Por ALBERTO BOREA ODRIA
Echarse, Acomodarse o Luchar
DURANTE todo este tiempo que la dictadura lleva instalada en el Perú, desde sus mismos inicios, hubo un sector de peruanos, que ni en el peor de los casos fue menor al 18% según las propias estimaciones que los golpistas propalaron en abril de 1992 luego de su fechoría, que decidieron estimar los valores de la democracia como los de la mayor importancia y orientar su vida pública para recuperar ese sistema y propender a la vigencia real de sus valores. Para ello despreciaron los fáciles halagos que una dictadura suele ofertar y que quienes faltos de capacidad en una sociedad libre aceptan, encontrando la oportunidad de ser ministros aunque los traten como a inferiores, parlamentarios en un Congreso sin valía y jueces en un mundo sin justicia o sin equidad, amén de ejecutivos de empresas que ni siquiera entendieron, o millonarios sin competencia en un mercado verbal nunca ratificado por la realidad de los hechos. De hecho, las nuevas caras del mundo oficial de la autocracia tienen este perfil.
Quienes se mantuvieron en sus trece democráticas tuvieron incluso que sortear el silencio oficial y el de quienes con miedo no se atrevieron a ejercer su libertad amenazada, con que se confinó a los que anunciaban al país que por el camino de la dictadura no se llegaría a crear una nación grande, con gente digna.
Hubo, durante esta hora, un tercer tipo de actitud, los que sin creer en la dictadura, se encogieron de hombros ante su presencia y decidieron no dar la batalla por esos valores fundamentales que se encierra en esta concepción. Consintieron, colaboraron, se hicieron notorios, o trabajaron para ella según su propia conveniencia. Nunca cuestionaron sus designios ni los métodos utilizados para alcanzar sus fines, aunque éstos hubieran conllevado el desconocimiento de los derechos de millones de compatriotas.
Hoy, dado a que quienes tuvieron campo para ese desarrollo mediático acreditan cierta presencia estimulada por los medios cuyos dueños se hayan unos complacidos y otros amenazados por el fenómeno continuista, los que no comulgaron con las ruedas de molino se encuentran como confundidos. Les parece tarde ensayar una respuesta propia y se avienen a consentir con quienes, dizque pragmáticamente, nunca compartieron esas actitudes que poco a poco fueron recobrando un lugar en el alma del peruano. El razonamiento es, "mejor es esta media tinta a una clara escritura dictatorial". La pregunta que fluye de dicha respuesta, sin embargo, es: ¿y por qué no es mejor todavía una opción propia donde no haya que camuflarse y haya que consentir con quienes no demostraron la misma fortaleza de ánimo para defender esos valores esenciales? Si no los defendieron ayer ¿se van a unir a ellos mañana cuando haya quien les cante al oído que mejor es cerrar el Congreso y clausurar la democracia?, ¿no buscamos para el Perú un liderazgo político ético donde podamos estar seguros de que el sistema en el que pretendemos vivir no tenga las débiles raíces del musgo?, ¿por qué no pelear por ella?, ¿por qué consentir, como quieren algunos medios y no pocos comentaristas "realistas" que se escoja pareja cuando recién comienza el baile?
Es obvio que se busca constreñir a dos opciones similares las oportunidades de los peruanos para salir de esta autocracia. Para ello contarán con el apoyo del gobierno, que por cierto se escogerá como rivales a aquellos a los que pueda vencer porque en realidad nunca lo van a retar en lo esencial
Frente a esto, al sector que dio las luchas porque la noche no fuera más negra se nos postula la tesis de la rendición: "ya no hay nada que hacer, nos llevan mucha ventaja y es muy difícil la pelea", o la del acomodo: "más práctico es buscar una alianza y entrar al Parlamento, y desde allí damos la batalla desde dentro, si hacemos una buena alianza vamos a tener una representación". Cabría preguntarles a estos últimos si esa no fue la misma batalla que creen que dieron con esta dictadura donde no ha habido ninguna contención ni siquiera de homenaje hipócrita a la democracia. Cabría preguntarles si realmente lograron inocular el bichito de sus creencias, a ese sector dictatorial insensible frente a todo aquello que no fueran los exabruptos de Fujimori (p.ej. "los jueces que se orinan de miedo") o el sonido de un "beeper" operado desde el mismísimo servicio de inteligencia utilizado arteramente en contra de personas de paz en nuestra nación.
Creo que lo que corresponde es la de la lucha por conseguir la representación real de este sector que cree firmemente en la democracia y en los valores que ella comporta como rectores de la vida comunitaria y que ya dio tantas batallas cuando era más duro el momento y parecía inalcanzable el resultado. Debemos de emprender el camino aunque éste parezca difícil, ¿no fueron difíciles las grandes empresas que trajeron bienestar, tranquilidad y desarrollo a los pueblos?, ¿se hubiera podido salir realmente de otras dictaduras si peruanos, latinoamericanos o ciudadanos del mundo hubieran aceptado esos cantos de sirena del realismo?. ¿sería Francia lo que es hoy sin la rebeldía necesaria de De Gaulle?, ¿habría recuperado Venezuela su libertad si Betancour hubiera cedido a una transacción con Pérez Jiménez?, ¿habría Colombia conseguido su institucionalidad capaz de resistir incluso los embates del país del Norte si se hubiera transigido en aras del realismo con las propuestas de Rojas Pinilla o de alguno de sus colaboradores?
El Perú de mañana, aquel por el cual luchamos durante todos estos años y, en muchos casos, durante el transcurso de nuestras vidas, no merece ni la respuesta de la rendición, ni la del acomodo. Si creímos y creemos en la democracia y sus valores hagamos que no sea la transacción con la vengüenza nuestro emblema. Esforcémonos por hacer realidad lo que hoy día parece un sueño. Así, con esa predisposición es que comienza el despegue real de los pueblos.
Todos quienes en estos años nos dimos cuenta de la importancia de esta lucha democrática debemos, con la experiencia vivida, dar esta batalla. ¡ El Perú se lo merece!
