participación en un plan del MRTA para tomar el Congreso. El 7 de diciembre de ese año, Mark pudo hablar con ella en el local de la DINCOTE de la avenida España. El 11 de diciembre, Rhoda, su esposa, pudo hacer lo mismo. Pero cuando volvieron a Lima, cinco días después de la sentencia a cadena perpetua, producida el 11 de enero de 1996, Laurie ya había sido trasladada al penal de Yanamayo, en Puno.
Durante casi un año no pudieron visitarla, sólo enviarle algunas cartas que, necesariamente, tenían que ser escritas en español. Mark tuvo entonces que comprarse una computadora que le hiciera la traducción y tuvo la mala suerte de toparse con una que no había aprendido bien sus lecciones.
Cuando todo era tranquilidad. Padre e hija disfrutaban de la vida familiar, lejos de locutorios, celdas y tribunales.
La máquina confundía el verbo "hope" (en inglés "esperar" de esperanza, deseo) con el verbo "wait" (en inglés "esperar" referido al tiempo) y en una oportunidad tradujo el buen deseo de un amigo para que Laurie "se encuentre bien del espíritu" en algo así como que "se encuentre en un buen estado espirituoso". Los Berenson soportaron estos desvaríos computarizados hasta que en diciembre de 1996 pudieron visitar a su hija por primera vez en Yanamayo.
La esperanza, sin embargo, se disolvió pronto, como el polvo de las punas. El 17 de diciembre de 1996, un comando del MRTA, con Néstor Cerpa a la cabeza, tomó sin piedad la residencia del embajador japonés Morihisa Aoki y produjo el secuestro que todos conocemos. Una de las consecuencias indirectas del hecho fue la suspensión de las visitas a los presos acusados de terrorismo y una de las afectadas fue, como es obvio, Laurie.
Los Berenson tuvieron entonces que esperar hasta el 30 de junio de 1997, luego de que terminó el secuestro, para verla. A partir de esa fecha, reiniciaron sus visitas a Yanamayo, que sumaron unas 20, y en las cuales le llevaban a su hija ropa, algunos libros, algo de comida y un poco de cariño que podían filtrar a través del locutorio (rejilla que, cual confesionario, permite ver pero no tocar a la persona).
El 7 de octubre de 1998, Laurie fue trasladada al penal de Socabaya, en Arequipa, junto con tres acusadas de terrorismo provenientes del penal de Chorrillos de Lima. Las visitas continuaron, pero el régimen empeoró para ella. De acuerdo con sus padres, estuvo aislada hasta el 30 de enero pasado, en una celda individual y con derecho de patio de apenas una hora por día.
Pacíficos trazos de Laurie hechos en el penal de Socabaya. Papá Berenson cree en la sinceridad y ternura de ellos.
Mark, por afán tal vez poco delicado de este cronista, sigue haciendo estos cálculos estadísticos dolorosos, que describen la ecuación de su tragedia familiar. En la soledad dominguera de este aeropuerto se suma ahora un punto negro más, encarnado en una mujer extraña, indescifrable, que se filtra en nuestra conversación sin pasaporte alguno y con ínfulas mandonas: "Apúrale, que yo también quiero hablar con el señor", dice.
Pero el señor no quiere. Ni yo tampoco. Pero nos vamos a la parte baja y ella nos sigue. Pero le pido su carné de periodista y no me lo enseña. Ah, pequeño detalle. Parece que mister Berenson cuando llega al Perú no está solo. Parece que lo siguen por si acaso, aunque él sólo sea un profesor de estadística, que quisiera terminar de contar los días tortuosos que vive y que no entiende aún cómo, ni cuándo, ni por qué es que su hija protagoniza esta historia sin medida ni clemencia (Ramiro Escobar).