Con una sabrosa digresión en torno de puntillosas cuestiones lingüísticas, se inicia una serie de colaboraciones a cargo del escritor peruano Gregorio Martínez -hoy radicado en los Estados Unidos-. Tres mágicas palabras de inequívoca significación erótica en lares peruanos generan varias situaciones hilarantes cuando el autor de "Canto de Sirena" se enfrenta a los mismos vocablos en tierras aztecas.
Nada más propio, entonces, que utilizar la palabra cachar para referirse al acto de tomar a alguien por las nalgas, ñapu, con intenciones no muy santas. Por extensión se llama igual a todas las otras formas y variantes de la cópula entre semejantes y desemejantes, el muestrario completo, I modi, que documentaron a dúo Giulio Romano y Pietro Aretino. Porque pinga parada no cree en Dios, ni en la taxonomía del reino animal y menos, aún, en las equivalencias de embocadura y calibre que establece, con tanto idealismo, el Kamasutra de Mallanaga Vatsiayana.
En cambio, el uso masivo y frecuente del vocablo cachar como sinónimo de capturar, especialmente en México y Centroamérica, así como en la comunidad hispana de Estados Unidos que tiene más habitantes que el Perú entero, constituye una influencia espuria, flagrante, del término inglés catch. Una revuelta evidente de la serpiente que se muerde la cola, ouroboros, porque el verbo sajón catch deriva precisamente del latín captare. De modo que el cachar inocente de los mexicanos, ¡cáchame mojada!, con cierto relente a caliche fronterizo, retoma sin saber, gracias a un saltapatrás providencial, el casticismo de un castellano viejo.
Por donde se le mire, chucha es una metáfora asaz expresiva y ajustadita. Ocurre que vulvas y conchas se parecen no sólo en el aspecto, labiales, pero también en los efluvios. Para no decirle su propio nombre, vulva o vaina, los hablantes echaron mano del eufemismo metafórico y empezaron a mencionarla con el apelativo subgenérico de la coquina, chucha, una concha bivalva que es prima de la diversidad de almejas. Dicha manía llegó de España, luego desapareció en cada lugar, excepto en el Perú, donde arraigó con ganas.
Cualquiera podría pensar, guiándose por las apariencias fónicas, que la palabra chucha tiene un sentido festivo o jocoso. Nada parecido. Se trata de un vocablo tabú, sucio, obsceno, coprolálico e indecente, a pesar de que posee una frondosa sinonimia de carácter afectivo e informal. Chucha es el hipocorístico de las mujeres que se llaman Jesús y también de las que se nombran María, por Maricucha. Esto ocurre en España, México, Centroamérica y en los demás países de habla hispana, menos en el Perú, donde a las Jesús se les dice Susa o Susi, a las María, Cucha, pero jamás se utiliza como nombre afectivo el hipocorístico Chucha.
Sin embargo, fuera del contexto peruano, el vocablo chucha fluye suave y sin sobresaltos, como moneda corriente. En México, Guatemala, Honduras o El Salvador, chucha no es la forma familiar o subestándar para decir perra, sino la forma generalizada que todos emplean, aun la prensa y los medios de comunicación, para referirse a la hembra del can.
Por tanto, nadie se escandaliza, en España o en la mayoría de los países de Latinoamérica, si lee en el periódico o escucha por la televisión la palabra chucha. Unicamente en el Perú la palabra conserva, como antaño en otros ámbitos, su delicuescente relave de obscenidad.
¿Por qué se ha perpetuado en el Perú el arcaísmo pinga? Casi en todos los territorios del orbe, donde se habla español, el vocablo pinga, palabra dura y obscena, ha sido borrada del léxico coprolálico por las oleadas sucesivas de nuevos términos y la mutación incesante de los hábitos lingüísticos. Sin embargo, en el Perú ha persistido, trejo, el uso de la mentada mala palabra para denominar al llamado miembro viril; mientras en México sólo significa picardía: eres bien pinga.
Posiblemente el arribo de los migrantes chinos, en el siglo XIX, fue el cemento que fraguó la perpetuidad del vocablo pinga. Ellos, los migrantes chinos, especialmente de Macao, fueron quienes renovaron y perennizaron la utilización de la pinga como herramienta y artificio para trasladar, a fuerza viva, sendos pesos: baldes colmados de líquidos o canastones repletos de verduras. Quienes piensen que la influencia china no ha sido tan fuerte en el Perú, deben recordar que los peruanos son los únicos habitantes de América que comen arroz cada día.
-Ponte la pinga en los hombros.
Aunque los diccionarios de la lengua española, siempre menguados y reticentes, suelen obviar la palabra pinga, y a duras penas consignan pingo o pingajo, se trata, en verdad, de una voz castiza y legítima, que nombra al palo largo que los cargadores se cruzan sobre los hombros para llevar sendos pesos colgados en los extremos. De modo que la terrible frase de un hablante peruano, tengo la pinga al palo, en definitiva resulta un simple pleonasmo.
Hubo un tiempo en que la mayoría de los hablantes de español, fieles a la expresión metafórica, no decían falo ni fascinum sino pinga, en clara alusión al palo que todos conocían. También chucha tuvo su reinado idiomático y cachar por lo consiguiente. Así como los imperios, las tres palabras mencionadas han ido perdiendo sus dominios. Al borde del siglo XXI sólo les queda el Perú como último reducto. Pero allí se han fortificado, en el bunker de la coprolalia, para vivir mil años más.