El Premio A Caretas
La Coordinadora Nacional de Derechos Humanos distinguió a la revista en el Cincuentenario de la Declaración Universal.

1999 Enrique Zileri Gibson recibe, en nombre de colegas presentes y pasados de la revista, la singular distinción. Ernesto de la Jara de IDL, hijo de José María de la Jara y Ureta, antiguo colaborador, hizo la presentación.

CARETAS nació en octubre de 1950, un año y medio después de la suscripción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero, como es de suponer, vio la luz sin falsas ilusiones.
El golpe del general Odría se había consumado trece días antes de la firma de la convención en París, lo cual provocó la renuncia inmediata del jefe de la delegación peruana, el ex canciller Enrique García Sayán, y de varios otros diplomáticos comprometidos con la democracia.
El régimen de la llamada Restauración Nacional los exilió en el acto, les prohibió volver al país durante años, y acentuó la represión, pero como tantas otras dictaduras en el mundo, firmó de todas maneras el tratado y juró con cara de palo respetar los derechos humanos.
CARETAS debutó así navegando en el mar de cinismo y burla que separa el texto de los convenios de la acción de los gobiernos, y desde entonces viene remando para que los 30 artículos de la Declaración Universal sean respetados.

SINGULAR HONOR

Al ser tan honrada CARETAS la semana pasada con el Premio Nacional al Periodismo y los Derechos Humanos 1998 -que corresponde al cincuentenario- el homenaje de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos distingue a los colegas que en el presente y en el pasado se han mantenido fieles a la causa de la democracia y de la prensa libre en esta revista.
Algunos, como Hugo Bustíos, pagaron con su vida, y otros, como Gustavo Gorriti, Fernando Rospigliosi y Cecilia Valenzuela, con amenazas, detenciones y múltiples presiones.
CARETAS en esta ocasión no pretende mencionar a todos los combatientes ni enumerar todas las batallas. Esta es un publicación que ha sido clausurada seis veces, pero si intentamos inventariar deportaciones, juicios, ediciones requisadas y otras dificultades será la de nunca acabar.
Que basten algunos brochazos de color -aunque el color sea oscuro.
César Lévano, por ejemplo, escribió su primer artículo en CARETAS en enero de 1956 al cual tituló `Tres años de cárcel', porque esos fueron los que acababa de pasar en El Frontón.
César Hildebrandt llegó de 23 años a CARETAS y de inmediato se convirtió en una estrella al entrevistar al temible `Búfalo' Pacheco. Todavía nadie se explica por qué no fue masacrado después de publicar el reportaje.
Carátulas con temas y títulos como `Volvió el circo' (referida al retorno de Prado en 1956) y `¡Mamita, Artola!' (comentando el debut del ministro del Interior del velascato en 1968) provocaron "reacciones adversas". Es un milagro que CARETAS las sobreviviera.

1979 Cuatro periodistas se encerraron en la capilla de Pizarro en la Catedral en marzo de ese año. Son Julio Cabrera, de Equis X; Jorge Castro de los Ríos, presidente de la FPP, Jorge Flores Lama, de Marka; y Zileri, de CARETAS.

La sátira ha sido y es parte del estilo de la revista, y cómplice de sus problemas, pero el buen humor es también un arma defensiva y una forma de barajar la vicisitudes con una sonrisa -aunque la dentadura a veces no esté completa.
Tomemos por ejemplo las huelgas de hambre de 1979, hace exactamente 20 años.
En enero de 1979 el gobierno de Morales Bermúdez decidió suspender la publicación de nueve revistas, incluyendo CARETAS. Dado que los diarios, la televisión y las cadenas radiales estaban tomadas por el Estado, quedaban muy pocos medios de comunicación.
Después de semanas de inútiles gestiones con el Sistema Nacional de Informaciones, CARETAS se confabuló con otros colegas para hacer una huelga de hambre que llamara la atención, aquí y en el exterior. Lugar escogido: la capilla de Francisco Pizarro en la Catedral de Lima.
Este es el relato que escribió Enrique Zileri Gibson en CARETAS 554 del 23 de mayo de 1979 bajo el título `Cocinando una huelga de hambre':
Fue a mediados de marzo que me cité con Jorge Castro de los Ríos en la fuente de Todos, frente al "zanjón", en San Isidro. Y cuando vi entrar al presidente de la Federación de Periodistas del Perú en su terno arrugado, sin corbata, con cara de mal cierre y más esmirriado que nunca, pensé: éste está bueno para la huelga.
SIN PESTAÑAR. Se la propuse de inmediato. Vamos a encerrarnos en una capilla de la Catedral, le dije, iniciar una huelga de hambre, hacer un escándalo. Queremos que estés con nosotros, para subrayar las características gremiales de la protesta. Ya llevamos dos meses de clausura. Diría que Jorge asintió sin pestañear una sola vez. Trabajaba en Gente, revista que prefiere ignorar este tipo de problemas, pero él, antes de haber tomado su primer sorbo de café, ya se había comprado el pleito.
La idea de hacer algo dramático para protestar por la clausura de las revistas surgió poco a poco. Las reuniones se iniciaron en el departamento de Alfonso Baella, el director, propietario, redactor único y diagramador de El Tiempo.
Allí conocí a Oscar Dancourt, el jefe de redacción de Amauta, intelectual de izquierda con aspecto de futbolista argentino después de angustioso partido. Gran muchacho.
Más importante aún fue la presencia de Julio Cabrera de Equis X y de Jorge Flores, de Marka. Con ellos se iniciaron las acciones más importantes.
Al principio se nos ocurrió enviar denuncias a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA y a su equivalente en la ONU, y convocamos una conferencia de prensa.
Todos los colegas de las agencias noticiosas se hicieron presentes y mandaron sus cables, pero Nicolás Asheshov, el acriollado inglés del Lima Times, Andean Report, y de varios diarios y revistas europeos y norteamericanos, con los que trabaja como corresponsal, me llamó por teléfono.
Mira, me dijo, esto no lo va a publicar nadie allá. Es muy aburrido. Si quieren que salga algo en Francia, por ejemplo, escríbanle una carta a Pompidou.
Pompidou está muerto, le respondí algo irritado.
¡Tanto mejor! Y me colgó.
Tenía razón, por supuesto. Aunque eventualmente nos respondió Edmundo Vargas Carreño, el secretario ejecutivo de la Comisión de la OEA, era necesario hacer algo más efectivo e inmediato.
Y así surgió la decisión de iniciar una huelga de hambre en la Catedral de Lima.
Yo compré la cadena y los candados en la ferretería La Sirena de Miraflores, y comprobé con satisfacción que cortar el trozo requerido fue materia de una sudorosa hora en la que se emplearon cizalla, combo y cincel.
Jorge Flores se encargó de pintar un cartel de tela que decía "¡Abajo la mordaza!".
Julio Cabrera confeccionó los volantes y Jorge Castro de los Ríos trajo caramelos, pañuelos, etc.*
Baella, finalmente, congregó a los corresponsales extranjeros y a la poca prensa amiga nacional (que quedaba) en el café D'Onofrio del Pasaje Olaya, sin dar explicaciones.
GRUPO PLURAL. Formábamos, creímos, un grupo adecuadamente plural. Jorge Flores es, digamos, un periodista marxista-leninista unitario que cree en la posibilidad de formar un frente de izquierdas. Julio Cabrera dirige una revista de orientación trotskista, mientras que Baella se autocalifica de derechista, capitalista ¿y qué?
Jorge Castro de los Ríos, que fue incluido a sugerencia de Cabrera, es más centrista, y nosotros en CARETAS creemos estar en el centro-izquierda.
Los confabulados nos citamos, finalmente, en las oficinas de CARETAS a mediodía del lunes 19 de marzo. Debíamos estar en la Catedral a la una, cuando las fanfarrias del cambio de guardia en Palacio distraen la atención de turistas y policías.
Todo funcionó como por reloj. Pedimos al guardián que cobra la entrada a la capilla de Pizarro que se retirara, para "hacer una filmación''. El muchacho salió y nos vio encadenar la puerta con inocente curiosidad, pero se puso furioso cuando llegó Baella con el tropel de periodistas, avisados por Alvaro Rojas y Manuel Tarazona de CARETAS, quienes actuaron de "campanas".
Y así, amordazados y enjaulados simbólicamente, comenzó el espectáculo. El resto es más conocido. En tiritas y trocitos, el asunto ha sido difundido, sobre todo, por las radios que quedan libres. Y en el exterior, la insólita huelga de hambre de los periodistas peruanos ha sido cubierta con amplitud.

1968 Doris Gibson durante la primera clausura de CARETAS por el velascato.

IMAGENES ADICIONALES:

-El constituyente de la UDP Javier Diez Canseco, uno de los pocos que llegaron a entrar a la ya clausurada y oscurecida Catedral a través del cordón policial, nos susurra desde el otro lado de la reja:
"Oscar Dancourt quiere plegarse. ¿Cómo hacemos?". Todos miramos impotentes los gruesos muros de nuestra iglesia matriz.
-La joven Juez de Turno aparece poco antes de las doce de la noche y, visiblemente nerviosa, ordena a gritos que abramos la reja. Le decimos que no tenemos las llaves de los candados. El constituyente del PPC Federico Tovar, quien nos apoya a través de todo el proceso, congratula sarcásticamente a la Juez por la celeridad con que cumple la diligencia.
EL ARCHIPIELAGO. Castro de los Ríos recuerda un episodio de `El Archipiélago de Goulag', en el que los presos encuentran los restos de un mamut y se lo comen, y luego mira hacia los restos del supuesto Pizarro. Llevamos ya diez horas encerrados.
Decenas de investigadores finalmente se materializan al otro lado de la reja, mientras un muchacho colorado y fornido se sube sobre una mesa y con una gigantesca cizalla corta la famosa cadena en menos de un minuto. Nos quedamos con la boca abierta. Los PIPs se agarran de la mano como jugando, forman una cadena humana y nos arrean hacia las ambulancias. No hay violencias.
Al salir hacia la calle en uno de los vehículos con Julio Cabrera y seis policías, trato de correr una de las ventanillas de vidrio esmerilado para saludar a los amigos (que en centenares se agolpan afuera). Varios brazos me inmovilizan y en el forcejeo Julio logra abrir su costado y sacar la mano. Se le tiran encima y un gordo con cara de matón está a punto de encajarle una trompada. Pero quien parece ser el superior se lo impide y grita ¡calma, carajo, calma! Después de algunas cuadras, todos terminamos jadeantes y sintiéndonos un poco ridículos.
El viaje terminó en el Hospital de Policía, de donde nos soltaron después de una noche entre presos lastimeros frente a un chifa de la avenida Brasil. Pero los cuatro huelguistas resistimos heroicamente toda tentación y así como estábamos nos constituimos en el Palacio Legislativos, donde los directivos de la Asamblea Constituyente decidieron darnos albergue en lo que era entonces la biblioteca. Y allí acampamos una semana. De cómo terminó ese primer episodio y comenzó la segunda y prolongada huelga de hambre en abril de 1979 CARETAS dará cuenta en la próxima edición.
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* Un detalle logístico que no se incluyó en el artículo original: también llevamos globos de carnaval. ¿Para qué? Capillas como las de Pizarro no tienen servicios higiénicos.