Desde el histórico 18 de julio de 1977 no se había producido una movilización tan amplia, que logró superar divisiones y diferencias, en condiciones muy distintas a las de aquel año: hoy, los sindicatos y partidos no se encuentran en su mejor instante. Sin embargo, el clamor de los bolsillos y la protesta contra el centralismo y el autoritarismo realizaron el milagro de movilizar en los centros neurálgicos del país a grandes sectores de ciudadanos: gremios, frentes regionales, municipios, intelectuales y artistas, empresarios, jubilados y mujeres, estudiantes y desocupados.
Los beneficiarios del Banco de Materiales, pobres del sector D, ocuparon la Plaza Mayor durante
48 horas.
AL momento de cerrar edición, nos noticiaban que los alcaldes de Comas y San Martín de Porres, en el cono norte de Lima, baluartes otrora de las protestas (ver historia en nota aparte), se desplazaban con sus falanges de activistas para bloquear pistas de sus distritos.
En ambos casos se trata de burgomaestres de Somos Perú, el partido del alcalde de Lima, Alberto Andrade.
Al mismo tiempo se nos informaba que piquetes apristas habían madrugado para entrar en acción en San Juan de Miraflores, en el cono sur.
Horas antes, la noche del martes, en la Plaza Mayor de la capital, frente a las oficinas de CARETAS, habíamos presenciado algo que pretendía ser una manifestación de apoyo al paro, con vigilia de mujer incluida. Al final resultaba un caos y estaba lejos de ser masivo.
Consignas notoriamente improvisadas, denuncias mínimas y proclamas máximas, canciones protesta e himno nacional, intempestivamente entonado a las 11.30 de la noche, al parecer porque se había agotado el repertorio de canciones e intérpretes: en suma, un desorden magnífico frente a Palacio, donde en esos mismos momentos el presidente Alberto Fujimori cenaba con la reina Sofía de España.
Era natural que eso ocurriera. El paro, que fue ganando los apoyos más diversos en todo el país, resultó por eso mismo una confluencia de demandas y movimientos heterogéneos, que enarbolaban una abigarrada lista de lavandería más que un conjunto coherente y orgánico de demandas.
En eso consistían la grandeza y la debilidad de un paro, que tuvo la virtud de ganar el apoyo no sólo de las más diversas organizaciones sindicales, sino también de partidos diversos (Somos Perú, PPC, Apra, Democracia y Solidaridad y Solidaridad Nacional, el flamante movimiento de Luis Castañeda Lossio), así como de frentes regionales, municipios, intelectuales y artistas, gremios profesionales y hasta sectores de empresarios.
A la hora en que escribimos es imposible hacer un balance de la acción, pero ya resulta evidente que el paro respondió en cierta medida a la expectativa de sus organizadores y auspiciadores, aunque era imposible que llegara a los niveles de masividad y energía de las paralizaciones que se efectuaron en los últimos años del gobierno militar. Entre otras cosas porque la actividad fabril, en otros tiempos motor de los paros, se ha convertido en una miniatura por obra de la política económica que nos rige.
Los 145 mil trabajadores sindicalizados del sector privado que existían en Lima en 1990, se redujeron a 35 mil en 1996, y a un número mucho menor en la actualidad. En el sector público la cosa es más grave. En su mejor momento se llegó a contabilizar 600 mil trabajadores en este sector, de los cuales 360 mil se ubicaban en Lima. Hoy, en cambio, los afiliados en la capital suman unos 30 mil.
Además, el régimen de Fujimori había tomado iniciativas diversas para salirle al frente a la medida de fuerza: promesa de no privatizar la hidroeléctrica de Machu Picchu, elevación de las pensiones de los jubilados, rebaja de los derechos de admisión en las universidades del Estado, etc.
Pese a eso, la adhesión del paro seguía creciendo, en particular en provincias. Cusco y Arequipa habían sido, durante las últimas semanas, escenario de caudalosas manifestaciones con demandas descentralistas, que resultan cada vez más intensas y justificadas.
Fujimori no había calculado la magnitud del descontento que se estaba acumulando.
CONTRA EL DESORDEN
Un hecho digno de destacar, para las consiguientes deducciones -según el cristal con que se mire- es que en los dos días previos al paro, en la Plaza Mayor no hubo ni el menor signo de cautela. Ningún despliegue policial, ni una sola tanqueta. Sólo a las cuatro de la madrugada, soldados de seguridad obligaron a sacar pancartas de las rejas de Palacio.
Durante los últimos días, tanto los dirigentes de la CGTP como el alcalde Andrade habían insistido, al igual que diversos líderes políticos, en la necesidad de que el paro se realizara sin violencia y sin perjuicio de la propiedad. Incluso, habían alertado contra la posibilidad de que infiltrados quisieran incitar al desorden.
El martes 27, al mediodía, en una breve conferencia de prensa, el alcalde Andrade, acompañado de seis burgomaestres de su organización, había anunciado que Somos Perú participaría en el paro cívico. "Pero sin violencias", precisó. "No la admitimos ni la permitiremos". "Se trata de un reclamo justo de los peruanos, para que el gobierno deje de ser autista y escuche a todos los peruanos, porque hasta ahora sólo se escucha a sí mismo".
Mientras se desarrollaba la conferencia, en las afueras del local de Vamos Perú, en la cuadra 39 de la avenida Arequipa, una veintena de jóvenes -de entre 17 y 25 años-, dotados sin duda de especial olfato político, coreaban, pancartas en mano, "¡Andrade, candidato pituco!", ¡"Andrade, el pueblo te repudia!". Esto dio lugar a que el alcalde dijera que se trataba de una orquesta pagada por el SIN.
¿AHORA QUE Y HACIA DONDE?
El movido paro del 18 de julio de 1977 fue un factor decisivo en la política del gobierno de facto. Cien días después, el gobierno del general Francisco Morales Bermúdez convocaba, con fecha 31 de octubre de 1977, a elecciones a Asamblea Constituyente.
Conviene precisar que antes de la paralización de julio de ese año se habían producido en diversos lugares del país represiones violentas, con saldo de muertes. El malestar cundía, a pesar de que, al final del régimen, hubo un boom de las exportaciones de plata. Gracias a dos hermanos especuladores estadounidenses, el metal había alcanzado cotizaciones altísimas en el mercado mundial.
Otro factor es que el propio Morales Bermúdez, interpretando el sentir de un sector de las fuerzas armadas, consideraba que éstas habían sufrido un rudo desgaste en el poder. Es probable que el paro y otras manifestaciones del descontento, incluidas las del periodismo, lo ayudaran a emprender el camino de la transición a la democracia.
El panorama de hoy es distinto en la cúspide del poder. Fujimori no parece dispuesto a ninguna transición. En los sectores sociales, en cambio, hay un factor que se conjugó en el paro: la recesión, la sequía en los bolsillos.
No estamos aún en condiciones de formular un balance del paro. Pero lo que sí se puede decir es que éste pasó una amplia factura al régimen y oxigenó a la oposición en su conjunto, por variopinta y heterogénea que sea en este momento.