Caretas 1567: Controversias

Por FERNANDO ROSPIGLIOSI
Yugoslavia y los Discursos
EL reciente triunfo de Mireya Moscoso en las elecciones de Panamá, muestra los avances de la democracia en un país que casi nunca disfrutó de ella. Pero pocos quieren recordar ahora, que sin la intervención militar norteamericana de diciembre de 1989, eso no hubiera sido posible.
La invasión acabó con la narco dictadura de Manuel Antonio Noriega, y posibilitó la disolución de las Fuerzas de Defensa, sustento de los tiranos, permitiendo que las contiendas por el poder se resolvieran de manera pacífica, mediante elecciones.
La intervención fue motivada, sin duda, por los intereses norteamericanos. Panamá tiene el Canal y los EE.UU. estaban seriamente preocupados porque su antiguo agente, el general Noriega, estaba fuera de control y causaba más problemas de los que resolvía, provocando inestabilidad.
Pero más allá de las reales motivaciones de los EE.UU., y de los discursos justificatorios del presidente George Bush, el hecho concreto e incontrovertible es que como resultado de la intervención, el pueblo panameño se deshizo de una dictadura brutal y corrupta, y hoy tiene acceso a un sistema político razonable.
Eso, por supuesto, no quiere decir que todas las intervenciones sean encomiables y tengan consecuencias positivas. América Latina tiene amargas experiencias de la intromisión norteamericana. Pero demuestra también que no toda intervención produce resultados negativos.
El otro asunto es que la política internacional no puede analizarse principalmente a partir de los discursos, como muchos hacen ahora en relación a Yugoslavia.
La mayoría de los críticas a la intervención de la Otan, se basan en las justificaciones humanitarias y la defensa de los derechos humanos esgrimidos por los líderes de la alianza atlántica. Así es fácil encontrar contradicciones. ¡Por qué no castigan a Turquía que masacra a los kurdos? preguntan con ingenuidad.
Ningún país del mundo decide su política internacional en función de consideraciones humanitarias. Menos todavía se van a embarcar en una guerra costosa y peligrosa para defender principios, como la democracia o los DD.HH. Nunca ha ocurrido eso.
Los países -más aún las grandes potencias- guían su política internacional básicamente por sus intereses. Si éstos coinciden con los principios, mejor. Sirve de poco, entonces, debatir interminablemente sobre los discursos justificatorios de los gobernantes.
Cuando Franklin Roosevelt pidió al pueblo y al Congreso norteamericanos declarar la guerra al Japón después de Pearl Harbor, no dijo que los intereses norteamericanos y occidentales en Asia estaban amenazados por el expansionismo japonés. Y que por eso EE.UU. y Gran Bretaña habían establecido meses antes un embargo petrolero contra Japón, poniéndolo en la disyuntiva de rendirse o atacar.
En su discurso, Roosevelt obviamente apeló a las emociones y los valores, que en realidad tenían poco que ver con las verdaderas causas del conflicto.
¡Y acaso eso justificaba asumir una posición neutral o pacifista en ese conflicto concreto? ¡Acaso daba igual que ganaran los Aliados o el Eje? ¡El mundo sería el mismo dominado por Adolfo Hitler, Hideki Tojo, Benito Mussolini y sus sucesores?
Los errores en los bombardeos que matan a civiles o destruyen legaciones diplomáticas motivan protestas. Por cierto, es terrible que eso ocurra.
Pero, desgraciadamente, es una consecuencia inevitable de la guerra.
Hace poco, Robert McNamara, que fuera Secretario de Defensa de los EE.UU. durante 7 años en la década del '60, recordaba que estando en la fuerza aérea, en marzo de 1945, su unidad mató 100,000 japoneses en una sola noche en un bombardeo sobre Tokio. Los británicos mataron a 41,800 civiles en un solo bombardeo sobre Hamburgo. ¡Alguien salió en Londres o Nueva York a decir "paren la guerra", arréglense por las buenas con Hitler y Tojo?
Las guerras siempre han sido brutales y atroces. Hoy día también. Existen en la actualidad armas más precisas. Pero aún así, hay civiles inocentes que llevan la peor parte.
Infortunadamente, los pueblos terminan pagando por la estupidez, la ambición y la megalomanía de sus dirigentes. Le ocurrió a los alemanes y japoneses. Le sigue pasando a los iraquíes. Hoy le sucede a los serbios.
La alternativa no es decir "paren la guerra" o cesen los bombardeos. Eso implica darle el triunfo a los culpables de este conflicto, Slobodan Milosevic y su camarilla de criminales, permitiéndoles que sigan con su espantosa política de "limpieza étnica", y alentando a otros dictadores a hacer lo mismo. La mejor solución es ganar la guerra, lo más rápidamente posible, haciendo que se acepten las condiciones de la Otan.
_________
Email:frospig@amauta.rcp.net.pe