Ayacucho '99
La Ronda Continúa
Violencia juvenil, rondas urbanas y la esperanza de la Madre Covadonga en la convulsionada posguerra ayacuchana.

Hace 19 años, el 17 de mayo de 1980, en la localidad ayacuchana de Chuschi, Sendero Luminoso emprendió su campaña letal incendiando ánforas electorales y victimando inocentes. La guerra interna desatada desangró al país y especialmente a Ayacucho, provocando una desesperada migración de campesinos a la sitiada ciudad de Huamanga. Hoy, la furia destructora de SL ha sido acorralada pero nuevas tensiones obligan a que la ronda por la paz continúe.

La Madre Covadonga
Religiosa dominica de armas tomar, enfrenta la violenta posguerra ayacuchana alternando caridad y cocachos.

Escribe FERNANDO VIVAS
Fotos GILMAR PEREZ

TANTOS años de guerra han dejado a Ayacucho una lección que cuesta demasiado asimilar, una contradicción que no tiene nada que ver con la dialéctica maoísta de Sendero: La violencia es hermana de todas las pandemias sociales, y como tal tiene que ser reprimida; pero también es una rabia legítima, una forma generacional de interacción emotiva sin propósito maligno, un reclamo que surge de la miseria y el desafecto y debe ser atendido antes de que haga mérito para llegar al penal de máxima seguridad de Yanamilla, modélico bunker cerca al aeropuerto Alfredo Mendívil en las afueras de la ciudad. A esta violencia no hay que oponerle, mecánicamente, otra; hay que comprenderla y reencauzarla. Hay que trabajar duro como la Madre Covadonga y el grupo de psicólogos y asistentes sociales convocados por la fiscal María Isabel Barreda para regenerar pandilleros, conjurando los temores de la policía. En el documento Apreciación de Inteligencia Nro. 011-PP-DD de 1999 sobre pandillaje y delincuencia juvenil en la jurisdicción del Frente Policial Ayacucho-Huancavelica se consigna la siguiente proyección: "Que por la ausencia de efectivos policiales en dicha zona (urbano marginal), se facilite el accionar delictivo, agravando la situación actual, así como (provocando) una posible ofensiva violentista por parte de la OT-SL".
Sin embargo, analistas del fenómeno como el antropólogo huamanguino Henry Jorge León o el psicólogo limeño Federico Tong coinciden en disociar la guerra de pandillas del terrorismo. Para la típica "mancha juvenil", costeña o serrana, Sendero es un referente oscuro; para el senderista, el pandillero es un alienado que no vale la pena ser captado. Las pandillas no son recuas de ilusos radicales que quieren destruir el mundo, son muchachos violentos que quieren ingresar a la fuerza -asaltando, peleando por su territorio y encontrando su identidad en el intento- a una sociedad y un mercado que los excluye. Y en este escenario violentista no estaría descartado un rebrote subversivo.

Los ronderos urbanos han armado su propio calabozo. Las escopetas asustan pero son de palo.

Ayacucho en el 2000 será todavía una zona caliente. Pero sus nuevos desgarros de furia tienen firmes opositores que canalizan, de otra forma, la violencia esperanzadora. Por ejemplo, las escopetas de madera y los calabozos al aire libre son la mejor idea que se les pudo ocurrir a los jóvenes del Asentamiento Humano Covadonga que han fundado la primera Ronda Urbana del Perú. Para ellos y para tantos ayacuchanos hartos de la guerra y de las lacras de la posguerra, hay un lema recogido por el entusiasta Palito Ortega, el videasta local, en su largometraje en super vhs: "Dios tarda pero no olvida".

LA MONJA RONDERA

A su modo, María Estrella Valcárcel (asturiana dominica llamada Covadonga en honor a la virgen española del mismo nombre, 76 años, 50 de ellos en el Perú y 28 en Ayacucho) es una rondera. Su "Patrulla Salvadora" recorre a diario el cinturón de miseria de la ciudad desorbitada con tanto migrante del campo, dando aliento a los desahuciados, repartiendo cocachos a los padres de familia abusivos y reclamando enérgicamente ante las autoridades en nombre de sus "hermanitos". La Covadonga está instintivamente del lado de los pobres y ello le da una fortaleza a prueba de balas. Tiene más sotana que Juan Luis Cipriani, ex obispo de Huamanga y, a diferencia de aquél, se lleva muy bien con las ONG defensoras de los derechos humanos. Pero la madre considera a Cipriani un buen amigo que la ayudó mucho en sus obras de caridad. Es imposible no apoyar los afanes de la Covadonga, no hacerlo sería negar la providencia.
Apenas se levanta, la Madre Cova cumple sus ritos matinales, se embute en sus babuchas y atiende al papá que le pide medicina para su guagüita enferma, a la señora que van a lanzar de su casa a menos que ella sermonee al abogado o -la veo cuando le manda una afectuosa bofetada y le dice "pobre de ti que te lo vayas a chupar"- al preso recién liberado de Yanamilla que le pide plata para regresar a su tierra. Con los reos es particularmente comprensiva: "Los meten en un avión desde la costa, los traen a las afueras de Ayacucho y, cuando quedan libres, no tienen ni sencillo para regresar a su casa. Pobrecitos, me vienen a buscar porque soy su única amiga en la ciudad".

Chuschi, 1980. Sendero perpetra la primera asonada terrorista.

La Covadonga está cansada pero está feliz. Hasta se da tiempo para tararear "Cova, cova, al amanecer, cova, cova, al anochecer..." mientras relata un caso que la indigna, un cuadro de compleja violencia estructural: "En un pueblo de la zona, una chica es violada por una autoridad. La mamá denuncia al culpable y éste, a su vez, la denuncia a ella por calumnia. Ambos van presos. El hermano de la víctima se encuentra con su madre en la cárcel y su hermana violada y, además, embarazada. Consigue un abogado en Huamanga y, luego, esto ya es el colmo, el abogado se le voltea, hace liberar al violador y la madre sigue presa. El pobre chico, desesperado, va a rendirle cuentas a la oficina del abogado, éste se pone agresivo y el chico lo golpea y lo deja herido. Ahora está también preso como su mamá, y los colegas del abogado se están cebando sobre él. ¡Qué injusticia! A ese chico yo lo sacaría y le pondría 20".
Madre Covadonga, ¿para hacer el bien hay que ser duro?: "15 años de terrorismo me han enseñado que no hay como la bondad y la ternura para ablandar a la gente... claro, a veces doy cocachos, pero de cariño. De mi boca no salen insultos ni nada feo. Si quiero bondad no puedo decir nada que rebaje a nadie". La caridad demanda energía y mano firme, y la Covadonga nunca se queda atrás. Con su modesto sueldo de la congregación, el dinero que le envía su familia y algunas donaciones hace bastante, pero es mucho lo que falta por hacer en su parroquia de 150,000 almas. Sus manos están abiertas para dar y para recibir ayuda.

FIERRO DE HUAMANGA

Llagas de puchos aplastados y tatuajes hechos con hoja de afeitar, a lo bestia, son las marcas de la educación sentimental de los pandilleros. Esa necesidad de ritualizar con dolor su pertinencia a la mancha, sus afectos por la pareja o el recuerdo de una bronca gloriosa, la llevan impresa en la piel. Los chicos de Ayacucho se parecen genéricamente a los de Lima, Tumbes o Sicuani, pero la historia los diferencia: Su promedio de edad -16 ó 17 años- coincide con la guerra y si en ella la participación femenina fue grande, en la nueva violencia también lo es. Huamanga es, como ninguna otra, tierra de pandilleras. Diablas, Fugitivas, Gallardas o Vinchas Negras se aparran con Sicarios, Sombras, Huérfanos o Turrys. "Hijas de la violencia", según el título de un video documental de María Barea (CARETAS 1563), estas chicas depre y agresivas se baten en las discotecas -Jumbo, El Sótano o la céntrica Calle 8- y secundan a los chicos en cruentas batallas callejeras.
Ema, veterana de 16, me habla de su difícil reinserción. Ha terminado con la división femenina de los Sicarios y con 5 meses en el reformatorio de Santa Margarita en Lima. De nuevo en casa, teme que sus viejas "causitas" le den una paliza a la salida del colegio. "Era bien mala... no esperaba que nadie me ponga mala cara, mandaba a puro puñete". Isabel (15) es doblemente marginal: abandonada a los 12, vivió promiscuamente en la calle y tenía el cuerpo lleno de hongos cuando fue enrolada en Las Fugitivas. Lucho, alias Panda (19), es el mayor del grupo que psicólogos, técnicos de la policía y la fiscal de menores intentan regenerar. Su caso parece perdido. Ex gladiador, ha fundado una mancha, los Rash. Ayer estuvo en una bronca y está resaqueado. "Somos pocos pero nos defendemos. Los chibolos me respetan... No quiero ir a Lima, allí te la meten de frente, aquí tengo respaldo... quiero irme a otro departamento, donde nadie me conozca".

Faustino Flores al mando de la ronda. Desde el cerro La Picota se extiende la ciudad desorbitada.

Para Luis López Flores (20) y William Palomino (21) es demasiado tarde. A ambos los encontramos en Yanamilla. Lucho es reincidente y tiene una condena de 15 años por robo agravado (la ley de pandillaje pernicioso de 1998, recogida por el Texto Unificado del Código del Menor de 1999, es particularmente dura con los líderes de la mancha y les niega el beneficio del 2 x 1). Se aparece en la oficina del director del penal, lleno de polvo blanco porque trabaja -por primera vez en su vida- tallando obeliscos y huevitos de Navidad en piedra de Huamanga. "Yo era de Sombras, nos vestíamos de negro (enseña una calavera tatuada con tinta china en el hombro)... parábamos juntos todo el día esperando las peleas... en las noches asaltábamos por el centro, al que se `relajaba' le metíamos un puntazo en la pierna, a veces se pasaba la mano porque estábamos huascas... Sendero una vez nos habló, nos dijo que cuando el partido triunfe ya no iban a haber pandillas, pero no les creímos... mi mamá está en la ciudad, mi papá me lo encontré hace unos días aquí en el penal... me retiré de la mancha en el '97 cuando mataron a un amigo...". Lucho no tiene planes para el futuro.
William Palomino, ex líder de los Gladiadores, banda rival de Sombras, es ahora pata de Lucho en el pabellón de máxima peligrosidad. Tiene 12 años encima porque lo pescaron tras robarle las zapatillas a un transeúnte. "Ha sido un tropiezo que tuve por culpa del licor, no estaba armado. Recién conocía a los chibolos... yo fui fundador de los Gladiadores, le puse así porque en los juegos romanos luchaban y siempre uno salía triunfador". Le recuerdo a William que los gladiadores peleaban contra su voluntad y uno moría en cada batalla, pero no le interesa ese simbolismo. La cárcel no es novedad para él. "Estuve un par de años, cuando tenía 10, acompañando a mis papás que estaban presos (entonces, familias enteras acampaban en el viejo penal)... Tenemos algo de culpa pero somos jóvenes todavía, deberíamos tener una oportunidad en la vida". La Covadonga piensa que William tiene razón. Nosotros también. Las pandillas y sus cabecillas tienen que ser reprimidos, pero no tratados como delincuentes sin posibilidad de redención y sin el estímulo de los beneficios carcelarios. La sociedad no puede penalizar drásticamente un abandono y una furia de la que es en varias formas responsable. Tong afirma: "La mirada adulta tiene poca posibilidad de entender la violencia juvenil si apela exclusivamente a explicaciones estructurales como la educación, la familia o los medios de comunicación... hay que ver el proceso en el tiempo... es un fenómeno generacional donde la violencia es un vacilón, una emoción". Hasta hoy las estrategias han sido ciegamente castigadoras, sin apelar a la inteligencia regeneradora.


William Palomino y Luis López Flores, primer y segundo término, enfrentan la dura ley de pandillaje pernicioso en el penal de Yanamilla. Tienen 12 y 15 años respectivamente, sin beneficio del 2 x 1. Derecha, William y Pilar Bendezú, madre de su niña, cuando aparecieron en el documental "Hijas de la violencia". Al lado, Isabel, de Las Fugitivas.

NOCHE DE RONDA

En 1991 un grupo de familias de origen campesino invadió terrenos eriazos de la Universidad San Cristóbal de Huamanga que se habían convertido en el basural macabro donde yacían los cadáveres de la guerra. La Covadonga rezó por la invasión sin saber que un año después sería bautizada con su nombre. En 1997 se erigió el Santuario de la Santina de Covadonga donde la Madre Cova da misas los fines de semana. En 1998 se fundó el Comité de Autodefensa del Asentamiento Humano Covadonga, o sea la Primera Ronda Urbana del Perú. Los vigilantes citadinos han contado con el apoyo de Susano Mendoza, ex alcalde de Quinua y coordinador nacional de las rondas campesinas, para formalizar su iniciativa. Así, para los 60 ronderos su participación en la patrulla comunal les vale por el servicio militar, y al cabo de una temporada canjean su libreta.
Todos los días, el licenciado del ejército y tejedor artesanal Faustino Flores (25) llama a formación. La ronda hace ejercicios y sale a patrullar la zona cada dos noches. Con linternas, palos y una escopeta de madera -"sólo para asustar", advierte Faustino- atrapan a los pandilleros que osan pisar su territorio, y los entregan a la policía. Pero la mayoría de intervenciones anotadas rigurosamente en el Libro de Actas son más íntimas: un niño llegó llorando a la oficina del Comité para que salven a su madre de la paliza que le estaba dando su padre, una señora ha pedido que atrapen al mocoso que le ha robado un pollito, un borracho estuvo haciendo desmanes en la canchita de fútbol. Los infractores son conducidos a un calabozo donde pasan 24 horas, vigilados por dos hieráticos custodios. En Lima hay varios comités de autodefensa pero ninguno tan organizado como éste e inspirado directamente en la experiencia campesina.
Con un promedio de 18 años, los ronderos son el reverso de los pandilleros y un clamor, vital y juvenil, para que la ronda por la paz continúe a pesar de los triunfalismos difundidos por la Tv. dominical. Los ronderos son el símbolo de una fuerza violenta orientada hacia el orden, de una energía que quiere reprimir los abusos patriarcales y los excesos juveniles rociados por el alcohol. Su legalidad es provisional, fruto de la emergencia y del caos, pero su existencia es esperanzadora.