El vicepresidente Argaña ha caído víctima de la lucha interna en el partido creado por el general Stroessner para sostener sus 35 años de cruel dictadura.
EL asesinato del vicepresidente del Paraguay Luis María Argaña, en vísperas de la probable destitución del presidente de ese país, Raúl Cubas Grau, encierra varias lecciones sobre la violencia en América Latina, una región en la cual, con matices y decibeles distintos, de nuevo se escucha ruido de sables.
Un mal endémico acá es el excesivo peso de los militares en la política. He ahí la primera lección.
Otra moraleja es que en muchos de nuestros países ser presidente o candidato a la presidencia o a la vicepresidencia de la República resulta una invitación al balazo.
Ayer miércoles 24 de marzo, por ejemplo, se cumplieron cinco años del asesinato de Luis Donaldo Colosio, candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) de México a la primera magistratura. El 26 de abril de 1989, hace casi diez años, fue asesinado Carlos Pizarro, candidato del M-19 a la presidencia de Colombia. Ese movimiento, como se recordará, había renunciado a una prolongada lucha armada y se había avenido a la paz. Poco después, el 18 de agosto de 1989, fue ultimado otro candidato presidencial colombiano, Luis Carlos Galán, líder del Partido Liberal, quien gozaba de gran simpatía popular. Hasta hoy no se ha esclarecido el crimen.
El vicepresidente paraguayo ha caído víctima de una conjura política que se podría llamar transparente. Era el jefe de una facción dentro del gobernante Partido Colorado que se oponía al presidente Cubas y al mentor de éste, el general en retiro Lino Oviedo. Había formado un movimiento denominado Reconciliación Colorada, orientado por partidarios del general Alfredo Stroessner, que durante 35 años, de 1954 a 1989, ejerció una despiadada dictadura.
En esa época, el abogado Argaña presidió la Corte Suprema, nombrado directamente por el dictador. Desde ese puesto, aplicó la vara de la ley a los opositores y contribuyó a la clausura del diario "ABC Color". Derrocado Stroessner por su yerno el general Andrés Rodríguez, el Dr. Argaña siguió en altos cargos de gobierno.
Golpista general Oviedo: todos, hasta sus colaboradores de ayer, lo sindican como autor intelectual del magnicidio que eliminó a su rival.
En realidad, el Partido Colorado, herencia de Stroessner (hoy refugiado en Paraguay) hace y deshace en el país. Lo que ocurrió últimamente es que las ambiciones (y los intereses) del general Oviedo sembraron la cizaña en la organización.
Primero, al intentar un golpe contra el anterior presidente Juan Carlos Wasmosy. En ese momento se echaron las raíces de la discordia. En las elecciones de 1998, Argaña llegó a la vicepresidencia un poco por la tangente. En las primarias internas del Partido Colorado había triunfado la fórmula Oviedo-Cubas, pero poco antes del voto Oviedo fue sentenciado por la Corte Suprema debido a su golpe fallido. Fue encarcelado. Cubas se postuló, entonces, a la presidencia, y Argaña a la vicepresidencia. Ambos se comprometieron, durante la campaña electoral, a liberar a Oviedo.
Después, Argaña empezó a encabezar una oposición a la dupla Cubas-Oviedo. Incluso, en alianza con sectores de oposición había planteado juicio político para la destitución del presidente Cubas. Entre otras cosas, por haber liberado a Oviedo.
¿Pero es posible la destitución del presidente por el Congreso? Sí, si es que se consolida un acuerdo con la minoría parlamentaria formada por el Partido Liberal Radical Auténtico y el Encuentro Nacional (de tendencia socialdemócrata este último).
La fecha del impeachment del mandatario estaba prevista: el 7 de abril. También sobre destitución de presidentes por el Congreso hay antecedentes en nuestra América: Fernando Color de Mello en Brasil, Carlos Andrés Pérez en Venezuela y Abdalá Bucaram en Ecuador.
Si Cubas era destituido, entonces Argaña ocuparía la presidencia. Eso era algo que el general Oviedo no podía soportar; él, que, por lo menos hasta antes del magnicidio, contaba con amplio respaldo popular e inmenso influjo en las fuerzas armadas.
Eso es lo que explica por qué los partidarios de Argaña no han vacilado en culpar a Cubas y Oviedo de ser los fautores del homicidio. Cubas ha rechazado la acusación. Oviedo procedió a esconderse.
Cuatro balazos en el corazón mataron a Argaña. El auto muestra huellas del feroz ataque.
Cubas ha llegado al extremo de nombrar ministro del Interior a su hermano Carlos Cubas, argañista de corazón, en vista de que el titular había renunciado.
Alberto Planás, dirigente del movimiento de Argaña, ha denunciado que el general Oviedo se reunió hace unos días, en la frontera con Brasil, con el empresario Fahd Yanil, vinculado con el narcotráfico, para presuntamente contratar sicarios. A Yanil se le relaciona también con el asesinato, tiempo atrás, del periodista Santiago Leguizamon.
El telón de fondo es el vínculo de muchos militares con el narcotráfico y el contrabando. El 2 de junio del año pasado, Bernardo Pericás Netto, embajador del Brasil en Asunción, declaró que "en Ciudad del Este, fronteriza con Argentina y Brasil, se lavan anualmente ocho mil millones de dólares resultantes de actividades delictivas como el tráfico de drogas y de armas, y todo tipo de contrabando, por lo general proveniente de Brasil".
Todo ello ocurre en un país donde el Partido Colorado, el partido del dictador Stroessner tiene gran fuerza, y donde los ciudadanos, después de 35 años de dictadura, parecen vivir aún en una suerte de sonambulismo cívico. ¿Transición democrática? Ninguno de los coloradismos se muestra interesado en esa novedad.
El magnicidio cometido en Paraguay, condenable en sí, preocupa más porque en países como Chile, Ecuador y Perú ciertos mandos militares están poseídos, en distintos grados, por la idea, ya descalificada por la historia, de que los tanques y los aviones son los llamados a definir el destino colectivo.