Por HAROLD FORSYTH
La Gran Mireya
PARECE increíble que hace sólo una década Panamá sufrió la peor crisis de su historia. En efecto, el istmo fue invadido por fuerzas norteamericanas en la operación "causa justa", y el gobernante de facto y entonces jefe de las "fuerzas de defensa", general Manuel Antonio Noriega, fue capturado y conducido a los Estados Unidos, donde hasta ahora purga condena por tráfico de drogas.
Los países latinoamericanos desarrollamos sentimientos encontrados ante el hecho descrito. De un lado, estaba el principio de la no intervención -tan caro a nuestros intereses-, y del otro, la presencia de Noriega en el poder con toda su secuela de corrupción institucionalizada y violación sistemática de los derechos humanos. Tal vez por ello, el pueblo panameño tuvo una actitud parecida a la de Rubén Blades en su famoso tema "Pedro Navaja": "No hubo preguntas, no hubo curiosos, nadie lloró".
Lo cierto es que, luego de muchos años de sometimiento a todo tipo de intereses, los panameños decidieron coger el toro por las astas y definir, a través de reglas claras, su vida institucional. Y hoy en día nadie niega que Panamá es un ejemplo interesante para la democracia en América Latina.
El primer gobierno que siguió a la invasión norteamericana fue el de Guillermo Endara, antiguo opositor al general Torrijos y a sus sucesores en el poder, ya que éste había ganado las elecciones anuladas por Noriega. Sin embargo, eran las elecciones de 1994 las que estaban llamadas a ser una verdadera prueba de fuego para la democracia panameña y es en ellas donde el pueblo demostró su extraordinaria madurez cívica y compromiso con el estado de derecho.
Así, la sociedad civil panameña fue capaz de crear una organización llamada "Justicia y Paz", cuyo objetivo era realizar un conteo paralelo masivo de los resultados electorales e impedir, de ese modo, la posibilidad de un fraude. La Iglesia Católica participó activamente en los trabajos de esa institución que llegó a convertirse en un verdadero modelo para otras similares en América Latina, incluida nuestra exitosa Asociación Civil Transparencia.
Igualmente, la juventud panameña y las organizaciones femeninas crearon brigadas de control en todo el país, y la presencia masiva de observadores internacionales fue la mejor garantía de un proceso claro.
El ganador fue Ernesto Pérez Balladares, heredero virtual del torrijismo pero que supo crear una estrategia de diferenciación con Noriega y apelar a las muchas huellas positivas dejadas por el general Torrijos, entre ellas la exitosa negociación con Estados Unidos sobre el Canal de Panamá y el carácter popular de su partido. Mireya Moscoso ocupó un muy honroso segundo lugar y concentró el interés de los analistas.
Durante el gobierno de Pérez Balladares ha habido cosas positivas junto con la cadena de escándalos de corrupción y la torpe persecución de que fue objeto nuestro compatriota, el periodista Gustavo Gorriti, tema en el cual el gobernante se vio obligado a retroceder. Asimismo, las aspiraciones reeleccionistas del Presidente fueron consultadas -como corresponde- al pueblo, que respondió con un categórico no.
El digno Tribunal Electoral panameño ya declaró que la victoria de Mireya Moscoso en las elecciones celebradas el último domingo 2 de mayo es irreversible. Además de su condición de mujer que suma su triunfo al obtenido hace nueve años, en Nicaragua, por Violeta Barrios de Chamorro, Moscoso encarna una vocación democrática terca forjada en las luchas libradas por su fallecido esposo, el ex presidente Arnulfo Arias. Al igual que lo ha sido su victoria, su éxito, en el poder está llamado a ser una mera cuestión de tiempo.

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