Siempre elocuente, siempre preciso en el comentario. A sus 86 años de edad, Fernando Belaunde Terry no ha perdido la
lucidez de la forma ni la profundidad del recuerdo. Sigue pensando en participar en política, aunque se declara un "combatiente" antes que un "pretendiente", una suerte de autorizado defensor de la democracia antes que un eterno candidato. Sus palabras, con las que se
puede concordar o no, revelan la supervivencia de un pensamiento partidario que se niega a sucumbir, a pesar de los constantes malos agüeros
y las nacientes candidaturas independientes. El arquitecto es, en suma, un testigo del siglo, pero también un gurú político de la hora presente, a quien hay que escuchar con atención nada marginal.
1956: el año de la insurgencia juvenil que hizo de Belaunde un floreciente candidato.
-¿Qué papel va a jugar Acción Popular en las próximas elecciones, arquitecto?
-Creo que estamos jugando ya un papel clave, sobre la base de que yo soy combatiente, pero no pretendiente. No busco nada personal, pero tampoco rehúyo ningún combate en defensa de los principios democráticos del Perú. Yo voy a estar activo, pero por ahora es conveniente seguir esperando y ver cómo se plantea el proceso. Si éste es sin intención reeleccionista, es uno, y si es con reelección, es otro.
-El ex presidente Alan García acusa a la actual oposición de "jurídica" y de atender poco a los problemas de justicia social.
-Yo no comparto ese punto de vista. La oposición es múltiple. El neoliberalismo, por ejemplo, es criticado especialmente por su falta de emoción social. En la oposición no hay mayor yerro, sólo que está dispersa. El peligro reeleccionista, sin embargo, pone al país en una situación sumamente crítica, porque no va a ser el sufragio el que va a cambiar estas cosas, cuando la democracia empieza a imperar en todas partes. En Panamá, donde el presidente iba a ser reelecto pero ya no lo va a ser, ya hay una presidenta recién elegida. En Buenos Aires, Menem iba a ser candidato, pero ya no lo va a ser. En México, el PRI está viendo la manera de cambiar, suprimiendo el famoso dedo para la elección del candidato presidencial, como ocurría antes.
-¿Está usted de acuerdo con la privatización de la hidroeléctrica del Mantaro, con la entrega en concesión de los puertos?
-En la privatización hay algunos casos que son explicables. Por ejemplo, una industria con mucha burocracia, como Siderperú, ha bajado de cinco mil a cuatro mil empleados. Ahora bien, no sabemos cuál será la consecuencia social de todo esto, los dramas familiares. De manera que uno no sabe hasta qué punto se justifica todo eso, sobre todo cuando se transfieren las propiedades con acciones previas para limpiar un poco las bases de la transacción. En el caso de los puertos, es frecuente que haya instituciones privadas que se interesen, pero es muy peligroso porque puede haber intereses extraños al país. Las llamadas concesiones hay que vigilarlas mucho. La empresa privada puede traer nuevas ideas. Es el caso de la luz eléctrica, del teléfono. En el caso del petróleo se dijo: "ya no es el gobierno", pero, cómo no va a ser, si el gobierno siempre es el que de alguna manera da la base del precio. Hay determinadas privatizaciones que tienen consecuencias muy difíciles para el Perú. No soy adverso a ellas, pero hay que privatizar sin ocasionar peligros al país.
-Durante su gobierno hubo más de un arreglo con el FMI. ¿Qué opinión le merece la carta de intención última?
-El partido ha hecho un comunicado sobre eso. Hay muchas objeciones. Tener un acuerdo con el FMI es necesario para tener acceso libre a las fuentes de crédito, pero eso no significa aceptar lo que plantea el Fondo.
-Volviendo al comienzo, ¿usted diría que la acción del 1ro. de junio fue un acto legítimo de insurgencia?
-Plenamente legítimo, como lo prueba el hecho de que nos hubieran negado algo al que teníamos derecho y que después reconocieron.
-Pero, ¿fue insurgencia, o no?
-Fue una protesta, muy categórica sin duda. No se obtiene la victoria sin algún riesgo. Hoy día, por ejemplo, es más difícil, porque está computarizada la cuestión electoral. Pero el problema es qué le meten a la computadora. Se puede destruir la veracidad electoral si no hay un control de gente experta y absolutamente imparcial.
-¿Qué llamado haría usted a las Fuerzas Armadas respecto al control electoral?
-Les recordaría dos cosas: elecciones limpias en el Perú fueron las que presidió la junta del general Nicolás Lindley. Las que presidió el general Francisco Morales Bermúdez. Yo no era el favorito del gobierno en 1980, y eso era notorio; sin embargo, se respetó mi victoria. Eso es lo que las Fuerzas Armadas deben defender: el prestigio de poder realizar elecciones que den garantías al país.
-¿Qué es lo que la Constitución autoriza bajo el nombre de insurgencia?
-Es rebelarse contra toda violación constitucional. No puede permitirse que un gobierno haga lo que quiera. En el caso del ingeniero Alberto Fujimori, él asumió el mando legalmente, con un Parlamento que representaba la opinión del país. Yo estuve 20 meses en ese Parlamento, antes del autogolpe. Fueron 20 meses de un gobierno inobjetablemente constitucional. Eso no lo podemos negar. Fujimori destruye o se autodestruye cuando disuelve el Congreso, sin cumplir lo que la Carta Magna establecía: que los cambios constitucionales se hacían en dos legislaturas sucesivas. Eso no se puede perdonar.
-¿Qué repercusión puede tener a escala internacional, hemisférica sobre todo, que Fujimori intente la reelección?
-El Perú automáticamente perdería toda prestancia democrática. Si la reelección tuviera éxito, va a ser un gobierno muy debilitado, con una votación inicial poco convincente. Por eso es que ahora se quiere cambiar los términos relativos a la segunda vuelta. Saben que no ganan en una primera vuelta. O si la ganan habrá que preguntarse cómo la ganan. Tengo el mejor deseo de que las cosas se compongan y se aproveche el año 2000 para comenzar el nuevo milenio con respeto a la vida institucional del Perú.