Ronco de Tarde
Román Gámez en la Tv. de los '90.
Por FERNANDO VIVAS
EL populismo de Augusto Ferrando no ha muerto en lo que tiene de oficioso y demagogo -basta oír a Laura Bozzo conversando con Fujimori, en el aire, sobre una donación japonesa para su clientela de féminas pisoteadas- pero sí ha caducado en lo que tiene de inocentón, de bacilón de migrantes honrados, de batidera solidaria e inofensiva… salvo "La hora del Tío Ronco" (Canal 5, de lunes a viernes a las 2 p.m.), que, desvaída y con los días contados (como casi todo en Tv.), es un nostálgico rezago de mejores tiempos.
Román Gámez, `El Ronco' y clan: Bárbara Codina, Sopita y Koki.
Gámez, chorrillano entrenado en la radio de onda popular y en las risas televisivas de los '80 (la mejor época de nuestro humor), tiene la chispa algo atrasada. Sus chistes verbales y los pantallazos cómicos que intercalan la animación, insisten en los tópicos del cholito al que le venden el Estadio, del taradito de la banca del parque, del chapalote burlado por la hembrita sapaza. Esta es Bárbara Codina, vedette de ida y vuelta que tercia, más cándida que pícara, entre el veterano Cara de Olla -esa chapa también pide actualización- y su fiel y vital escudero Koki. Hay un cuarto miembro del equipo, un veterano que responde al alias de Sopita (¿porque lo único que sabe hacer es dar lengüetazos al aire o por lo de ese chiste rojo sobre el menú sexual de los ancianos?) y que Gámez habrá reclutado por razones estrictamente sentimentales, al igual que lo hizo en su talkshow "Ronco de noche", pues no hace nada.
A diferencia de la "plancha nacional" de gringa, cholo, clasemediera y negro en "Trampolín a la fama", este grupete no tiene ningún carácter representativo y su función en la conducción no se reduce a servir de sparrings al Zambo. Contribuyen solidariamente a la animación zanahoria, a hacer tiempo para las "llamadas regalonas" -momento en que los anunciantes pagan lo que prometieron- y para salvar la situación cuando los concursantes cantores no dan pie con bola. Que estos aventados estén tan desnutridos de talento -el "Trampolín" tampoco descubría a nadie hacía lustros- es un índice de cuán relegado está ese sueño populista de lanzarse al ruedo luminoso y triunfar por lo grande. Sólo los invitados estelares y algún aislado chispazo del Tío salvan la tarde. En fin, simpática, tardía e inofensiva hora para reencontrarse con una televisión jurásica.

Escribe CECILIA BARRAZA
Cecilia Barraza: ver Tv. entre la realidad y la fantasía.
Durante la semana mi rutina televisiva se desarrolla más o menos así: en las mañanas me conecto desde mi cama a la tele saltando de "Primera edición" a "Buenos días Perú", luego me cambio a la CNN y CBS, y cuando siento que estoy empachada de noticias me levanto y la abandono. Algunas tardes por curiosidad sintonizo el programa de Laura Bozzo y cuando compruebo que sigue diciendo "estuvistes", "dejastes" o "comisería" paso a otros canales para encontrarme después "a solas" con Marco Aurelio Denegri. De acuerdo al día de la semana, por las noches distribuyo mis opciones entre series cómicas, como "El príncipe del rap", "Matrimonio con hijos", "Loco por tí" o "Seinfeld", "Conversaciones en el Actor's Studio" en Film & Arts, biografías y especiales de People & Arts, un poco de MTV, otro de Casa Club, "Caiga quien caiga" de Argentina y la serie "El fugitivo" cuyo protagonista me sigue encandilando con su personalidad. Cuando quiero ver una buena película me voy al cine o alquilo un video, ya que los canales locales y los de cable no satisfacen mi gusto, salvo en raras ocasiones. Al acostarme recurro al "sleep" y por terapia omito todo lo que sea violento, así que me pego a Warner para arrullarme con las cándidas pero entrañables y ahora coloreadas series "Hechizada", "Mi bella genio" y "La novicia voladora". En resumen, me levanto con la realidad y me acuesto con la fantasía.
Fin de la Ceremonia
Pablo de Madalengoitia
(1919-1999).
Pablo de Madalengoitia,
el Señor de la Televisión.
Fue el Señor de la Televisión cuando en ésta había cierto protocolo. Como ya era mayor -40 años- cuando ingresó a ella, su cometido no fue pueril ni improvisado, tampoco conservador. Fue la engolada frescura de un tipo culto, bien hablado, aquiescente, buen motivador y deshinbidor de los invitados desconocidos o famosos en sus cientos de horas televisivas. Su programa más célebre -"Esta es su vida"- se consideró en su tiempo un hito de cultura en la pantalla pequeña, repasando vidas ilustres y populares con sorpresas sentimentales y finos libretos; pero más se recuerda al Pablo de concursos nemotécnicos como "Lo que vale el saber" donde al lado de los jóvenes se comportaba más patero que paternal, o al maestro de ceremonias -etiqueta que por muchas temporadas fue su exclusividad- en un sinfín de eventos especiales. También se le dio por experimentar, como en la serie judicial con talkshow de yapa "Ud. es el juez". La Tv. parametrada lo hizo huir y a la vuelta de la estatización, en los '80, se fue despidiendo, sin quiebres ni exabruptos, de ella. Pablo, en sus mejores tiempos, fue un comunicador en buenas migas con la Tv., un eficaz vendedor de sus bondades, pero suficientemente digno como para no dejarse arrastrar por los excesos del populismo y suficientemente culto y exigente como para dar a su trabajo cotidiano un visible toque de distinción.
Picotazos
-"¡Qué mal está el país! Hace diez años los escritores más
leídos eran Vargas Llosa, Bryce y
Ribeyro. Ahora se lee a Alex
Brocca, Carlos Vidal y a mí".
-Jaime Bayly en antesala de "No se lo digas a nadie",
Canal 4.