Fue una de las figuras deportivas más queridas del país. Un campeón y forjador de campeones. Tenía más de 80 años y todavía competía. En el campeonato sudamericano de master, realizado en Mar del Plata en 1995, ganó su última medalla de oro. A continuación, Balo Sánchez León, su sobrino y también nadador, traza una semblanza del legendario "Brujo".
Los años le restaban atributos físicos, pero nunca las ganas de nadar. Lo hacía cotidianamente.

Walter Ledgard se hizo a sí mismo deportista. Natura no lo dotó como a su hermano Kiko de una fuerza impresionante, pero justamente su físico enfermizo fue un acicate constante en el diseño de su personalidad. El se hizo fuerte a punta de constancia. Lo que más le gustaba en la vida era hacer las cosas bien. Parecería ser que se levantaba todos los días con esas palabras: "el placer de hacer las cosas bien" porque, incluso su muerte, le salió más o menos como él la hubiera deseado: sin agonías y sin estropearle el día a sus seres queridos. Lástima que hubiera habido una operación de por medio.
Se hizo fuerte a punta de constancia. Derecha: En octubre iba a cumplir 84 años de edad
Táter, Sabine, María Luz y sus nietos respetaron todos sus deseos a la hora de su muerte y Walter fue velado al interior de su piscina donde vivió, soñó y amó durante toda su vida. Nunca se sintió más cómodo que en el agua de una piscina. Las radiografías podían mostrar la columna maltratada de un anciano, pero quien las analizaba jamás sería capaz de imaginar ese chasis trajinado con la suavidad y la elegancia del desliz de aquel señor nadando.
Walter, "El Brujo", siempre se sintió cómodo en una piscina. Al compás de un bandoneón, cantó algunas noches en "La Esquina Porteña".
El deporte le permitió a Walter Ledgard querer aún más a su país. Desde muy chico fue con la patota -sus hermanos y Willy Dyer, entre otros- a hacer mataperradas deportivas. Se llamaban a sí mismos guapos y no por pintones sino por la búsqueda incansable de aventuras. La plaza Washington, la calle Máximo Abril, el parque Hernán Velarde son mudos testigos de esa Lima de los años treinta que ya se fue. Una vez fue la natación y otras el boxeo. Walter y Kiko boxeaban en el Coliseo Manco Cápac y se ganaban el cariño del público. Quien amó el deporte como Walter es una persona que respeta la libertad, la justicia, la democracia. Durante la época de estudiante en Berlín, algunos años antes de la Olimpiada del '36, se desesperaba con el auge de los ánimos nazis. La natación fue para él una escuela de rigor y de verdad y, justamente por eso, no le gustaba tanto el fútbol, ya que en el fútbol el factor suerte desempeña un papel significativo. Y, por supuesto, porque el affaire del balompié en la Olimpiada del 36 le impidió continuar en las eliminatorias de los 400 metros libre.
Fue velado en el centro de su piscina, con los
trofeos y medallas que ganó en vida. Sus restos fueron incinerados
tal como él lo había deseado. Fue un sepelio impresionante.
Nadar de viejo fue un solaz para Walter. Los años le restaban atributos físicos, pero nunca las ganas de nadar y amar a las mujeres. Nunca fue un mujeriego desordenado, pero siempre gozó de la compañía tibia de una mujer a su lado. Le encantaba la disposición a oír de la mujer. Y no es que hablara en demasía, no, porque Walter siempre tuvo que luchar contra los vozarrones de sus hermanos en la sobremesa de Arenales. Difícilmente encontraremos una persona tan vital como él. El viernes último, horas antes de su desmayo en la cocinita de su departamento, le hablé durante una hora a Fernando Ampuero y a Patricia Magill de la vitalidad de Walter; a los ochenta años hacía travesuras que a un cincuentón le daría una flojera terrible. Inquieto, rebelde, cuestionador, amante de la poesía, del teatro, del tango y de la noche.