En La Tierra de Koryo
Luego de su espectacular crecimiento, Corea vive hoy cambios radicales en su economía.

La ciudad de Seúl, además de moderna y ostentosa, llama la atención por su orden. Alberga a poco más de diez millones de habitantes.

Escribe DOMINGO TAMARIZ L.

ENTRE Lima y Corea del Sur hay 20 horas de vuelo, pero si contamos la escala en Los Angeles y la hora que media entre el aeropuerto y el hotel, suman 25. Y si encima de eso consideramos las 14 horas de adelanto que nos lleva Corea ¡uf! veremos que es un viaje que destronca a cualquiera. Mas uno se olvida del cansancio tan pronto llega a Seúl y empieza a descubrir un mundo que sobrepasa sus expectativas.
Desde Seúl, la hermosa capital de Corea del Sur, que con sus grandes avenidas, puentes y edificios piramidales -entre ellos una mole de 70 pisos- y su creciente occidentalización no tiene nada que envidiar a las urbes europeas; pasando por el orden y la educación, hasta llegar a su desarrollo tecnológico y pujante economía -que en el afán de recuperarse de la crisis está sufriendo, actualmente, cambios radicales a través de la reestructuración de su industria. Corea sorprende al visitante.
Estuve en Corea escasamente seis días, integrando un grupo de periodistas latinoamericanos invitados por la Daewoo Motor. Sin embargo, en ese tiempo tan corto, pude formarme una idea sobre la realidad económica y social de ese pueblo que en el transcurrir del siglo padeció, tal vez como ningún otro, el estrago de la dominación extranjera (1910-45); la calamidad de la guerra, que partió en dos el país (1950-53) y, luego, violentas dictaduras para llegar finalmente, en 1993, a la etapa democrática que hoy vive.

Corea será una de las sedes de la Copa Mundial 2002. Derecha, presidente Kim Dae-jung y Kim Woo-Choong, mago de las finanzas.

No sólo estuvimos en Seúl, también visitamos las ciudades de Pusán -tanto o más bella que la capital- y Kyongju, que guarda sus más grandes monumentos del pasado.
Viajando en bus, en barco, avión y hasta en helicóptero; alojándonos en tres hoteles; degustando sus comidas típicas, cuyo plato estrella es la carne de perro; contemplando arrobados sus danzas tradicionales que contrastaban con "números gringos" dentro de un espectáculo titulado Las Vegas, recorrimos sus espectaculares fábricas automotrices -donde el 70% del trabajo es robotizado- y, de paso, observamos el astillero de la Daewoo, el más grande del mundo que, por esos días, se encontraba de huelga debido a que sus trabajadores están recelosos de su futuro, luego de ser transferido a capitales extranjeros, posiblemente japoneses. Todo esto pali pali, como dicen los coreanos, es decir rápido rápido, destrozando horarios convencionales, que es sin duda la fórmula que los llevó a construir un país sorprendente. Acaso cansados por el esfuerzo, pero sin pedir chepa en ningún momento fuimos, así, descubriendo un país que conocíamos sólo de oídas y que, a cada paso, nos apachurraba con su avance tecnológico, el orden y la disciplina de sus gentes.
En los años sesenta Corea era un país pobre. El Producto Nacional Bruto (PNB) de Corea andaba por los 50 dólares y hoy, al cabo de 35 años, supera los 5.000. "Claro que en la actualidad todavía hay gente pobre, pero durante los años que siguieron a la guerra de Corea la pobreza estaba generalizada" -apunta en su libro El Mundo es tuyo pero tienes que ganártelo Kim Woo-Chang, el prohombre de la Daewoo, que fundó una empresa con sólo 10 mil dólares y hoy realiza operaciones de venta que suman billones.

Nuestro redactor en Kyongju. Derecha, la exportación de autos, una escena cotidiana.

Como consecuencia de la crisis asiática y las nuevas exigencias del mercado mundial, sus grandes corporaciones se están reestructurando. Por ejemplo la Hyundai, que abarcaba alrededor de 70 empresas, ahora, por presión del gobierno, deberá reducirse a 32, dejando de lado el ramo automotriz para dedicarse a otros renglones como la construcción, la electrónica e industria pesada. La Daewoo, otro de los gigantes, también se desprenderá de muchos de sus otros negocios -la cadena de hoteles Hilton, su astillero y empresas electrodomésticas- para abocarse, principalmente, en la industria automotriz.
Mucho más habría que decir sobre este pueblo laborioso en el que los chicos estudian doce horas diarias; el tiempo es oro y que uno de los gurúes de sus finanzas compara con una saeta para subrayar el hecho que nunca regresa, y los jóvenes ya son mayores a los treinta años de edad. Todo esto y mucho más en el marco de una sociedad que se ha adecuado a los nuevos tiempos sin perder su identidad y el ritmo de su enfebrecido trabajo -excesivo, por decir lo menos- ahora felizmente, bajo un clima democrático.